Robert Spaemann: caballero de la concordia, inconforme de su tiempo, y defensor de la verdad

Hace unos días, el pasado 10 de diciembre, el filósofo Robert Spaemann dejó este mundo. Profesor en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich hasta su jubilación en 1992, fue doctorado honoris causa por la Universidad de Friburgo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Había trabajado también en las universidades de Stuttgart y Heidelberg donde se mostró como un caballero de la concordia y, a la vez, un inconforme de su tiempo por ser siempre un claro defensor de la verdad. Rasgos que, al parecer, fueron determinantes de su personalidad, y que se condensan en aquella frase de Goethe que tanto le gustaba: “quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 14 de diciembre de 2018 en Posición.pe

Posverdad y educación: sin claridad a lo que enfrentamos

El término posverdad tiene muy poco de haber entrado en nuestro lenguaje. Desde que en 2016 la palabra post-truth ingresó en el Oxford English Dictionary, su inclusión dentro de los diccionarios de diversas lenguas se ha ido propagando ininterrumpidamente. La palabra en cuestión hace referencia a aquellos sucesos que denotan experiencias en las que la apelación a los sentimientos y las creencias individuales son más importantes en la formación de la opinión pública, que los hechos reales.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 12 de diciembre de 2018 en La Industria

Tras la posverdad. Bienvenidos a la era de la posveracidad

El fenómeno de la posverdad viene siendo largamente comentado. Una muestra de ello es el reciente suplemento dominical del diario El Comercio. La publicación es buena, y lo que propone es interesante desde el punto de vista ético: hay que despertar y desarrollar el pensamiento crítico, porque estamos dejando de discernir lo verdadero de lo falso. Para quien quiera saber algo sobre mis propios análisis de esta cuestión le animo a que busque mi página personal: ethics.live.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 6 de diciembre de 2018 en Posición.pe

 

La determinación del objeto moral de nuestas acciones

La determinación del objeto de una acción moral no es tan sencilla como parece. Cuando hablamos aquí de “objeto” nos referimos al “objeto moral” de la acción, aquello que responde a la pregunta “¿qué haces?” o, en el caso que la acción ya haya finalizado “¿qué has hecho?”. Lo llamamos objeto de la acción porque esta dotado de una cierta objetividad. Es decir, es expresable en palabras y podemos decir lo que hemos hecho, siempre y cuando seamos sinceros con nosotros mismos y con los demás. Algunos objetos de las acciones son, por ejemplo: “ayudar a una persona invidente a cruzar la calle” u “ofrecer la propia comida a alguien que tiene hambre”. Otros son más sencillos en su descripción, como es el caso de “matar”.

La contraposición del objeto de las acciones es el sujeto de éstas, que no es otro que la persona que actúa. En efecto, el sujeto de la moralidad son siempre los actos libres, pero en el fondo esos actos libres remiten siempre a la persona que los lleva a cabo. La persona puede realizar infinidad de actos debido a la libertad que posee. Esto significa que sus acciones pueden ser innumerables, y por tanto, que también pueden ser muy diversos los objetos de esas acciones que realiza. De ahí que haya una cierta dificultad para poder definirlos verbalmente hasta que éstos ya hayan concluido. Por otro lado, debemos tener en cuenta las pasiones que pueden interferir en nuestros juicios, o la inadvertencia ante tantas tareas que tenemos entre manos, o una conciencia moralmente no muy fina o no muy bien formada, todo esto puede hacer que nos cueste entender, con cierta claridad, lo que podemos hacer, o incluso lo que queremos hacer.

Para que las acciones del sujeto sean consideradas como tales deben ser voluntarias, es decir, como dice Tomás de Aquino “la acción procede de un principio intrínseco y está acompañada por el conocimiento formal del fin” (Summa Theologiae I-II, q. 6, a. 1). Parece que es algo muy obvio: la acción debe ser querida y debo saber lo que hago. Pero es importante introducir todas estas nociones para comprender el objeto de la acción moral.

La voluntariedad es un dirigirse deliberado y consciente hacia el objeto; no basta que la persona “tenga conciencia” de lo que hace: se puede tener conciencia de alguna cosa que, sin embargo, no está organizada ni regulada por el sujeto que actúa (como es el caso del latido del corazón). La acción voluntaria es deliberada y consciente porque incluye en su íntima estructura un juicio intelectual que proyecta como bien la acción o aquello que a través de la acción se alcanza. Es un conocimiento racional inmerso en la voluntariedad, un tender juzgando. Por ello se dice que la voluntad es un apetito racional.

