Grandes libros

Explica Paul Ricoeur que la configuración de una obra literaria propicia en el lector una experiencia del tiempo, de ficción, pero una experiencia. Señala cómo «el arte de la ficción consiste así en tejer juntos el mundo de la acción y el de la introspección, en entremezclar el sentido de la cotidianeidad y el de la interioridad» de forma que las interpolaciones de recuerdos entre acciones del momento presente ahondan y amplifican la narración, pues «forman una pasarela entre dos temporalidades extrañas entre sí» (Paul Ricoeur, Tiempo y narración II. Configuración del tiempo en el relato de la ficción [Temps et Récit. la configuration dans le recit, 1985], Madrid: Cristiandad, 1987, pp. 185-193).

(…) [E]n lo que las buenas narraciones literarias son imbatibles es en la presentación de los movimientos de conciencia. Esto lo vemos en esos autores que optan por contar de forma sutil, precisa y bien articulada, los cambios que se van dando en el interior de las personas según van entendiéndose mejor a sí mismas y entendiendo mejor la realidad.

González, Luis Daniel. 2020. «Lo que solo la literatura puede hacer», Aceprensa, Análisis , nº 37/20.

Platón, Apología de Sócrates, trad. anotada con introducción y análisis de Alejandro Vigo, Santiago de Chile, 3ra. edición corregida y ampliada, 2001.

¿Qué lleva a Sócrates a realizar la acción que encontramos al final del juicio al que se ve sometido? ¿Cómo puede Sócrates sentirse obligado a hacerlo? Al respecto se dice que «existe una conexión evidente entre los conceptos de acción y obligación, en el sentido de que toda obligación (o todo deber, es lo mismo) lo es de realizar una cierta acción, como cumplir lo prometido, socorrer al necesitado o perdonar al que me ofende. Por otra parte, las acciones, por estar bajo el imperio directo de nuestra voluntad, son los únicos segmentos de mi conducta que pueden considerarse plenamente libres y de los que, por tanto, debo sentirme plenamente responsable, mientras que los demás aspectos de la vida moral (sentimientos, deseos, actitudes) están a lo sumo bajo el influjo indirecto de la libertad. Ahora bien, si es el sentimiento de responsabilidad por nuestra conducta el que nos mueve a emprender el camino de la filosofía moral, no conformándonos con la guía que ofrece el saber moral espontáneo; y ocurre que de nada somos tan plenamente responsables como de nuestras acciones; nada tan natural como pensar que la ética ha de interesarse ante todo por el criterio que regula las acciones.

También la evolución de la filosofía moral a lo largo de su ya larga historia parece sugerir esta misma conclusión. Es verdad que la ética se constituyó en sus orígenes como doctrina de la vida buena. La pregunta que guiaba a los filósofos morales de la antigüedad clásica no era “¿qué debo hacer?”, sino “¿cuál es la vida mejor para el hombre?”. Sin embargo, muy pronto se advirtió que las dos preguntas estaban conectadas, pues la vida buena incluye como uno de sus requisitos imprescindibles la rectitud de la conducta. Solo el hombre justo puede ser feliz. Por eso decía Sócrates que es peor cometer injusticia que sufrirla». Rodríguez Duplá, Leonardo. 2001. Ética, BAC: 16

 

Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, Barcelona, Espasa, 2018. Capítulos I, II, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI y XII.

«Cuando se relee ahora La rebelión de las masas, no se comprende que se escribiera hace [tantos años]; parece que describe y analiza la situación del mundo de hoy -o acaso de mañana-. El primer capítulo se titula “El hecho de las aglomeraciones”. Todo está lleno. El lector se pregunta: ¿en 1930? ¿No es ahora cuando lo está? “Vivimos en sazón de nivelaciones -escribe Ortega-: se nivelan las fortunas, se nivela la cultura entre las distintas clases sociales, se nivelan los sexos”; y agrega: “También se nivelan los continentes”. Hoy miramos a aquellos años como la época en que no pasaban esas cosas, por oposición a la nuestra; Ortega vio ya que estaban pasando. Por otra parte, advertía: “Europa no se ha americanizado. No ha recibido aún influjo grande de América. Lo uno y lo otro, si acaso, se inician ahora mismo”.

