La era de la posverdad

Pensar que la verdad puede ser asesinada puede dejarnos perplejos, pero esto ha venido ocurriendo para el caso de su valor en la sociedad. Por este motivo la cuestión de la posverdad no es superflua. Para Keyes el problema radical es que podemos vivir gobernados por ella, y participar activamente en su dinámica sin darnos cuenta. Esto se daría a través de una actitud derivada de la justificación de nuestras propias mentiras, y por acostumbrarnos a vivir en un ambiente en el que se discrimina la verdad en función de los intereses personales. Esto puede ocurrir cuando no reflexionamos sobre las fuentes de las noticias que consumimos o, en una visión más amplia de las circunstancias, cuando apartamos la mirada ante aquellos puntos de vista que nos desagradan. A veces, huimos de todo esto sin detenernos a pensar en cómo se pueden ver las cosas desde otra perspectiva, simplemente porque no queremos ser engañados, como si todo lo que no coincidiera con nuestras ideas pudiese catalogarse de propaganda engañosa.

Puedes leer el resto del artículo publicado en febrero de 2017 en la revista Palabra.

La muerte del inocente e indefenso (II)

La Declaración Universal de los Derechos Humanos alcanza, aunque suene redundante, a toda la humanidad. Esto se observa de modo significativo en su tercer artículo: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. La peculiaridad de la palabra “universal” subraya el hecho de que la Declaración abarca al conjunto de todas las personas. Todos tenemos derechos que son inalienables por el mero hecho de pertenecer a la raza humana, y las legislaciones que se han adherido a tal Declaración, se ven especialmente obligadas a respetarla. El texto elaborado en 1948 no nos convirtió, de pronto, en gente con derechos, sino que es la expresión del deseo perenne de que jamás nos convirtamos en un elemento útil y desechable de ningún poder económico, social o político.

La universalidad de la Declaración, especialmente de su tercer artículo, implica, además, que el ser humano está amparado por ella en todos los momentos de su vida. Introducir excepciones equivale a defender la idea de que es posible encontrar circunstancias que justifiquen el dominio injusto del más fuerte sobre los demás. El extremo de esta penosa afirmación es que los más poderosos pueden disponer de las vidas de otras personas. Sabemos que esto ocurre en muchos países tiranizados por una violenta dictadura, donde las leyes que defienden las vidas de los ciudadanos no son respetadas por aquellos que gobiernan. Sin embargo, esto también se da de modo velado, silencioso –o, más bien, silenciado por unos cuantos–, en legislaciones que han establecido un marco jurídico para que el aborto sea legal.

En Latinoamérica, en los últimos años, ha habido diversos intentos por introducir determinadas causales para hacer que el aborto sea legal, o para ampliar su legalidad. En las discusiones llevadas a cabo en tales tentativas se ha podido comprobar lo que el filósofo norteamericano Alasdair MacIntyre indicó hace ya algunos años: el debate en torno al aborto se encuentra dialécticamente en un punto muerto. Los argumentos biológicos parecen agotados para debatir desde el momento en que consideramos que es posible determinar la paternidad de una persona sobre sus hijos por medio de su ADN. Esto se debe a que el zigoto contiene toda la información genética necesaria para convertirse en un ser humano. Desde este punto de vista no hay nada que discutir: un ser humano es tal desde el momento de su concepción.

El debate no se encuentra en el plano biológico sino en el legal, especialmente alrededor del concepto de “persona”. Se discute si el estatuto jurídico del ser humano en los periodos iniciales de la vida es el de “persona” y, si debido a ello, es merecedor de la protección legal que debemos poseer todos. Es decir, la pregunta en estas discusiones es: ¿todo “ser humano” debe ser considerado “persona”? Algunos partidarios del aborto asumen que no es así. Por tanto, no bastaría con haber sido concebido humano para quedar amparado por la legislación. Según esta perspectiva, el zigoto deberá poseer algunas características añadidas para que, dependiendo del marco legal, pueda ser considerado digno de mantener su vida. En otras palabras, quienes afirman esto separan artificiosamente la identidad biológica y la jurídica de tal modo que sólo aquellos que sean capaces de alcanzar cierta conciencia, gocen de un grado de salud, puedan vivir en determinadas condiciones de vida, o hayan sido concebidos y gestados bajo ciertas circunstancias, serán los llamados a evitar una muerte legal, pero injusta. Legalizar el aborto es, por tanto, establecer leyes injustas que permiten la eliminación de humanos bajo unos criterios discriminatorios. ¿Cuáles son esos criterios? Las causales para permitir el aborto que se han intentado introducir en todos estos años.