Por tanto, la voluntariedad juega un papel fundamental en la acción querida, es decir, en definir lo que quiero hacer, o lo que estoy haciendo, o lo que ya he terminado de hacer. Pero vamos a dar un paso más en estas nociones y vamos a llevar a cabo una pequeña distinción.

Actos voluntarios elícitos y actos voluntarios imperados

Se llaman elícitos los actos voluntarios realizados directamente por la voluntad (amor, odio, decidir una compra, etc.). La persona como centro espiritual toma posición ante un objeto (ama, odia, aprueba, elige, etc.). Los actos elícitos pueden referirse también a objetos que no están en su poder; así por ejemplo, se pueden amar u odiar las cualidades de otra persona, se puede desear que tenga éxito en sus actividades o que fracase, aunque no se haga nada para promover o dificultar estas cualidades, éxitos o fracasos. Pero con mucha frecuencia los actos elícitos proyectan o eligen acciones realizables o realizadas (se decide ir de vacaciones en una fecha específica, comprar algo, etc.), y aplican facultades operativas (las manos para conseguir algo) para realizar lo que se ha decidido hacer. A este tipo de actos que proceden de los actos elícitos y que requieren una cierta articulación operativa se les llama actos imperados de la voluntad.

La distinción que acabamos de introducir es de suma importancia. Los actos elícitos tienen una gran trascendencia en la vida moral, puesto que son el principio y el fundamento de los actos imperados. Además, es claro que cuando definimos lo que vamos a hacer –o lo que hacemos, o lo que hemos llevado a cabo–, tal definición o descripción debe implicar lo que queremos, o deseamos realizar, con esas acciones. Es decir, la descripción moral de las acciones debe captar, en la medida de lo posible, lo que anima al acto imperado: el acto elícito caracterizado esencialmente por la voluntad. En la descripción de un acto no se puede prescindir de la voluntariedad, porque ésta es el nivel básico de intencionalidad, constitutivo de la acción voluntaria imperada. Así, no es posible decir que lo elegido en nuestras acciones es “repartir bienes entre personas que no tienen suficientes recursos para vivir”, cuando en realidad lo que hemos hecho es “repartir los bienes de alguien más, sin su consentimiento, entre personas que no tienen suficientes recursos para vivir”, es decir, cuando hemos robado ese dinero. Por más que la descripción total de nuestros actos imperados implique que ese dinero es para tales personas necesitadas, hay un nivel básico de intencionalidad que podríamos estar saltándonos al no describir adecuadamente el acto imperado de robar, que además es un acto ilícito, o moralmente malo.

Por tanto, una de las grandes preguntas referidas a toda esta cuestión es: “¿Qué intención reflejan mis acciones?”. Técnicamente esta pregunta se podría definir de los siguientes modos: “¿Cómo se integran la descripción de las acciones y la voluntariedad?” o “¿qué actos elícitos de mi voluntad se reflejan a través de mis actos imperados?”. Para aclarar esto debemos hacer una apelación a otra distinción.

El objeto directo e indirecto de la voluntad

El objeto directo de la voluntad es el bien (real o aparente) presentado por la razón. Para el sujeto agente, una acción o lo que a través de ella se alcanza, puede tener la razón de bien en formas diversas: hay, por así decirlo, varias clases de bienes. Entre estas, el fin en su acepción más rigurosa es lo que se presenta como bien deseable en sí mismo, es decir, aquello que interesa en sí mismo y, por tanto, puede ser por sí mismo principio de actuación de la voluntad. Una vez conseguido el fin que ha dado origen a un acto de la voluntad, este acto voluntario termina. Fin es lo que se considera como bueno o apetecible en sí mismo, y es querido o realizado por sí mismo. El fin, por tanto, se presenta como fin honesto (por ser objetivamente bueno), y/o como fin deleitable (por la resonancia afectiva que provoca en nosotros).

Existe por último un tercer tipo de bien que no es un fin, pero se quiere en relación al fin y, por eso, entra en el objeto de la voluntad, aunque de modo secundario. Este tercer tipo de bien suele llamarse bien útil, aunque –según Tomás de Aquino– parece preferible llamarlo bien finalizado, o simplemente medio. Este bien, considerado formalmente en cuanto tal no es querido en sí mismo (ni como bien honesto, ni como bien deleitable), sino en cuanto está ordenado (finalizado) a la realización, o consecución, del fin: es querido en virtud de otro.