El hecho característico, el más importante de la vida europea, es el “advenimiento de las masas al pleno poderío social”. “Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. No se entienda, pues, por masas, sólo ni principalmente “las masas obreras”. Masa es el hombre medio. No se trata, pues, de clases sociales, ni siquiera de grupos sociales permanentes; se trata de funciones. Quiero decir que todos los hombres pertenecen, en principio, a la masa, en cuanto no están especialmente cualificados, y sólo emergen de ella para ejercer una función minoritaria cuando tienen tal o cual competencia o cualificación pertinente, después de lo cual se reintegran a la masa. Precisamente uno de los temas capitales de este libro es el de la “barbarie del especialismo”, aquella en virtud de la cual el hombre cualificado en un campo particular se comporta fuera de él como si tuviera competencia y autoridad, y no como uno de tantos, necesitado de seguir las orientaciones de los realmente cualificados. Con lo cual queda dicho que una cosas es la masa -ingrediente capital de toda sociedad- y otra el hombre-masa -que puede no existir, porque es una enfermedad o dolencia que a veces sobreviene a las sociedades». Marías, Julián. 1975. Introducción, en Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, Barcelona, Espasa, 2018: 24-25.

 

Shakespeare, William, “Macbeth”, en William Shakespeare. Tragedias. Obra completa 2, ed. Andreu Jaume, Barcelona, Penguin clásicos, 2016.

«La radical universalidad de Shakespeare estriba, mucho más que en cualquier otro género, sobre todo en la tragedia, un mundo sacudido por el viento de la desolación, poblado de fantasmagorías verbales que avanzan en la penumbra y donde se muestra, acaso por primera vez, la condición humana en su desnuda soledad. Si en algunas comedias y en los romances tardíos se ha perdido a lo largo del tiempo una fracción del código con que las obras fueron compuestas, las tragedias, aun a pesar de su complejidad, conservan intacto su poder de persuasión y la capacidad de atrapar sin aviso al público en una telaraña de emociones y matices de pensamiento. Julieta, Bruto, Hamlet, Yago, Cordelia o Lady MacBeth son personajes moldeados con una extraña materia especular donde el lector o el espectador ve cómo se abisma su virtualidad al infinito.

(…) MacBeth presenta uno de los matrimonios más siniestros de la historia, devorado por un amor destructivo y estéril y reflejado en el negativo de los Macduff, en la aniquilación de cuya felicidad la pareja encuentra el momentáneo y horrible alivio de su fracaso.

(…)

En última instancia, la grandeza de Shakespeare radica en la visionaria capacidad de definir la condición del hombre en toda su desnudez. a diferencia de lo que ocurre en la tragedia clásica, en Shakespeare la contingencia humana no descansa en una ley divina, cuyo cumplimiento o desacato todo lo condiciona, sino que se apoya ya solo en sí misma, abandonada a su suerte, rodeada de cadáveres de dioses, devorada por su propia naturaleza en el páramo del mundo, sin que importe demasiado el tiempo histórico o el lugar donde ocurre la obra. La intervención de lo sobrenatural (…) [como en] las brujas en MacBeth, no determina el curso de los acontecimientos, sino que sirve tan solo para desencadenar la tormenta de lo humano, con sus constantes sacudidas y vaivenes entre el mal absoluto y el bien ideal (…)». Andreu, Jaume. 2012. La tragedia de Shakespeare, en Shakespeare, William, Tragedias. Obra completa 2, Barcelona, Penguin clásicos, 2012: XXV, XL y XLI.

 

San Agustín, Las confesiones, trad. Agustín Uña Juárez, Madrid, Tecnos, 2012. Libros II y VIII.

