Comunicación y posverdad: raíces epistemológicas y consecuencias éticas de un fenómeno mediático

La posverdad es un fenómeno referido a la tergiversación de la verdad en los medios de comunicación, especialmente por la proliferación de noticias falsas. Su introducción en el diccionario de Oxford se debió a su gran uso público, a través de las redes sociales, durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. En las líneas del artículo, he definido, en primer lugar, los principales elementos de este fenómeno, a través de hechos y análisis mediáticos relevantes en el momento de su aparición. Explico que la tendencia ha sido equiparar la posverdad con la mentira, esto es, con decir algo que no es cierto con intención de engañar. Por tanto, se ha entendido la posverdad como un fenómeno cuyo único componente es la tergiversación plenamente deliberada de la verdad por parte de determinados sujetos que componen la comunidad. Sin embargo, planteo una ampliación del marco epistemológico para el análisis de este asunto con la introducción del concepto de charlatanería, sin el cual no es posible entender la intrínseca complejidad de la posverdad, y su repercusión en una comunidad de personas. Uso este concepto en la forma que el filósofo Harry Frankfurt lo expone en su obra Sobre la charlatanería (2013). En ella indica que el charlatán no requiere una excesiva deliberación para comunicar falsedades, y que lo hace sin la intención de mentir. La charlatanería sería especialmente perniciosa porque propiciaría la propagación de falsedades con un mínimo de conciencia sobre la responsabilidad de lo que se lleva a cabo con tales actos.

En la segunda parte, me he concentrado en responder a la cuestión sobre si la gravedad de su principal consecuencia ética, como es el caso de una cierta desconfianza vital frente a diferentes clases de discurso, puede ser comprendida sin el concepto de charlatanería. Sugiero que un marco epistemológico excesivamente teórico de la vida práctica lo impide. Esto se debe a una relativización del valor de la verdad, por efecto de a una interpretación individualista y pragmática de la vida. La causa de esto, según mi punto de vista, es el enfrentamiento de posturas posmodernas sobre el conocimiento y la libertad, contra teorías modernas, como la de Thomas Hobbes, sobre la conformación de una comunidad política. Este filósofo estima que la forma de establecer la paz en un conjunto de individuos es por medio de un contrato social que estipule la renuncia a la satisfacción de los deseos de los seres humanos. Tal contrato debe ser garantizado incluso a través del miedo, puesto que el ser humano no es por naturaleza un ser social. Teorías posmodernas como las de Lyotard y Foucault se enfrentarían a esta idea de conformación de la sociedad convirtiéndola en una mera interpretación al servicio de un poder, llevando a la relativización de todo discurso, que estaría al servicio de los fines de unos cuantos sujetos, de los que habría que desconfiar. En contraste, en la segunda ampliación epistemológica para el análisis de la posverdad, la propuesta de Aristóteles afirma que la justicia natural y la amistad son los pilares de una comunidad, y que sin estos no es posible el asentamiento de una sociedad. Tales cimientos sociales no pueden ser forjados, ni garantizados, por un contrato, por normas, o por meras relaciones de conveniencia, sino a través del cultivo de las potencias del ser humano como un ser que es, por naturaleza, social, dotado de palabra para comunicarse.

Finalmente, en la tercera parte, a modo de conclusión, presento un esbozo sobre cómo la idea clásica de verdad práctica, en un marco racional ampliado para el análisis de la posverdad, tiene como consecuencia un uso coherente del término ético de honestidad. La verdad práctica, tal como la explica Aristóteles en la Ética a Nicómaco, requiere de un ajuste entre medios y fines que no es exclusivamente instrumental, sino que puede estar implicado en el contexto de la deliberación de los fines que llevan a la felicidad. Ésta, según el filósofo griego, requiere, entre sus componentes de la amistad cuyo grado más alto es la que se da entre los seres virtuosos, esto es, entre personas honestas. Por tanto, ayudar a una persona a que lleve a cabo una adecuada reflexión sobre los fines que pueden conducirle en cierta forma a la felicidad, en el contexto deliberativo de la amistad, es un medio para superar el individualismo y el relativismo que provoca fenómenos como la posverdad. La finalidad de este último desarrollo conceptual, en este artículo, es establecer un punto de partida conceptual para la superación de este tipo de problemas sociales.

El artículo será publicado en las Actas del III Congreso Razón Abierta, llevado a cabo en la Universidad Francisco de Vitoria entre el 19 y 21 de septiembre de 2019. Puedes leer la ponencia aquí.

Happycracia. La ilusión de las ciencias de la felicidad

León Tolstoi escribió, en el inicio de su novela Ana Karenina, que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Este principio de la novela fue utilizado años después por el científico Jared Diamond que intentó servirse de la frase de Tolstoi para explicar su idea de que un fallo en los factores que integran un evento podría llevarlo al fracaso. La idea de fondo de Diamond, expresada en su libro Armas, gérmenes y acero, es que, para llevar a cabo una empresa con éxito, lo importante es minimizar cualquier posible deficiencia del sistema.

La interpretación final de la frase de Tolstoi, desde el prisma de la teoría de Diamond, es que, para ser feliz, las familias deben alcanzar un control óptimo sobre los diversos factores que la componen: economía, educación de los hijos, relaciones conyugales, etc.; y, por tanto, que un solo fallo en esos factores llevaría a la infelicidad. La consecuencia teórica sería que los modos de alcanzar la felicidad son más bien pocos en comparación con las múltiples maneras de ser infeliz, o de fracasar en la tarea de toda la vida. Lo importante sería controlar los factores que componen el sistema que, en este caso, debería estar diseñado para ser feliz. 