Entonces, ¿cuáles son los objetos queridos directa o indirectamente por la voluntad? En primer lugar, vamos a hablar del objetivo indirecto. Éste es una consecuencia de la acción (un efecto colateral del acto) que no interesa ni es querida de ningún modo, ni como fin ni como medio, pero es prevista y permitida en cuanto que está inevitablemente unida a lo que se quiere. Por ejemplo, una persona que se somete a una cura contra la leucemia y que, por efecto de su decisión de someterse a ese tratamiento, pierde el cabello. Claramente, en este caso, quedarse calvo es una consecuencia no deseada de la decisión de curarse.

Esto lo hemos observamos, de un modo superficial, cuando hemos hablado de algunos principios para acciones de las que se siguen efectos buenos y malos. En tal apartado indicamos, por ejemplo, que es posible que se sigan efectos malos de acciones buenas, y vimos bajo qué criterios se puede tolerar tales situaciones. Sin embargo, el punto que nos interesa aquí, de todo lo explicado, es que lo ponderado en aquella sección fueron siempre los “efectos”. Es decir, que tales males provenientes de acciones buenas, que se podrían tolerar, nunca pueden ser considerados como medios o como fines de las acciones. Por tanto, la querencia de los efectos no es la misma que la que se da para los medios o los fines, sino que es absolutamente indirecta. Si se diera otro caso, en que un aparente efecto es querido directamente, entonces ya no sería un efecto en realidad, y pasaría a tener la categoría moral de fin, o de medio. la diferencia parece sutil, pero es significativa, y esto se da más en el caso de los medios. Para estos últimos, que se les quiera en virtud de otra cosa (es decir que se les quiere para alcanzar un fin) no implica que se les quiera indirectamente. Al contrario, se quiere los medios directamente para alcanzar otra cosa, es decir, el fin.

Lo que acabamos de explicar es importante y complementario con la sección sobre algunos principios para acciones de las que se siguen efectos buenos y malos debido, entre otras cosas, a que si no diferenciamos bien entre un medio, un fin y un efecto, no podremos aplicar adecuadamente los criterios descritos en esa sección del temario. Además, hay que indicar que no podemos engañarnos y pensar que el mal moral que podemos querer como medio, o como fin, en una acción es algo simplemente tolerado, cuando en realidad configura directamente nuestro querer.

Estructura discursiva del obrar y las fuentes de la moralidad

Todo lo indicado hasta este punto nos sirve ahora para poder hablar con rigor del objeto moral, y su importancia. Para empezar, debemos indicar que el obrar voluntario tiene una estructura discursiva.

Estructura discursiva del obrar voluntario

Existen diversos niveles de actuación en la voluntad. Según Tomás de Aquino, a la primera aprensión de un fin se sigue la complacencia de la voluntad que se llama amor. Después hay un juicio que valora la posiblidad y el modo de alcanzar el fin, al cual puede seguir una firme decisión de conseguirlo por medio de ciertas acciones: esta decisión se llama intención. Movida por la intención, la inteligencia delibera acerca de los medios (acción finalizada) idóneos para conseguir o realizar este fin, a los cuales la voluntad puede dar o no su consentimiento. Luego hay que establecer, entre las posibles acciones, cuáles son las más apropiadas y cuáles se pueden poner en práctica inmediatamente (juicio de elección), y se toma entonces la decisión interior de obrar de tal manera (elección). Cuando se ha decidido lo que se hará, aquí y ahora, es preciso organizar y coordinar la actividad de las diversas facultades operativas (imperio racional), y de acuerdo con este plan la voluntad mueve las otras facultades (uso activo de la voluntad y uso pasivo de las otras facultades). Siguen la consecución del fin y el gozo del fin poseído.

La primera aprensión, el amor, la intencion y el juicio que la precede, como el gozo y la fruición final son actos que tienen como objeto el fin, es decir, lo que es deseable en sí y por sí mismo y, entre tales actos, el amor, la intención y la fruición son actos elícitos de la voluntad. El consentimiento, la elección y el uso activo son también actos elícitos de la voluntad, pero que tienen como objeto las acciones ordenadas al fin.