«Agustín, que en su búsqueda de la eternidad topa (…) con la permanencia de la presencia, al final comprime las tres dimensiones del tiempo, el pasado, el presente y el futuro, en una de ellas: el presente, y las comprime en él según la triple referencia “presencia de lo pasado”, “presencia de lo presente”, “presencia de lo futuro” (Agustín, Bekenntnisse, pág. 318). El futuro y el pasado sólo existen en cuanto se hacen presentes. El presente ata en su haz las otras dimensiones del tiempo. Agustín piensa también la eternidad según este modelo. Ella es como aquello en la vida que no pasa, y eso es la constancia del presente. Los respectivos sucesos son caducos, la ventana del presente, a través de la cual los miramos y experimentamos, permanece. En este sentido el presente es la pequeña eternidad. Cruzamos también con frecuencia e incluso cada día otro puente entre tiempo y atemporalidad. Son los momentos en los que, por la entrega a algo o a alguien, olvidamos el tiempo porque nos olvidamos a nosotros mismos». Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 227-228.

 

Huxley, Aldous, Un mundo feliz, trad. Ramón Hernández, Barcelona, Debols!llo. Capítulos 1-9 y 10-18. Selección: 1-3, 7-9, 15-18.

Aldous Huxxley inicia este libro con una cita de Nicolas Berdiaeff que refleja perfectamente la intención de la historia que cuenta: «Las utopías aparecen como bien más realizables ahora que lo se creía en antaño. Y nos encontramos actualmente teniendo una cuestión, bien de otro modo, angustiosa: ¿Cómo evitar su realización definitiva…? Las utopías son realizables. La vida camina hacia las utopías. Estamos en un siglo que apenas comienza, un siglo dónde los intelectuales y la clase cultivada alientan a las medianas de evitar las utopías y volver a una sociedad no utópica, menos perfecta y más libre».

Teniendo presente esto, Huxley nos introduce en una espectacular ficción en la encontramos «escenas de la vida futura, en plena era de Ford, cuando es ya un recuerdo lejano la Guerra de los Nueve Años, y cuando se ha combatido el pasado, clausurando museos, volando monumentos históricos y suprimiendo los libros publicados antes del año 150 D. F. (después de Ford). Se ha alcanzado un Estado Mundial; se celebra el Día de Ford: hay himnos a la Comunidad y Servicios Religiosos de Solidaridad. Esta visión imaginaria del mundo futuro se expone sobre todo desde un punto de vista exclusivamente literario, es decir, sin deducir todas las consecuencias sociológicas posibles». Torri, Julio. 2012. Obras completas, Serge I. Zaïtzeff (ed.), Fondo de cultura económica: De la actualidad literaria: una nueva utopía.

 

Aristóteles, Ética a Nicómaco, trad. Julio Pallí, Gredos, Madrid, 2010. Libros VIII y IX.

Uno de los bienes ante el que nos parece que no podemos renunciar en esta vida es la amistad. Parece imposible dejar de lado a nuestros amigos y alcanzar la felicidad a la vez. Pero, a veces, nos alejamos de su compañía y buscamos nuestros intereses porque creemos que sin alcanzar lo que deseamos tampoco podremos ser felices. ¿Cómo es posible hacer compatible ambas cosas?

Aristóteles apunta que la verdadera amistad se da, principalmente, entre los buenos o virtuosos, «porque lo absolutamente bueno o agradable se considera amable y elegible, y para cada uno lo bueno y agradable para él, y el bueno es amable y elegible para el bueno por ambas razones La amistad recíproca requiere elección, y la elección procede de un modo de ser y los amigos desean el bien de los que aman por sí mismos, no en virtud de una afección, sino de un modo de ser. Cada uno ama, pues, su propio bien, y devuelve lo que recibe en deseo y placer; se dice, en efecto, que la amistad es igualdad, y esto se da, sobre todo, en la de los buenos» (EN VIII, 5, 1157b 25-35).

Saint-Exupéry, Antoine de, El principito, Barcelona, Salamandra.