La legalización del aborto hace que todos los seres humanos en estado embrionario, que caen bajo estos criterios de selección, sean susceptibles de ser condenados al cadalso antes siquiera de haber visto la luz. Podrían ser ejecutados por los más fuertes, apoyados en un marco legal que justifica la destrucción de inocentes e indefensos, muchas veces bajo la pueril consigna de “la elección sobre el propio cuerpo”. Es claro que esta afirmación tiene algo de sentido, pero parece injustificable su aplicación a actos que causan voluntariamente la muerte de alguien que obviamente no es parte la propia corporeidad. Parece claro que lo contrario es indicar que hay personas a las que se puede catalogar de “objeto de desecho”. ¿Es posible que estos sean los nuevos términos bajo los que rige nuestra civilización? Si permitimos leyes que justifiquen etiquetar a seres indefensos e inocentes como “sujetos merecedores de la muerte”, entonces  estamos afirmando esta terrible cultura.

No podemos dejar de considerar a alguien que muchas veces carece de la protección social y jurídica adecuada: la madre, sometida a presiones que la llevan a pensar que abortar es una salida de su situación de desamparo, y que cae indefensa bajo los intereses de otros, o de empresas implicadas en el lucrativo negocio de la “compra y venta de la muerte”. Son tales negocios del aborto los más empeñados en hacer que éste sea legal, esperando recaudar grandes ganancias con la matanza de seres humanos. Aquí el cinismo les sirve escudo. Creen en el derecho del más fuerte, en la imposición de sus intereses: el establecimiento de la cultura de la muerte del inocente e indefenso, para incrementar sus ganancias, utilizando a la sociedad misma para lograrlo. Creo que es importante que abramos los ojos para no pactar con esta comercialización de la muerte. Ésta ha tomado el disfraz de la defensa de determinados derechos, pero no es más que la excusa para intentar anular el derecho universal a la vida, para que sean unos cuantos los que dicten quien puede vivir, y quien no.

Este artículo fue publicado el 11 de julio de 2017 en Posición.pe

La muerte del inocente e indefenso (I)

Cae una bomba en un pequeño poblado de medio oriente. Mueren en ese mismo acto decenas de personas, entre las que podemos encontrar ancianos, mujeres y niños. Vidas truncadas por las acciones de otros seres humanos. Sus historias personales en este mundo no continuarán. Percibimos que no hay razón que pueda justificar su muerte, aún cuando alguien haya tenido motivos para llevar a cabo el ataque a ese pueblo. No hay duda, los afectados son inocentes, y además indefensos, que no es lo mismo. El inocente no tiene culpa en relación a determinados actos que se dan a su alrededor, y que son ajenos a su voluntad. La persona indefensa, por otro lado, es incapaz de defenderse ante las amenazas que se ciernen sobre ella. Su poder no es suficiente para evitarlas. Hay culpables indefensos, así como inocentes que pueden defenderse. En este caso es clara su inocencia. No tienen responsabilidad en las cuestiones relacionadas al conflicto y, además, están indefensos. Frente a las armas sus fuerzas no han podido evitarles la muerte.

Es una pena que nos acostumbremos a este tipo de escenas injustas. Diariamente cientos de personas inocentes e indefensas pierden la vida debido a las decisiones de otros sujetos. ¿Quién es el culpable? ¿Acaso el soldado que bombardea, las tropas, el comandante que da la orden, el jefe de gobierno que declara la guerra, las personas con intereses económicos –señores de la guerra– que impulsan estos conflictos por dinero? Puede ser que todos, en diferentes formas y dosis de responsabilidad. Seguramente tienen más responsabilidad unos cuantos, los que asumen la muerte del inocente e indefenso, les importe esto, o no. En entornos bélicos, por supuesto, la cosa no es sencilla. La situación del soldado en un fuego cruzado es muy diferente del que impulsa la guerra por intereses económicos, y que está en su sofá, esperando que llegue el dinero por la venta de armas. Tal vez el soldado se pregunta: ¿cómo es que terminamos haciendo esto?