De todos estos actos, en la ética se presta especial atención a elección y la intención. Desde un punto de vista clásico, se entiende por intención un acto de la voluntad que consiste en el querer eficaz de un fin (algo apetecible en sí y por sí) que, en su realidad fáctica, está distante de nosotros, de modo que no resulta inmediatamente realizable o alcanzable, sino que se logra mediante una serie de acciones finalizadas a él. Tal fin es el objeto de la intención, que tradicionalmente se ha llamado “finis operantis”. Es decir, el fin por el que se realizan las acciones que son sus medios para alcanzarlo.

Por otro lado, la elección es el acto elícito de la voluntad que tiene por objeto la acción inmediatamente realizable en vista del fin deseado. El objeto de la elección es, por tanto, la acción finalizada que inmediatamente puedo ejecutar o no ejecutar, realizar de una manera u otra. La elección presupone varios actos de la inteligencia: al menos la deliberación y el juicio práctico, y supone también el acto de intención. El objeto de la deliberación y de la elección no puede ser un fin, pues deliberar sobre un bien y elegirlo significa orientarlo a otro, y por tanto significa considerarlo como bien finalizado (medio).

Las fuentes de la moralidad

La moralidad de los actos humanos depende de tres elementos, que son constitutivos:

  1. “El objeto elegido”: es decir, de la elección.
  2. “El fin que se busca”: es decir, de la intención.
  3. “Las circunstancias de la acción”, que explicaremos en este apartado.

La pregunta fundamental que surge es: ¿Cuál es el indicador de la moralidad de la acción, el objeto elegido (elección), o el fin que se busca (intención)? El acto de la voluntad se especifica fundamentalmente por el objeto (por el fin o el bien) al que tiende directamente ese acto. El objeto elegido confiere la especie a la elección (la hace ser un tipo de elección y no otro); el objeto (fin o bien) de la intención confiere la especie al acto del consentimiento. Esto se debe a lo indicado con aterioridad. El objeto de la voluntad se da en dos niveles, como hemos visto, porque puede ser querido en sí mismo (fin), o querido por otro (medios). También hemos observado que los medios son acciones finalizadas, por tanto representan verdaderos objetos de la voluntad analizables moralmente por sí mismos. En ese sentido, la intención (finis operantis) es un objeto propio del fin del agente, el cual no se encuentra desgajado de la elección (finis operis) que es un fin del acto realizado.

Cuando estos principios se aplican a una acción sencilla no se plantean problemas particulares: la elección tiende normalmente al acto imperado (por ejemplo, robar un coche) y, por tanto, resulta específicada por él (elección de robar, robo). Sin embargo, en acciones más complejas, donde se presentan simultáneamente diversos bienes, puede surgir la duda sobre que elementos entran en la esencia del acto imperado, y que, por ende, deben considerarse el objeto que especifíca moralmente la elección. Este es el caso de “repartir una parte de los propios bienes entre personas que no tienen suficientes recursos para vivir” que tiene como consecuencia “retrasar el pago de una deuda que se tiene con un colega”. En este caso, si el fin de la persona es “retrasar el pago de una deuda que se tiene con un colega”, de un modo voluntario, entonces no podemos decir que sea querido indirectamente. Por tanto, “repartir una parte de los propios bienes entre personas que no tienen suficientes recursos para vivir” es un medio (finis operis), es querido en virtud del fin (finis operantis), que es “retrasar el pago de una deuda que se tiene con un colega”. La gravedad de la acción dependerá de lo que signifique el retraso del pago de esa deuda para las personas implicadas. Lo que está claro es que debemos prestar atención a nuestras intenciones y elecciones para poder dar cuenta del objeto de nuestras acciones y los fines que buscamos con ellas.

Para finalizar, puede ser interesante revisar los siguientes dos artículos que vinculan lo revisado sobre las fuentes de la moralidad con dos temas muy actuales.

  • El primero habla sobre cómo puede actuar, en conciencia, un parlamentario cuya postura moral va en contra del aborto en una situación complicada: la posibilidad de votar a favor de una ley más restrictiva, en un país en donde la práctica del aborto esté legalmente extendida.
  • Por otro lado, el segundo artículo nos explica cómo se debe evaluar correctamente -en función del objeto de la acción y no de las consecuencias- la situación del uso preventivo de anticonceptivos en caso de amenaza de estupro.