«La idea de Saint-Exupéry al escribir Le petit prince, traducida al español como El Principito, es hacer una reflexión personal para que el hombre se encuentre a sí mismo y descubra sus valores: el sentido de la acción, el valor de la amistad, el heroísmo como meta, la felicidad coo el cumplimiento del deber y la responsabilidad como motor de una vida idealista que mantiene en alto la moral y que encuentra su origen y su meta en el mundo de la infancia, el añorado planeta del que todos los hombres han sido exiliados y al que solo pueden regresar por medio de la imaginación.

(…)

 El Principito se encuentra entre las obras más leídas del mundo. Es un texto dedicado a una persona mayor, León Werth, o al niño que anteriormente fue esa persona. Cuando Saint-Exupéry escribe esta dedicatoria en 1942, Francia se encontraba bajo el yugo absoluto opresor del nazismo y sucede que León Werth, el gran amigo a quien dedica el libro, era judío, razón por la cual, al igual que el resto de sus afines, estaba siendo víctima de persecuciones y torturas. Es por ello que se refiere a León Werth como una persona que tiene hambre, frío y necesita ser consolada.

Existen una serie de razones para que Saint-Exupéry dedicara a los adultos su obra: el deseo de restaurar al hombre, de rescatar el respeto, la creatividad y la razonabilidad de los mayores con relación a la infancia, simiente del hombre. La esperanza de que se respeten la curiosidad, los deseos de preguntar de los niños, su libertad y forma de ser y de sentir el mundo, es decir, el ideal de la unidad del ser humano (percepciones, sentimientos, imaginaciones, ideas, razonamientos y experiencias)». Pineda, Beatriz. 2017. El Principito y los ideales. Defensa de la libertad, del amor y del razonamiento, Editorial Verbum: 27 y 37.

 

Homero, Odisea, trad. José Luis Calvo, Cátedra, Madrid, 2006.

«El modelo de todas las novelas de regreso al hogar es la Odisea. Un destino adverso obstaculiza, detiene y distrae a Ulises en su camino hacia casa. Se ve envuelto en historias peligrosas, como la de Polifemo, y también en otras encantadoras, como la de la seductora Calipso. Habría podido caer también en los encantos de los lotófagos, de los expertos en el delirio, tal como casi les sucedió a los compañeros, si él no se hubiese arrancado a sí mismo y los hubiese arrastrado a ellos. “Y cuantos probaron este fruto, dulce como la miel, ya no querían llevar noticias ni volverse […]. Mas yo los llevé por la fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré e hice atar bajo los bancos […], no fuera que alguno comiese loto y no pensara en la vuelta” (Homero, Odisea, canto IX, versos 94 y sigs.)

Esta epopeya ha impuesto de tal modo su estilo porque muestra ya toda la riqueza de formas del juego con el tiempo. Los sucesos del regreso a casa, tan rico en rodeos, no son contados de manera meramente lineal y continua, sino que están dispuestos y condensados con verdadero refinamiento de la técnica narrativa. El tiempo del relato de la Odisea comienza con la despedida del héroe de la seductora Calipso y termina con su regreso y la matanza de los pretendientes; el lapso de tiempo en conjunto es de cuarenta días. Los sucesos de los restantes diez años del errante viaje son contados retrospectivamente, en su mayor parte por Ulises mismo, mientras es huésped de los feacios en su penúltima estación. Por tanto, a esta perspectiva distanciada del narrador épico se añade la de Ulises mismo, así como la de su hijo Telémaco, que espera al padre y hace que le cuenten cosas sobre él. Y finalmente está todavía el nivel temporal-supratemporal de los dioses, que están implicados en el acontecer y a la vez se hallan por encima de él.

En Homero no sólo la narración épica oscila entre diversas perspectivas temporales, varía también el tiempo de la narración. Algunos sucesos son narrados como en cámara lenta, por ejemplo, cuando comienza la masacre de los pretendientes, otros sucesos son narrados de forma acelerada, como los días y los años junto a Calipso, donde cada día es como el anterior, y todos juntos son como uno solo». Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 208-210.