La muerte de inocentes nos lleva a buscar responsables. Llegamos a la conclusión de que esto debe evitarse. Este anhelo de todas las personas que aman la paz se plasmó en 1948 de un modo singular en el tercer artículo de la declaración universal de los derechos humanos: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Esta es la expresión que nace del deseo humano de que las personas no se conviertan jamás en el instrumento de intereses ajenos y que Kant –gran intelectual de la modernidad– buscó materializar a través de una máxima, hace más de dos siglos: “obra del tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca solamente como medio”. Para él la dignidad implicaba no usar la vida de otro ser humano para alcanzar fines particulares.

El Papa Francisco realizó una visita de dos días a Egipto el pasado 28 de abril. Su viaje fue una peregrinación por la paz. En su primera intervención el Santo Padre fijó su atención en dos ideas. La primera fue la de no instrumentalizar la religión y las profundas creencias de las personas. Expresó su rechazo a cualquier tipo de  violencia o venganza en nombre de la fe. La segunda fue que hay que terminar con la proliferación de las armas, y lo dijo condenando el “cáncer de la guerra”. El Papa ya ha pronunciado estas palabras en el pasado refiriéndose a quienes tienen el poder de evitar la guerra, pero que a través de la venta indiscriminada de armamento solo consiguen fomentarla. Usan su poder económico sin dolerse de las injusticias que pueden provocar.

Suelo explicar a mis alumnos en clase que la justicia debe ser la virtud del más fuerte. La idea la tomo de Robert Spaemann que indica que, a veces, los más fuertes se comportan cínicamente alegando razones que no pretenden ser justas, para defender sus intereses. Creen en el derecho del más fuerte. Spaemann ilustra esta idea con el ejemplo de unos generales de Atenas, en la antigua Grecia, que querían extorsionar a los habitantes de la pequeña isla de Melos para que fuesen sus aliados frente a Esparta. Para lograr su objetivo amenazaron con matar a todos los hombres y reducir a esclavitud a las mujeres y los niños. Los de Melos les hicieron ver su injusticia, teniendo en cuenta además que ellos eran ajenos a tal conflicto. Pero los atenienses dieron una respuesta cínica sin paliativos: “¿qué significa aquí justicia? Justicia solo existe entre los que tienen fuerzas semejantes. Vosotros sois débiles y nosotros fuertes; de ahí se sigue todo lo demás”. Es claro que quienes tienen más poder deben ser los más justos. Pero cuando alguien destruye la vida del inocente e indefenso por medio de su poder, sin importarle esta injusticia, está actuando, además, con cinismo. Lamentablemente, tal individuo hace de los otros un instrumento de sus intereses, y del tercer artículo de la declaración de los derechos humanos un simple enunciado sin valor.

Las situaciones de violencia se llevan la vida de muchos inocentes e indefensos. Definitivamente debe haber alguien actuando de modo cínico. Creo que es importante darnos cuenta de lo que puede estar ocurriendo para que no pactemos con una cultura de la “compra y venta de la muerte”, aun cuando parezca que no podemos cambiarla. Aquí juega un papel fundamental la coherencia para defender el valor completo del tercer artículo de la declaración de los derechos humanos. Para ser libres, y tener una vida digna y segura, lo primero es respetar el derecho a la vida de todos los inocentes e indefensos. Esto implica decirle no al comercio de la muerte, y sí a una cultura de la vida sin condicionamientos.

Este artículo fue publicado el 02 de mayo de 2017 en Posición.pe

Un verdadero reto por la paz

El odio es uno de los peores males que existen en el mundo. Si dijera que odiar es el gran mal de la actualidad tal vez podría estar lanzando una calificación generalizada excesivamente negativa hacia nuestro tiempo. Siempre ha existido gente que odia a algo, o a alguien. No sé si la cuota de odio de nuestros días es mayor o menor que en otras épocas. Puesto que el odio puede disfrazarse de nobleza, e incluso de altruismo, creo que decir que hoy existe más odio que antes es una proposición de difícil verificación.