 

Parlamentario ante ley injusta:

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Versión en PDF: Parlamentario católico ante ley injusta

 

Sobre el uso preventivo de anticonceptivos en caso de amenaza de estupro:

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Versión en PDF: Uso preventivo de anticonceptivos en caso de amenaza de estupro

Alfie Evans. Cuando la tiranía decide cómo y cuándo se debe morir

Los que amamos la vida humana estamos conmocionados por el caso de Alfie Evans, ocurrido hace pocos días en Inglaterra. Alfie era un niño de Liverpool, tenía casi dos años de edad, y sus padres –Kate James y Tom Evans– habían notado desde los primeros meses que su hijo sufría de unos síntomas preocupantes. Acudieron a los médicos para que se le hiciese una serie de pruebas, las cuales no pudieron ser concluyentes sobre qué le ocurría.

El tiempo iba pasando y Alfie empeoraba hasta el punto de verse sometido a complejos cuidados que incluían un respirador artificial, y soporte para suministrarle alimento e hidratación. Para entonces estaba claro que el niño sufría alguna clase de enfermedad neurodegenerativa que podría acabar con su vida en cualquier momento. Los médicos, del Alder Hey Hospital en Liverpool, afirmaron a los padres que ya no podían hacer nada más por su hijo.

Al parecer el cerebro del niño estaba tan comprometido que jamás podría ver, oír o comunicarse. También que era muy poco probable que éste pudiera conocer algo de su entorno. La descripción arrojaba un resultado medianamente claro: Alfie se encontraba en un estado “semivegetativo”. La enfermedad seguiría su curso, la degeneración cerebral le quitaría la vida, pero él aún no estaba muerto.

Los padres de Alfie, como cualquier padre que ama a sus hijos, no quisieron conformarse con esta sentencia. Era claro que en el Alder Hey Hospital no podrían encontrar una salida, pero ¿por qué no buscarla en otro lado? Fue entonces cuando requirieron llevarse al niño a Roma, al Hospital Pediátrico Bambino Gesù. Para su sorpresa, la solicitud del traslado de su propio hijo fuera del hospital inglés fue denegada.

Los esfuerzos de los padres de Alfie por intentar cualquier cosa –alguna posibilidad que fuera diferente al Alder Hey Hospital de Liverpool– fueron vanos. Entre tales tentativas estuvo el viaje de Tom a Roma para suplicar al Papa que pudiera hacer algo por su hijo. Francisco, después de escucharlo, indicó que se encontraba conmovido por las oraciones y la amplia solidaridad en favor del pequeño Alfie Evans, e hizo un llamamiento para que se escuche el sufrimiento de sus padres y se cumpla su deseo de intentar nuevos tratamientos. Alfie obtuvo la nacionalidad italiana.

Los especialistas del Hospital Pediátrico Bambino Gesù estaban dispuestos a trasladar al niño desde Liverpool hasta Roma sin costo alguno para la seguridad social británica. En todo caso, si el tratamiento en el hospital italiano no tenía éxito, se contaba aun con la posibilidad de un traslado a Múnich.

Pero ni con todo esto se pudo superar e veredicto de muerte de los jueces Anthony Hayden y Eleanor King. Ésta última expuso que el abogado de la familia no había podido demostrar que el traslado pudiese ser razonable. Alegó, además, que habría una serie de dificultades que la familia Evans no había contemplado derivados del hecho de permanecer en tales países sin familiares que les pudieran atender. Por su parte, Hayden indicó que su fallo negativo representaba el capitulo final en la vida Alfie.

Para los jueces la ley justificaba anular cualquier intento de los padres por buscar una alternativa. Sentenciaron, respaldando al sistema nacional de salud, que morir era lo mejor para el niño, sin intentar los tratamientos ofrecidos, libres de costo para la sanidad pública. Lo que siguió fue terrible. Aunque las narraciones de los últimos días de vida de Alfie tienen diversos orígenes, es posible armar una cierta cronología que, además, desvela ciertas irregularidades médicas.

Alfie fue “desconectado” totalmente. Le detectaron una infección pulmonar que los médicos no intentaron curar. Supusieron que moriría en minutos. No fue así. Pasó varias horas de agonía. El padre pidió, visto lo ocurrido, que le fueran devueltos a Alfie todos los suplementos vitales. Se conectó nuevamente la criatura a la alimentación e hidratación, pero después de 36 horas. Los médicos no accedieron a incorporar nuevamente el respirador artificial. Se le administró el oxigeno necesario para su respiración autónoma, varias horas después de todo esto. Por este motivo, el padre intentó, en algún momento, llevar oxigeno a su hijo. El hospital no lo permitió. Doloroso y perturbador final justificado en la sentencia de jueces que, interpretando la ley, estimaron que esto era lo mejor para el niño.

