Grandes libros: Antropología

Las tragedias griegas fundamentan sus historias en la representación del destino como un sino ineludible. Edipo, Yocasta, y Layo -y junto con ellos todo el pueblo de Tebas-, experimentan como el designio trazado por los dioses se hace efectivo en sus vidas, sin que ellos puedan hacer mucho al respecto. Es más, guiados por las profecías del oráculo, que les vaticina un futuro funesto, pondrán manos a la obra para evitarlo, sin darse cuenta de que serán precisamente esas decisiones las que harán que tales augurios lleguen a cumplirse. La narración que Sófocles imprime a la historia de Edipo es original en cuanto al modo como se va desvelando el pasado. Como indica Javier de Hoz: «Sófocles (…) ha transformado la narración de un mensajero omnisciente, épico, en una investigación de la verdad en que se enfrentan la voluntad de conocer, la ignorancia que impide comprender el sentido real de las noticias, la interesada ocultación de datos, y en la que se progresa en parte por inesperadas iluminaciones que surgen al entrar en contacto dos verdades a medias que mutuamente se completan, en parte por la mera voluntad e incluso violencia ejercidas por Edipo sobre los posibles informantes» (Hoz, Javier. 1984. «La composición de Edipo Rey y sus aspectos tradicionales», Estudios clásicos, 87: 238-239). Es claro que el modo de desvelar la verdad, en esta tragedia, va de la mano de una paradoja: a medida que los personajes saben más sobre su propio futuro, el cumplimiento de la profecía se hace más claro. Se ve que nada los puede salvar de su destino, a pesar de las tener acceso al oráculo, y por tanto, en apariencia, a la forma de evitar el infortunio.


«Cuando se relee ahora La rebelión de las masas, no se comprende que se escribiera hace [tantos años]; parece que describe y analiza la situación del mundo de hoy -o acaso de mañana-. El primer capítulo se titula “El hecho de las aglomeraciones”. Todo está lleno. El lector se pregunta: ¿en 1930? ¿No es ahora cuando lo está? “Vivimos en sazón de nivelaciones -escribe Ortega-: se nivelan las fortunas, se nivela la cultura entre las distintas clases sociales, se nivelan los sexos”; y agrega: “También se nivelan los continentes”. Hoy miramos a aquellos años como la época en que no pasaban esas cosas, por oposición a la nuestra; Ortega vio ya que estaban pasando. Por otra parte, advertía: “Europa no se ha americanizado. No ha recibido aún influjo grande de América. Lo uno y lo otro, si acaso, se inician ahora mismo”.

El hecho característico, el más importante de la vida europea, es “el advenimiento de las masas al pleno poderío social”. “Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. No se entienda pues, por masas, sólo ni principalmente las masas obreras. Masa es el hombre medio. No se trata, pues, de clases sociales, ni siquiera de grupos sociales permanentes; se trata de funciones. Quiero decir que todos los hombres pertenecen, en principio, a la masa, en cuanto no están especialmente cualificados, y sólo emergen de ella para ejercer una función minoritaria cuando tienen tal o cual competencia o cualificación pertinente , después de lo cual se reintegran en la masa. Precisamente uno de los temas capitales de este libro es el de la “barbarie del especialismo”, aquella en virtud de la cual el hombre cualificado en un campo particular se comporta fuera de él como si tuviera competencia y autoridad, y no como uno de tantos, necesitado de seguir las orientaciones de los realmente cualificados. Con lo cual queda dicho que una cosa es la masa -ingrediente capital de toda sociedad- y otra el hombre-masa -que puede no existir, porque es una enfermedad o dolencia que a veces sobreviene a las sociedades» Marías, Julián. 1975. Introducción, en José y Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Austral: 24-25. 


«La radical universalidad de Shakespeare estriba, mucho más que en cualquier otro género, sobre todo en la tragedia, un mundo sacudido por el viento de la desolación, poblado de fantasmagorías verbales que avanzan en la penumbra y donde se muestra, acaso por primera vez, la condición humana en su desnuda soledad. Si en algunas comedias y en los romances tardíos se ha perdido a lo largo del tiempo una fracción del código con que las obras fueron compuestas, las tragedias, aun a pesar de su complejidad, conservan intacto su poder de persuasión y la capacidad de atrapar sin aviso al público en una telaraña de emociones y matices de pensamiento. Julieta, Bruto, Hamlet, Yago, Cordelia o Lady MacBeth son personajes moldeados con una extraña materia especular donde el lector o el espectador ve cómo se abisma su virtualidad al infinito.

(…) MacBeth presenta uno de los matrimonios más siniestros de la historia, devorado por un amor destructivo y estéril y reflejado en el negativo de los Macduff, en la aniquilación de cuya felicidad la pareja encuentra el momentáneo y horrible alivio de su fracaso.