Los inicios de varias guerras de las que ha sido testigo la humanidad han acumulado una cierta cantidad de resentimiento y enemistad. En tales ocasiones, el velado odio se ha justificado con razones de supervivencia bajo el estandarte de alguna ideología (nacional, económica, racial o religiosa). Pero, también hay que decirlo, ha sido en situaciones provocadas por el odio donde ha resaltado el heroísmo de personas generosas que en medio del fragor de enfrentamientos no deseados salvaguardaron vidas inocentes, o símbolos que encarnan no solo la identidad de un pueblo, sino que van más allá hasta formar parte de la propia identidad personal. El odio no se expresa solo en las guerras, pero no parece cabernos la duda de que éstas son su más cruda y terrible consecuencia.

El problema de la proliferación de los enfrentamientos armados es una preocupación de muchos líderes mundiales, entre los que encontramos al Papa Francisco. Es tal su preocupación que no hay domingo en el que no se pronuncie al respecto. Por supuesto, ésta ha sido una cuestión siempre presente para los anteriores Pontífices, pero en esta oportunidad quisiera prestar un poco de atención al mensaje de este Papa para la 50 Jornada Mundial de la Paz, en el que puso como ejemplos de pacificación a Martin Luther King, Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta y las mujeres liberianas en sus manifestaciones no violentas para poner fin a la guerra que azotaba su país.

En la 50 Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco indicó “que la no violencia se transforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas”. Sus palabras, en un época como la nuestra, transida de sangrientos enfrentamientos en muchas partes del mundo, son una llamada de atención para que podamos reflexionar sobre los diversos niveles en los que es posible construir un mundo cada vez más pacífico. Por supuesto que hay una instancia para lo político en esta búsqueda de la paz. En ese mensaje, el Papa dijo que “la paz es la línea única y verdadera del progreso humano, no las tensiones de nacionalismos ambiciosos, ni las conquistas violentas, ni las represiones portadoras de un falso orden civil”, que termina destinando recursos de necesidades imperiosas como son el hambre y la pobreza hacia fines militares.

El mensaje es muy profundo. Francisco pidió que la no violencia sea un estilo de política para la paz, para que los sentimientos y los valores personales más profundos de la humanidad se conformen hacia este tipo de no violencia. Y enfatizó pidiendo que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Ésta es, en definitiva, una interpelación del Papa a lo que cada uno de nosotros podemos hacer por pacificar el mundo. En efecto, la paz no se construye simplemente a través de la política, o de soluciones sociales a gran escala desde los gobiernos de turno. El Romano Pontífice enfatizó que la no violencia ha de empezar a recorrerse en el seno de la familia y suplicó con urgencia que se detenga la violencia doméstica que tanto golpea a la mujer. Tal violencia es una verdadera lacra social que destruye el espacio propio de la formación de lo plenamente humano, y que impide pacificar el mundo. Este es un verdadero reto por la paz a todos los niveles.

El odio que conduce a la violencia es la fuente de muchos males morales en la humanidad, pero esa identificación no es una cosa tan sencilla. Encontrar en él la causa de nuestros propios enfrentamientos es fruto de un proceso de reflexión. Es decir, de detenemos un momento, mirar hacia el pasado y ver que, a fin de cuentas, las justificaciones de diversas peleas en las que nos hemos visto envueltos palidecen ante la razón que encontramos como más propia para ellos: a veces, y no pocas veces, odiamos porque no sabemos escuchar a los demás. Nos cuesta aceptar esta conclusión. Es cuando podemos querer poner más la atención hacia aquellas otras razones –sociales, económicas, políticas o religiosas– que podrían justificar nuestra actitud. Cuando la cuestión es más doméstica, al parecer, simplemente dejamos de pensar en ello, y abandonamos la lucha por la paz.

Ser pacífico no incapacita para contestar frente a la injusticia, sobre todo cuando podemos indicar las razones por las que nos parece que una situación no es justa. Dar razones de nuestras diferencias no nos convierte en personas violentas, sobre todo cuando nos abrimos al diálogo. El hater –término usado en Internet pero que hace ya un tiempo ha trasvasado esos límites– es una persona que muestra una actitud de desprecio que le lleva a difamar o criticar destructivamente a sus semejantes, instituciones públicas o privadas, e ideas particulares, por motivos poco racionales, simplemente porque tales ideas no encajan con las suyas. La apertura al diálogo evita alguien pueda pertenecer a esta especie de “odiador” irracional. Pero eso implica saber escuchar a los demás, e intentar comprender las razones y circunstancias que llevan a cada persona a pensar de un modo diferente.