Algunas fuentes inglesas hablan del padre dando respiración boca a boca a Alfie, desesperado por mantenerlo vivo en los peores momentos de esta agonía. Por otro lado, medios italianos indican que a las dos de la mañana del 28 de abril, cuando la saturación de oxigeno de Alfie parecía buena y estable, se le suministraron unos medicamentos. Media hora después el niño moría.

Hay tanto para discutir sobre la muerte de Alfie que no es posible manifestarlo todo ahora. Espero poder decir algo más en otro artículo. Sin embargo, creo que muchos comparten conmigo el dolor por una muerte que desprende olores a injusticia, sobre todo cuando se impone por la fuerza un criterio tiránico que determina el modo como debe morir un ser humano.

Algunos podrán afirmar que hay cientos de niños que mueren todos los días, o que la cantidad de recursos para salvar a éste en particular, en comparación a otros, parece desmedida. Quienes razonan así no han entendido el fondo del asunto. Se ha dictado el destino final de la vida de un niño sin el consentimiento de sus progenitores, y lo ha hecho un Estado, decidiendo dónde y cómo debía morir. Si el deseo de sus padres era intentar que viviese, o que muriese, en otro lugar, con otros tratamientos, en un ambiente que les parecía más propicio, tomando ciertos riesgos –que al parecer también eran asumidos por el hospital italiano– ¿por qué no permitírselo? ¿por qué no dejar que lo intenten? Ha triunfado la tiranía, y nos ha dejado con el amargo sabor de que, cuando menos, la libertad humana ha sido nuevamente derrotada.

Una versión de este artículo fue publicada el 3 de mayo de 2018 en Posición.pe

 

Contra el individualismo: educar en la verdad

Educar es una cuestión que requiere mucha seriedad y una gran cuota de sentido del humor. Lo primero es importante porque el destino de los pueblos –de los nuestros– se juega en tal actividad. De la educación de las generaciones presentes depende el futuro de la sociedad. La educación se dirige a individuos que deben ser conscientes de la irrenunciable responsabilidad que implica vivir con los demás. Por esto, el individualismo que propugna una libertad sin compromisos lo único que hace es aniquilar el destino de un pueblo. La cuota de buen humor es necesaria para que semejante compromiso educativo no aplaste a aquellos que persistimos en esta tarea.

Para el individualismo la libertad debe ser absoluta, o cuando menos debe tender a esa absolutización, tratando de borrar los límites que impiden que los deseos individuales alcancen lo que apetecen. Para el individualismo, todos los deseos, cualesquiera y de cualquier persona, tienen el mismo valor. Ninguno es más cierto que el otro. Propone, de este modo, una igualdad de los deseos sobre la que se debe decidir social y políticamente. Con esto, el individualismo nos reduce sólo a deseos, y socaba la humanidad. Nos deja a merced de nuestras apetencias, esperando que las leyes impuestas nos fuercen a vivir en paz. Equilibrio sumamente frágil que en la práctica termina convirtiéndose en violencia que busca que unos deseos prevalezcan sobre otros.

La ingenua utopía individualista pierde de vista que, tal como ha expresado el filósofo Simon Blackburn,  “los mapas pueden trazarse de muchísimas maneras, pero ninguno induce a delegar toda la autoridad sobre lo que significa en la variada subjetividad de sus diferentes usuarios”. Es claro que requerimos de dos cosas: la autoridad de nuestras decisiones y los mapas de nuestra naturaleza. El hombre no es solo un animal que se deja llevar por sus impulsos, trasciende su mundo inmediato, busca la verdad porque puede pensar más allá de ellos.

El pilar de la educación es –o debería ser– la búsqueda de la verdad. No hacerlo es la peor deshumanización. Educar en la verdad es enseñar al ser humano quién es en realidad, a fijarse en su naturaleza, y a buscar en ella quién es. Pero no a todos gusta la verdad, y otros quieren eliminarla pensando que ya la poseen. El sofista no cree en la verdad, pero piensa que ya la posee.  Cree tener la más absurda de las “verdades”: no hay verdad.

Los sofistas griegos tal vez alcanzaron cierto dominio sobre sus semejantes, pero no consiguieron un gran aporte para la humanidad. No educaron en absoluto. Pero fue su actitud la que produjo el arrebato de Sócrates para evidenciar sus errores, derribar sus mitos, y superar los viejos cuentos de brujas que hacen que la gente se sume en el miedo, en la inmovilidad.