(…)

En última instancia, la grandeza de Shakespeare radica en la visionaria capacidad de definir la condición del hombre en toda su desnudez. a diferencia de lo que ocurre en la tragedia clásica, en Shakespeare la contingencia humana no descansa en una ley divina, cuyo cumplimiento o desacato todo lo condiciona, sino que se apoya ya solo en sí misma, abandonada a su suerte, rodeada de cadáveres de dioses, devorada por su propia naturaleza en el páramo del mundo, sin que importe demasiado el tiempo histórico o el lugar donde ocurre la obra. La intervención de lo sobrenatural (…) [como en] las brujas en MacBeth, no determina el curso de los acontecimientos, sino que sirve tan solo para desencadenar la tormenta de lo humano, con sus constantes sacudidas y vaivenes entre el mal absoluto y el bien ideal (…)». Andreu, Jaume. 2012. La tragedia de Shakespeare, en Shakespeare, William, Tragedias. Obra completa 2, Barcelona, Penguin clásicos, 2012: XXV, XL y XLI.


«Agustín, que en su búsqueda de la eternidad topa (…) con la permanencia de la presencia, al final comprime las tres dimensiones del tiempo, el pasado, el presente y el futuro, en una de ellas: el presente, y las comprime en él según la triple referencia “presencia de lo pasado”, “presencia de lo presente”, “presencia de lo futuro” (Agustín, Bekenntnisse, pág. 318). El futuro y el pasado sólo existen en cuanto se hacen presentes. El presente ata en su haz las otras dimensiones del tiempo. Agustín piensa también la eternidad según este modelo. Ella es como aquello en la vida que no pasa, y eso es la constancia del presente. Los respectivos sucesos son caducos, la ventana del presente, a través de la cual los miramos y experimentamos, permanece. En este sentido el presente es la pequeña eternidad. Cruzamos también con frecuencia e incluso cada día otro puente entre tiempo y atemporalidad. Son los momentos en los que, por la entrega a algo o a alguien, olvidamos el tiempo porque nos olvidamos a nosotros mismos». Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 227-228.


Aldous Huxley inicia este libro con una cita de Nicolas Berdiaeff que refleja perfectamente la intención de la historia que cuenta: «Las utopías aparecen como bien más realizables ahora que lo se creía en antaño. Y nos encontramos actualmente teniendo una cuestión, bien de otro modo, angustiosa: ¿Cómo evitar su realización definitiva…? Las utopías son realizables. La vida camina hacia las utopías. Estamos en un siglo que apenas comienza, un siglo dónde los intelectuales y la clase cultivada alientan a las medianas de evitar las utopías y volver a una sociedad no utópica, menos perfecta y más libre».

Teniendo presente esto, Huxley nos introduce en una espectacular ficción en la encontramos «escenas de la vida futura, en plena era de Ford, cuando es ya un recuerdo lejano la Guerra de los Nueve Años, y cuando se ha combatido el pasado, clausurando museos, volando monumentos históricos y suprimiendo los libros publicados antes del año 150 D. F. (después de Ford). Se ha alcanzado un Estado Mundial; se celebra el Día de Ford: hay himnos a la Comunidad y Servicios Religiosos de Solidaridad. Esta visión imaginaria del mundo futuro se expone sobre todo desde un punto de vista exclusivamente literario, es decir, sin deducir todas las consecuencias sociológicas posibles». Torri, Julio. 2012. Obras completas, Serge I. Zaïtzeff (ed.), Fondo de cultura económica: De la actualidad literaria: una nueva utopía.


Uno de los bienes ante el que nos parece que no podemos renunciar en esta vida es la amistad. Parece imposible dejar de lado a nuestros amigos y alcanzar la felicidad a la vez. Pero, a veces, nos alejamos de su compañía y buscamos nuestros intereses porque creemos que sin alcanzar lo que deseamos tampoco podremos ser felices. ¿Cómo es posible hacer compatible ambas cosas?

Aristóteles apunta que la verdadera amistad se da, principalmente, entre los buenos o virtuosos, “porque lo absolutamente bueno o agradable se considera amable y elegible, y para cada uno lo bueno y agradable para él, y el bueno es amable y elegible para el bueno por ambas razones La amistad recíproca requiere elección, y la elección procede de un modo de ser y los amigos desean el bien de los que aman por sí mismos, no en virtud de una afección, sino de un modo de ser. Cada uno ama, pues, su propio bien, y devuelve lo que recibe en deseo y placer; se dice, en efecto, que la amistad es igualdad, y esto se da, sobre todo, en la de los buenos” (EN VIII, 5, 1157b 25-35).

La aproximación de este filósofo nos puede parecer enigmática. Sin embargo, sus escritos sobre la felicidad y la amistad encierran una serie de reflexiones que nos ayudarán a comprender mejor estos temas. Y lo que es mejor, nos podrán servir para comprender mejor nuestras propias amistades, y el papel que juegan en nuestra vida diaria y nuestra búsqueda de la felicidad.