Este artículo fue publicado el 28 de febrero de 2017 en Posición.pe

Sexualidad y género. Clarifiquemos lo que queremos decir

La opinión es la aseveración de una idea personal. Si alguien expresa una idea públicamente, entonces podemos pensar que considera que su idea es cierta. Lo mejor es siempre expresar una opinión fundada (con ciertas pruebas) que una opinión sin respaldo. Afirmar como un hecho irrefutable algo que se puede contradecir al día siguiente, en un medio público, puede demostrar, cuando menos, una falta de profundidad en el estudio.

La proliferación de opiniones sin fundamento desorienta las discusiones. Surge entonces una actitud que no toma en cuenta la integridad de la postura política, social o filosófica que tiene en frente, sino que busca desprestigiarla porque a algunos no les satisface. Choca contra profundas convicciones, que podrían ser verdaderas, pero el empeño por derribar al contrincante no ayuda a aclarar el significado de las palabras que se usan, ni a argumentar con altura racional.

El peligro de esta actitud está en caer en la llamada “falacia del espantapájaros”. Es decir, simplificar tanto la postura contraria que de ella queda solo un remedo de su verdadera propuesta. Así es más fácil atacarla. Me parece que esto viene ocurriendo en las discusiones sobre “sexualidad y género”. Parece que en este debate abundan argumentos que no se apoyan en alguna clase de estudio, aunque éstos pudieran existir, y pretenden pasar por una opinión fundada algo que es una mera opinión sin fundamento. Podría ser verdadera, pero no ha habido preocupación por verificar la verdad de lo que se ha querido expresar.

Ejemplos de este tipo descuidos están en afirmaciones como “el género es un constructo social mientras que la sexualidad esta dada por la biología” o “la cultura, o el ambiente, no afecta la tendencia sexual de las personas”. Estas proposiciones identifican los términos sexo y género, o los separan radicalmente. Simplifican la cuestión. Ante ellas cabría preguntar sobre qué evidencia científica se apoyan. Por este motivo, me gustaría comentar brevemente uno de los informes más abiertos al diálogo que he podido encontrar.

Hace pocos meses, la revista The New Atlantis publicó Sexuality and Gender. Findings from the Biological, Psychological, and Social Sciences. La traducción al español –Sexualidad y género– se encuentra en Internet, al igual que su versión en inglés. Este informe es el resultado de tres años de estudio minucioso de la literatura científica y de consultas a expertos en biología, psicología y en ciencias sociales. Además, se preocupa en describir y explicar las evidencias provenientes de todas las perspectivas de las cuestiones que se discuten. Sexualidad y género transmite muchos contenidos, entre los que se pueden encontrar las siguientes ideas:

  1. El informe incluye un amplio debate sobre de lo que la Asociación Americana de Psicología define como “orientación sexual” y la falta de consistencia de las formas en las que este término se ha empleado en estudios científicos. Esta ambigüedad representa un importante desafío para el diseño de las investigaciones empíricas de este tipo.
  2. Las pruebas de la psicología experimental que demuestran la base genética de la homosexualidad no son ni consistentes ni concluyentes. Es más que probable que la contribución genética a ese rasgo no sea de peso ni mucho menos decisiva
  3. Incluso en la dimensión puramente biológica de la genética, los científicos ya han dejado a un lado el manido debate de innato o adquirido, referente a la psicología humana, y reconocen que no se puede ofrecer una hipótesis verosímil que demuestre que algún rasgo psicológico concreto venga determinado o bien exclusivamente por la genética o bien por el ambiente.
  4. Cuando los estudios abordan cuestiones controvertidas, es particularmente importante aclarar con absoluta precisión lo que sí ha demostrado la ciencia, y lo que no. En relación a los estudios experimentales sobre la psicología de la sexualidad, en el mejor de los casos, solo existe un consenso científico provisional.

El informe finaliza con una invitación a la discusión. Del mismo modo invito a todos a su lectura para poder expresar con fundamento lo que puede ser dicho con rigor científico, y lo que no. Y si las afirmaciones no son científicas, entonces es bueno aclarar en qué sentido deben ser entendidas.

