Sexualidad y género. Clarifiquemos lo que queremos decir

La opinión es la aseveración de una idea personal. Si alguien expresa una idea públicamente, entonces podemos pensar que considera que su idea es cierta. Lo mejor es siempre expresar una opinión fundada (con ciertas pruebas) que una opinión sin respaldo. Afirmar como un hecho irrefutable algo que se puede contradecir al día siguiente, en un medio público, puede demostrar, cuando menos, una falta de profundidad en el estudio.

La proliferación de opiniones sin fundamento desorienta las discusiones. Surge entonces una actitud que no toma en cuenta la integridad de la postura política, social o filosófica que tiene en frente, sino que busca desprestigiarla porque a algunos no les satisface. Choca contra profundas convicciones, que podrían ser verdaderas, pero el empeño por derribar al contrincante no ayuda a aclarar el significado de las palabras que se usan, ni a argumentar con altura racional.

El peligro de esta actitud está en caer en la llamada “falacia del espantapájaros”. Es decir, simplificar tanto la postura contraria que de ella queda solo un remedo de su verdadera propuesta. Así es más fácil atacarla. Me parece que esto viene ocurriendo en las discusiones sobre “sexualidad y género”. Parece que en este debate abundan argumentos que no se apoyan en alguna clase de estudio, aunque éstos pudieran existir, y pretenden pasar por una opinión fundada algo que es una mera opinión sin fundamento. Podría ser verdadera, pero no ha habido preocupación por verificar la verdad de lo que se ha querido expresar.

Ejemplos de este tipo descuidos están en afirmaciones como “el género es un constructo social mientras que la sexualidad esta dada por la biología” o “la cultura, o el ambiente, no afecta la tendencia sexual de las personas”. Estas proposiciones identifican los términos sexo y género, o los separan radicalmente. Simplifican la cuestión. Ante ellas cabría preguntar sobre qué evidencia científica se apoyan. Por este motivo, me gustaría comentar brevemente uno de los informes más abiertos al diálogo que he podido encontrar.

Hace pocos meses, la revista The New Atlantis publicó Sexuality and Gender. Findings from the Biological, Psychological, and Social Sciences. La traducción al español –Sexualidad y género– se encuentra en Internet, al igual que su versión en inglés. Este informe es el resultado de tres años de estudio minucioso de la literatura científica y de consultas a expertos en biología, psicología y en ciencias sociales. Además, se preocupa en describir y explicar las evidencias provenientes de todas las perspectivas de las cuestiones que se discuten. Sexualidad y género transmite muchos contenidos, entre los que se pueden encontrar las siguientes ideas:

  1. El informe incluye un amplio debate sobre de lo que la Asociación Americana de Psicología define como “orientación sexual” y la falta de consistencia de las formas en las que este término se ha empleado en estudios científicos. Esta ambigüedad representa un importante desafío para el diseño de las investigaciones empíricas de este tipo.
  2. Las pruebas de la psicología experimental que demuestran la base genética de la homosexualidad no son ni consistentes ni concluyentes. Es más que probable que la contribución genética a ese rasgo no sea de peso ni mucho menos decisiva
  3. Incluso en la dimensión puramente biológica de la genética, los científicos ya han dejado a un lado el manido debate de innato o adquirido, referente a la psicología humana, y reconocen que no se puede ofrecer una hipótesis verosímil que demuestre que algún rasgo psicológico concreto venga determinado o bien exclusivamente por la genética o bien por el ambiente.
  4. Cuando los estudios abordan cuestiones controvertidas, es particularmente importante aclarar con absoluta precisión lo que sí ha demostrado la ciencia, y lo que no. En relación a los estudios experimentales sobre la psicología de la sexualidad, en el mejor de los casos, solo existe un consenso científico provisional.

El informe finaliza con una invitación a la discusión. Del mismo modo invito a todos a su lectura para poder expresar con fundamento lo que puede ser dicho con rigor científico, y lo que no. Y si las afirmaciones no son científicas, entonces es bueno aclarar en qué sentido deben ser entendidas.

