Robert Spaemann: caballero de la concordia, inconforme de su tiempo, y defensor de la verdad

Hace unos días, el pasado 10 de diciembre, el filósofo Robert Spaemann dejó este mundo. Profesor en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich hasta su jubilación en 1992, fue doctorado honoris causa por la Universidad de Friburgo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Había trabajado también en las universidades de Stuttgart y Heidelberg donde se mostró como un caballero de la concordia y, a la vez, un inconforme de su tiempo por ser siempre un claro defensor de la verdad. Rasgos que, al parecer, fueron determinantes de su personalidad, y que se condensan en aquella frase de Goethe que tanto le gustaba: “quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”.

Si echamos una mirada a su propia autobiografía, publicada en español hace tan solo cuatro años, podemos confirmar las características antes mencionadas de este gran pensador católico. Desde los diecisiete años, habiendo realizado sus propias indagaciones sobre lo que ocurría con el pueblo judío al este de Alemania, se enfrentó más de una vez al deseo de muchos de sus mayores de no querer saber nada sobre aquel holocausto. Tal vez porque aquellos profesores no querían ver comprometidas sus consciencias con la realidad. Incluso, a esa misma edad, aún teniendo que rendir el servicio militar obligatorio al servicio del Tercer Reich, prefirió arriesgar la vida provocándose una enfermedad, antes que rendir juramento a la bandera nazi. Claramente Spaemann había nacido para ser un inconforme con las ideas de su tiempo.

Tal era su inconformidad que, muchos años después, consciente de que el discurso sobre los valores de una sociedad puede convertirse en una tiranía, escribirá: “el Tercer Reich se autoproclamó una comunidad de valores. También los comunistas. Habría que reflexionar igualmente sobre el hecho de que se exija a los ciudadanos el reconocimiento de nuestro orden de valores (…). En qué consiste eso de nuestros valores es algo en sí mismo ambiguo, pese a que cada vez es mayor la presión amenazante de lo políticamente correcto”. Porque para Spaemann, hablar de unos valores establecidos, que debían ser respetados por el simple hecho de estar presentes en la vida social, no era suficiente para dar cuenta de la realidad humana.

El respeto de lo políticamente correcto sin más justificación que el deseo de muchos de no contristar con los demás, en desmedro de la verdad, no estuvo nunca entre los principios vitales de este profesor de filosofía. Sin embargo, y en contra de lo que alguno pudiera pensar hasta este momento, Robert Spaemann era un caballero de la concordia, detalle de su carácter que no podrá entenderse jamás sin su inconformidad y pasión por la verdad. Porque sólo los conformistas piensan que para ser cordial hay que dejar de hablar, fuerte y claro, sobre lo que es verdadero.

El arribo de Spaemann a Stuttgart no pudo estar más cargado de contrariedad. Llegaba para reemplazar en la cátedra a un profesor, Max Bense. Éste enseñaba ideas contrarias a los principios de la Universidad en la que trabajaba y, por tanto, también enfrentadas a las ideas de Spaemann. La solución de la institución no fue despedir al profesor disidente -entre otras cosas porque no le convenía a esta universidad- sino más bien crear una cátedra paralela, de más prestigio, en la que enseñaría Spaemann, el profesor recién llegado. No quiso esperar los desencuentros protocolarios y fue a buscar los suyos propios. Fue al Instituto y esperó a Bense en la puerta. Al llegar éste le preguntó: “¿Qué hace usted aquí?”. Spaemann le respondió: “Señor Bense, me han dicho que no quería hablar conmigo, pero preferiría oírlo de usted mismo”. Ese fue el inicio de un respetuoso trato entre ambos, no exento de dificultades. Pero Spaemann no tardó en pedir a la universidad que se le diera a la cátedra de Bense el mismo prestigio que la suya, devolviéndole el honor que se le había quitado.

La mirada de Spaemann estuvo siempre fija en la realidad. No permitió nunca que la futilidad vital y la falta de rigor intelectual pudieran ser un obstáculo para respetarla. Esa fue la raíz de su inconformismo, y de su cordialidad. Porque la paz no se puede forjar sobre la mentira, o la media verdad, o sobre una falsa concordia que pacta con lo que puede destruir al ser humano. De ahí, también, sus certeras críticas a las estructuras de la cultura de la muerte: el aborto y la eutanasia.

Robert Spaemann, amante de Dios hasta el punto de empeñar gran parte de su inteligencia y corazón en la composición sus propios comentarios a los Salmos, se nos ha ido. Tras de si deja un legado intelectual y vital que se resume en la defensa de la verdad y la vida, de una lucha contra el relativismo y la indiferencia, de una búsqueda de las mejores explicaciones para dar cuenta de aquello que no puede ser callado por lo políticamente correcto. Descanse en paz maestro de la cordial defensa de la verdad.