Necesitamos más personas como Sócrates, ya que no hemos superado la era de los mitos, de los cuentos que pretendían oscurecer el pasado, debilitando el presente y conduciendo hacia un futuro lleno de promesas, que lamentablemente no tienen sustento. Tenemos nuevas fábulas contemporáneas: el mito de que las ciencias representan el bálsamo de la humanidad, como si se bastaran ellas mismas para dar al hombre la superación de sus limitaciones. ¿Podrán las ciencias, y sólo ellas con sus métodos, enseñarnos lo que es justo, a amar de verdad, a ser honrados y dar la vida por el prójimo? Al convertirlas en el nuevo mito, no hacemos más que volverlas el nuevo opio del pueblo, que somete su pensamiento a una falsa esperanza de alcanzar una mejor sociedad con ellas.

También tenemos el mito de la igualdad absoluta, que intenta eliminar toda diferencia, desfigurando el sentido de identidad que en realidad procede de la naturaleza que nos permite actuar por el bien común. ¿Podrá la idea de igualdad absoluta darnos una esperanza de dejar nuestra propia huella en este mundo? Si lo que cuenta es que somos iguales, y nuestras opiniones tienen el mismo valor ¿por qué molesta tanto que mi opinión sea que somos diferentes y que esa diferencia se asienta en una naturaleza común? Si la igualdad lo es en todos los sentidos sin excepción, entonces no tiene sentido dialogar, porque la verdad ya estaría dicha de antemano, y sería que no es posible conversar sobre nuestras diferencias. Habría sólo que aceptarlas sin pensar en ellas. Sería el imperio de la sinrazón.

Finalmente, está el ya comentado mito sofista de la no existencia de la verdad que te dice ríndete a lo que ves y no lo pienses. Los sofistas surgieron antes y ahora también los encontramos. Los contrarrestarán los nuevos “Sócrates” que precisamente se concentran en meditar sobre el presente, sobre la realidad, sobre sus fundamentos, sobre la naturaleza humana. Nuevos “Sócrates” que, amparados en el sentido del humor que requiere la labor de educadores, se ríen de las contradicciones tan absurdas de los nuevos mitos contemporáneos, nuevas superestructuras del pensamiento que agostan la vida.

La persona para alcanzar la verdad no puede simplemente conocerla, debe identificarse con ella, debe comprometerse y dejar que ella informe su existencia. Eso es educar en la verdad, y ser educado por ella. El dialogo racional es el ámbito donde nace y se desarrolla la sabiduría, donde existe un intercambio de pareceres y opiniones en la búsqueda de la verdad.

La verdad, además, impulsa a actuar, porque el diálogo ilumina nuevas metas a las que podemos tender todos juntos en sociedad. Educar en la verdad lleva a convertirse en el testigo de ella, dar testimonio de su importancia, porque ésta provoca el pensamiento de los demás, es un incentivo a preguntarse por las cosas. No temamos cuestionar los mitos contemporáneos del individualismo, y contrarrestemos el nuevo sofismo con el buen humor, y la sana sonrisa, que nos proporciona el deseo de buscar la verdad, y educar en ella.

Este artículo fue publicado el 3 de enero de 2018 en Posición.pe

Verdad y política: La posverdad, un año despúes

Hace poco más de un año Oxford Dictionaries introdujo el término post-truth, al declararlo “Palabra del año 2016”. Su aceptación se debió a su gran uso público durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Al poco tiempo, la Sociedad de la Lengua Alemana declaró postfaktisch como la palabra de ese mismo año.

El significado de post-truth se refiere a algo que denota unas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones y creencias personales. Bajo estos términos, quien desee influir en la opinión pública deberá concentrar sus esfuerzos en la elaboración de discursos fáciles de aceptar, insistir en lo que puede satisfacer los sentimientos y creencias de su audiencia, más que en los hechos reales.

En la actualidad, la presencia del término post-vérité en el diccionario francés Le Robert illustré no nos puede extrañar. Tampoco nos debe impresionar que la Real Academia de la Lengua Española haya cedido, finalmente, a hacer lo mismo con la palabra posverdad, después de su gran uso en los medios de comunicación.