Este artículo fue publicado el 16 de enero de 2017 en Posición.pe

El año de la posverdad

El 2016 ha sido calificado como el año de la posverdad. La palabra proviene de post-truth, incluida en noviembre en el diccionario de Oxford. Su significado denota una situación en la que la referencia a los hechos objetivos cuenta menos que la apelación a las emociones y creencias personales. La admisión de esta palabra hizo que se publiquen cientos de artículos en la prensa.

La mayoría de analistas identifican la posverdad con la mentira. Se ha concluido entonces que este fenómeno no es nuevo, más allá de la moda del término: las mentiras han existido siempre. Me parece, sin embargo, que esta apreciación puede ser apresurada, y que la inclusión de este término en el diccionario más prestigioso de habla inglesa merece un análisis más fino. Un estudio que desborda sin duda estas líneas, en las que solo puedo limitarme a hacer algunas observaciones.

La notoriedad de la posverdad se debe al uso de esta palabra durante los últimos procesos democráticos en EEUU y Gran Bretaña, tan cargados de demagogia y manipulación de los sentimientos. Su popularidad es infame. Se debe a la indiscriminada proliferación de noticias falsas, de comentarios difamatorios sin fundamento a personajes públicos, y por el descrédito de las instituciones. Las redes sociales han sido un caldo de cultivo particularmente propicio al respecto. El problema se encuentra en primer lugar en la mentira, es decir, en la intención de tergiversar la verdad. Pero también está en un fenómeno que en nuestra sociedad se ha potenciado por el uso de este tipo de redes y que hace que tales mentiras se propaguen: la falta de atención, y de respeto por la verdad.

En la actualidad, se percibe una apreciación generalizada de que el valor público de la verdad está por los suelos. La misma promoción de la verdad por los beneficios que acarrea comporta ya una cierta devaluación de la misma. En efecto, la mentira puede ser perniciosa por razones pragmáticas, como sabía Maquiavelo. Para mentir hay que tener claro la verdad de lo que se quiere tergiversar. El mentiroso, si es descubierto, es rechazado. En vista de los posibles resultados, mentir puede ser estratégicamente inconveniente.

Con todo, la consideración pragmática de la mentira parece supeditar la verdad a la utilidad, lo cual, en el fondo, supone que podemos hacer cualquier cosa con la verdad. La verdad sería algo que está al alcance de nuestras manos, y que podríamos usar del modo que mejor nos convenga. No decir mentiras sería una simple cuestión de estrategia. En última instancia, lo que se halla en juego son nuestros intereses personales. Bajo este punto de vista, la honestidad no sería ya un valor admirable, sino simplemente el ropaje social de los más astutos en nuestra sociedad, como argüían los sofistas frente a Sócrates.

Como indicó la directora de The Guardian, Katharine Viner, en “How technology disrupted the truth”, la implicación de las redes sociales ha sido importante. Basta tener una cuenta en ellas para contribuir de un modo u otro a la popularización de una noticia u opinión, que muchas veces nos llega a través de canales fabricados para satisfacer nuestros propios gustos. Pero, cuando la mentira se ha hecho presente de un modo tan patente, llama la atención que nos importe poco la verdad o falsedad de las noticias que propagamos.

Esto conecta con un excelente ensayo del filósofo de Princeton University, Harry Frankfurt: Sobre la charlatanería. El charlatán es alguien al que el valor de la verdad le tiene sin cuidado. Puede mantener clara la distinción entre lo verdadero y lo falso pero, como anda despreocupado por el valor de la verdad, no le importan las consecuencias reales de lo que dice. Su atención está puesta en la imagen que transmite a los demás. El charlatán puede caernos bien, siempre que su charlatanería no llegue a asuntos que consideramos importantes.

El valor público de la verdad está bajo mínimos. Algo debemos hacer por devolverle su importancia. Huyamos de la mentira y la charlatanería. Luchemos contra la desatención como el gran mal que hay que combatir. La mentira es ciertamente perniciosa, pero también lo es la falta de atención hacia la verdad por una triste banalización de su valor.

Este artículo fue publicado el 02 de enero de 2017 en Posición.pe