Este artículo fue publicado el 14 de diciembre de 2018 en Posición.pe

Un verdadero reto por la paz

El odio es uno de los peores males que existen en el mundo. Si dijera que odiar es el gran mal de la actualidad tal vez podría estar lanzando una calificación generalizada excesivamente negativa hacia nuestro tiempo. Siempre ha existido gente que odia a algo, o a alguien. No sé si la cuota de odio de nuestros días es mayor o menor que en otras épocas. Puesto que el odio puede disfrazarse de nobleza, e incluso de altruismo, creo que decir que hoy existe más odio que antes es una proposición de difícil verificación.

Los inicios de varias guerras de las que ha sido testigo la humanidad han acumulado una cierta cantidad de resentimiento y enemistad. En tales ocasiones, el velado odio se ha justificado con razones de supervivencia bajo el estandarte de alguna ideología (nacional, económica, racial o religiosa). Pero, también hay que decirlo, ha sido en situaciones provocadas por el odio donde ha resaltado el heroísmo de personas generosas que en medio del fragor de enfrentamientos no deseados salvaguardaron vidas inocentes, o símbolos que encarnan no solo la identidad de un pueblo, sino que van más allá hasta formar parte de la propia identidad personal. El odio no se expresa solo en las guerras, pero no parece cabernos la duda de que éstas son su más cruda y terrible consecuencia.

El problema de la proliferación de los enfrentamientos armados es una preocupación de muchos líderes mundiales, entre los que encontramos al Papa Francisco. Es tal su preocupación que no hay domingo en el que no se pronuncie al respecto. Por supuesto, ésta ha sido una cuestión siempre presente para los anteriores Pontífices, pero en esta oportunidad quisiera prestar un poco de atención al mensaje de este Papa para la 50 Jornada Mundial de la Paz, en el que puso como ejemplos de pacificación a Martin Luther King, Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta y las mujeres liberianas en sus manifestaciones no violentas para poner fin a la guerra que azotaba su país.

En la 50 Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco indicó “que la no violencia se transforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas”. Sus palabras, en un época como la nuestra, transida de sangrientos enfrentamientos en muchas partes del mundo, son una llamada de atención para que podamos reflexionar sobre los diversos niveles en los que es posible construir un mundo cada vez más pacífico. Por supuesto que hay una instancia para lo político en esta búsqueda de la paz. En ese mensaje, el Papa dijo que “la paz es la línea única y verdadera del progreso humano, no las tensiones de nacionalismos ambiciosos, ni las conquistas violentas, ni las represiones portadoras de un falso orden civil”, que termina destinando recursos de necesidades imperiosas como son el hambre y la pobreza hacia fines militares.

El mensaje es muy profundo. Francisco pidió que la no violencia sea un estilo de política para la paz, para que los sentimientos y los valores personales más profundos de la humanidad se conformen hacia este tipo de no violencia. Y enfatizó pidiendo que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Ésta es, en definitiva, una interpelación del Papa a lo que cada uno de nosotros podemos hacer por pacificar el mundo. En efecto, la paz no se construye simplemente a través de la política, o de soluciones sociales a gran escala desde los gobiernos de turno. El Romano Pontífice enfatizó que la no violencia ha de empezar a recorrerse en el seno de la familia y suplicó con urgencia que se detenga la violencia doméstica que tanto golpea a la mujer. Tal violencia es una verdadera lacra social que destruye el espacio propio de la formación de lo plenamente humano, y que impide pacificar el mundo. Este es un verdadero reto por la paz a todos los niveles.

El odio que conduce a la violencia es la fuente de muchos males morales en la humanidad, pero esa identificación no es una cosa tan sencilla. Encontrar en él la causa de nuestros propios enfrentamientos es fruto de un proceso de reflexión. Es decir, de detenemos un momento, mirar hacia el pasado y ver que, a fin de cuentas, las justificaciones de diversas peleas en las que nos hemos visto envueltos palidecen ante la razón que encontramos como más propia para ellos: a veces, y no pocas veces, odiamos porque no sabemos escuchar a los demás. Nos cuesta aceptar esta conclusión. Es cuando podemos querer poner más la atención hacia aquellas otras razones –sociales, económicas, políticas o religiosas– que podrían justificar nuestra actitud. Cuando la cuestión es más doméstica, al parecer, simplemente dejamos de pensar en ello, y abandonamos la lucha por la paz.

Ser pacífico no incapacita para contestar frente a la injusticia, sobre todo cuando podemos indicar las razones por las que nos parece que una situación no es justa. Dar razones de nuestras diferencias no nos convierte en personas violentas, sobre todo cuando nos abrimos al diálogo. El hater –término usado en Internet pero que hace ya un tiempo ha trasvasado esos límites– es una persona que muestra una actitud de desprecio que le lleva a difamar o criticar destructivamente a sus semejantes, instituciones públicas o privadas, e ideas particulares, por motivos poco racionales, simplemente porque tales ideas no encajan con las suyas. La apertura al diálogo evita alguien pueda pertenecer a esta especie de “odiador” irracional. Pero eso implica saber escuchar a los demás, e intentar comprender las razones y circunstancias que llevan a cada persona a pensar de un modo diferente.

Este artículo fue publicado el 28 de febrero de 2017 en Posición.pe