Este artículo fue publicado el 16 de enero de 2017 en Posición.pe

El año de la posverdad

El 2016 ha sido calificado como el año de la posverdad. La palabra proviene de post-truth, incluida en noviembre en el diccionario de Oxford. Su significado denota una situación en la que la referencia a los hechos objetivos cuenta menos que la apelación a las emociones y creencias personales. La admisión de esta palabra hizo que se publiquen cientos de artículos en la prensa.

La mayoría de analistas identifican la posverdad con la mentira. Se ha concluido entonces que este fenómeno no es nuevo, más allá de la moda del término: las mentiras han existido siempre. Me parece, sin embargo, que esta apreciación puede ser apresurada, y que la inclusión de este término en el diccionario más prestigioso de habla inglesa merece un análisis más fino. Un estudio que desborda sin duda estas líneas, en las que solo puedo limitarme a hacer algunas observaciones.

La notoriedad de la posverdad se debe al uso de esta palabra durante los últimos procesos democráticos en EEUU y Gran Bretaña, tan cargados de demagogia y manipulación de los sentimientos. Su popularidad es infame. Se debe a la indiscriminada proliferación de noticias falsas, de comentarios difamatorios sin fundamento a personajes públicos, y por el descrédito de las instituciones. Las redes sociales han sido un caldo de cultivo particularmente propicio al respecto. El problema se encuentra en primer lugar en la mentira, es decir, en la intención de tergiversar la verdad. Pero también está en un fenómeno que en nuestra sociedad se ha potenciado por el uso de este tipo de redes y que hace que tales mentiras se propaguen: la falta de atención, y de respeto por la verdad.

En la actualidad, se percibe una apreciación generalizada de que el valor público de la verdad está por los suelos. La misma promoción de la verdad por los beneficios que acarrea comporta ya una cierta devaluación de la misma. En efecto, la mentira puede ser perniciosa por razones pragmáticas, como sabía Maquiavelo. Para mentir hay que tener claro la verdad de lo que se quiere tergiversar. El mentiroso, si es descubierto, es rechazado. En vista de los posibles resultados, mentir puede ser estratégicamente inconveniente.

Con todo, la consideración pragmática de la mentira parece supeditar la verdad a la utilidad, lo cual, en el fondo, supone que podemos hacer cualquier cosa con la verdad. La verdad sería algo que está al alcance de nuestras manos, y que podríamos usar del modo que mejor nos convenga. No decir mentiras sería una simple cuestión de estrategia. En última instancia, lo que se halla en juego son nuestros intereses personales. Bajo este punto de vista, la honestidad no sería ya un valor admirable, sino simplemente el ropaje social de los más astutos en nuestra sociedad, como argüían los sofistas frente a Sócrates.

Como indicó la directora de The Guardian, Katharine Viner, en “How technology disrupted the truth”, la implicación de las redes sociales ha sido importante. Basta tener una cuenta en ellas para contribuir de un modo u otro a la popularización de una noticia u opinión, que muchas veces nos llega a través de canales fabricados para satisfacer nuestros propios gustos. Pero, cuando la mentira se ha hecho presente de un modo tan patente, llama la atención que nos importe poco la verdad o falsedad de las noticias que propagamos.

Esto conecta con un excelente ensayo del filósofo de Princeton University, Harry Frankfurt: Sobre la charlatanería. El charlatán es alguien al que el valor de la verdad le tiene sin cuidado. Puede mantener clara la distinción entre lo verdadero y lo falso pero, como anda despreocupado por el valor de la verdad, no le importan las consecuencias reales de lo que dice. Su atención está puesta en la imagen que transmite a los demás. El charlatán puede caernos bien, siempre que su charlatanería no llegue a asuntos que consideramos importantes.

El valor público de la verdad está bajo mínimos. Algo debemos hacer por devolverle su importancia. Huyamos de la mentira y la charlatanería. Luchemos contra la desatención como el gran mal que hay que combatir. La mentira es ciertamente perniciosa, pero también lo es la falta de atención hacia la verdad por una triste banalización de su valor.

Este artículo fue publicado el 02 de enero de 2017 en Posición.pe