Los hechos relacionados con la posverdad han despertado, a lo largo de este año, una mezcla de interés e indignación a través de miles de artículos en la prensa. La época que vivimos ha sido catalogada por muchos analistas como la era de la posverdad, no por los galardones de esta palabra, sino porque parecía que, súbitamente, el mundo había despertado para darse cuenta de la existencia del engaño político.

En algunos artículos –como “El año de la posverdad” en este mismo medio– he apuntado hacia la responsabilidad que tenemos por lo que ocurre. Mientras que en otros –como en las dos partes de “Instruir para la deshumanización y la intolerancia”– he intentado identificar las ideologías que hay detrás de este asunto.

En el plano personal nos quejamos de que nos engañen, pero no pocas veces dejamos de prestar atención a lo que hacemos con las palabras que pronunciamos, los correos que escribimos, o los mensajes de Instagram, Facebook y Twitter que propagamos, etc.

Manipulamos todas estas cosas a nuestro antojo. Sien embargo, no hay fin que justifique una mentira, como tampoco le debemos la verdad al primero que se nos acerque. En esta oportunidad, después de lo escrito, me parece importante recalcar que el uso político del término posverdad: la post-truth politics o “política de la posverdad”.

Los problemas que tenemos en la asociación entre la verdad y la política son viejos como la humanidad misma. Derivan de la idea antes indicada sobre la responsabilidad. Pero, los escenarios políticos que transmite la prensa, en cualquier lugar del mundo, pueden hacernos recordar lo que Nicolás Maquiavelo escribió: “Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad, que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”.

Para el pensador italiano el secreto del gobernante estaba en su capacidad de engaño. Es decir, en faltar a la verdad como fruto de aparentar unas virtudes que no se tienen. El líder maquiavélico ofrece una imagen apta para ser aceptada, pero que puede ser contraria a la realidad.

El “político de la posverdad” está hecho bajo un molde maquiavélico. A éste no le importa la negación de los hechos o de la evidencia. Sin la menor precaución ni decencia defiende contradicciones en conferencias de prensa y comparecencias públicas. Sólo le importa mantener el poder.

Pero la apariencia no es suficiente. Para el maquiavelismo el engaño no es posible sin otros dos componentes. El primero es saber tocar con exactitud las teclas de la necesidad del pueblo. Es decir, conocer sus deseos, adelantarse a ellos y, en base a tal información, poder dirigirlos a su antojo. En nuestro mundo actual, con la información que hemos puesto a disposición en Internet, esto no es tan difícil.

El otro componente maquiavélico es más complicado, y va más al fondo de la cuestión sobre la verdad. Para tener poder no sólo hay que saber tocar las teclas de las necesidades del pueblo. También hay que saber forjarlas. Esta tarea implica volver a la gente incapaz de expresar deseos elaborados, complejos, o de cierta categoría intelectual. El pueblo sujeto a unas cuantas necesidades básicas es fácil de dominar. Pan y circo se diría en otros tiempos.

En nuestros días, la tarea de mantener a la sociedad bajo los efectos del maquiavelismo está relacionada con los medios de entretenimiento. Un interesante ejemplo de esto se observa en el documental “Les Bleus. Une autre histoire de France”, de Pascal Blanchard, que muestra cómo la selección francesa de fútbol fue utilizada como pantalla política entre 1996 y 2016. La algarabía de los mejores años de esta selección llevaron al olvido de los graves problemas que aquejaba la sociedad francesa, y que han agravado el actual drama del terrorismo. Los modos de evadir la realidad, siempre han llevado a complicar la búsqueda de la verdad, para luego decir que ésta no existe, o que no puede ser conocida.

La expulsión de la verdad del discurso político es parte de todo proyecto maquiavélico de manipulación. Éste sólo puede ser contrarrestado con una educación que instruya en la búsqueda de la verdad, evitando que se enseñe que ésta no puede ser alcanzada.

El escepticismo ha tomado múltiples formas en la historia. Desde estar asociada con el progresismo de tendencia izquierdista, que percibe paranoicamente estructuras de opresión por doquier; hasta relacionarse con las burdas herramientas de propaganda de populistas, y de demagogos de derecha.

La conclusión, ante esta amplitud de posturas en contra de la verdad, es que ésta no se casa con nadie. Quien no la pretenda, la apartará de su programa político, y ya no la tendrá nunca más para sí. Basta que la desprestigie como un instrumento del poder ajeno para que la verdad lo deje en la peor indigencia intelectual.

Este artículo fue publicado el 4 de diciembre de 2017 en Posición.pe