Desde este punto de vista, la felicidad sería un objetivo que está al alcance de todos aquellos que pueden dominar una técnica: la que perfeccione la conjunción de ciertos elementos económicos, físicos y psíquicos, de tal manera que el resultado sea ser feliz en la vida. Este es, por tanto, un intento de formular una “ciencia de la felicidad”. La denuncia de propuestas como ésta, que reducen la tarea de la búsqueda de la felicidad a la funcionalidad de unos cuantos aspectos vitales, es el objeto del libro Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, de Edgar Cabanas y Eva Illouz. La obra es interesante, con abundantes citas y referencias que respaldan sus propuestas. Además, brinda la oportunidad de hablar de aquel deseo fundamental de todo ser humano de ser feliz.

Puedes seguir leyendo el resto del artículo publicado el 03 de junio de 2019, en la Revista Palabra, o a través de este enlace: Happycracia. La ilusión de las ciencias de la felicidad.

La ética en el centro de lo que hacemos. Una apuesta por la confianza de la sociedad.

La ética se ha vuelto cada vez más importante en las empresas, instituciones y corporaciones de cualquier tipo. Según las últimas tendencias del año 2019, referidas a reputación y gestión de intangibles, la ciudadanía exige cada vez más empresas comprometidas con la sociedad. La ética y la transparencia han cobrado una especial relevancia.

Un dato significativo es que estos factores -ética y transparencia- han alcanzado un 93% de importancia y preocupación en una reciente encuesta a ejecutivos de empresas, miembros de Corporate Excellence y socios Dircom de España. Además, según los resultados del Barómetro de la Confianza de Edelman 2019, el 76% de la población cree que el CEO o director ejecutivo debe liderar el cambio en la sociedad.

Puedes seguir leyendo el resto del artículo publicado el 01 de mayo de 2019, en la Revista Imagen y Comunicación N°76, o también en PDF aquí.

The era of post-truth, post-veracity, ​and charlatanism

Many Spanish journalists and political analysts categorized 2016 as the posverdad year. This word is a translation of post-truth, word of the year in 2016 according to Oxford Dictionaries. Its meaning refers to something that denotes circumstances in which objective facts are not as influential, in terms of forming public opinion, as an appeal to personal emotions and beliefs. Therefore whoever wishes to influence public opinion should concentrate on the creation of discourse that is easy to accept, and place an emphasis on what will satisfy the emotions and beliefs of the audience, instead of real facts.

You can read the rest of the article published on April 23, 2019, in +1. The magazine of the UIC Barcelona

L’era de la postveritat, la postveracitat i el xarlatanisme

L’any 2016 va ser catalogat per molts periodistes i analistes polítics com l’any de la postveritat. Aquest terme és la traducció de post-truth, triada paraula d’aquell any per Oxford Dictionaries. El seu significat es refereix a alguna cosa que denota unes circumstàncies en què els fets objectius són menys influents, en la formació de l’opinió pública, que no pas l’apel·lació a les emocions i creences personals. Amb aquests termes, qui vulgui influir en l’opinió pública haurà de concentrar els esforços a elaborar discursos fàcils d’acceptar, insistir en el que pot satisfer els sentiments i creences de l’audiència, més que no pas en els fets reals.

Pots llegir la resta de l’article publicat el 21 de febrer de 2019 a +1. Revista de la UIC Barcelona

La era de la posverdad, la posveracidad y la charlatanería

El año 2016 fue catalogado por muchos periodistas y analistas políticos como el año de la posverdad. Este término es la traducción de post-truth, elegida palabra de ese año por Oxford Dictionaries. Su significado se refiere a algo que denota unas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones y creencias personales. Bajo estos términos, quien desee influir en la opinión pública deberá concentrar sus esfuerzos en la elaboración de discursos fáciles de aceptar, insistir en lo que puede satisfacer los sentimientos y creencias de su audiencia, más que en los hechos reales.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 21 de febrero de 2019 en +1. La revista de la UIC Barcelona

Ser una mejor versión de ti

Amar tiene que ver con qué esperamos de los demás. Aristóteles definió tres tipos de amistad: la amistad útil, la amistad por placer y la amistad honesta. Si nos quedamos con la primera, habremos limitado nuestra capacidad de poder responder a los demás. La segunda no trasciende, se queda en lo inmediato; cuando ya no disfrutamos con esa persona, se rompe la amistad y quedamos aislados. En estos dos casos no aprendo a amar porque las amistades honestas son las que trascienden. El juego de la amistad honesta es dar sin esperar nada a cambio, es acercarnos a esa persona que no sabe amar para que aprenda y esperar a que un día pueda amar dentro de un esquema de completa entrega a los demás. Esto no es común en nuestra sociedad. El amor más honesto podría ser el de las madres, ya que el hijo pequeño no sabe cómo amar, es puro deseo; pero ellas ofrecen todo su ser. Ellas son el paradigma de la amistad honesta.

Este extracto es parte de una entrevista publicada en Alquimia. Revista Líder empresarial  el 14 de febrero de 2019.

Robert Spaemann: caballero de la concordia, inconforme de su tiempo, y defensor de la verdad

Hace unos días, el pasado 10 de diciembre, el filósofo Robert Spaemann dejó este mundo. Profesor en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich hasta su jubilación en 1992, fue doctorado honoris causa por la Universidad de Friburgo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Había trabajado también en las universidades de Stuttgart y Heidelberg donde se mostró como un caballero de la concordia y, a la vez, un inconforme de su tiempo por ser siempre un claro defensor de la verdad. Rasgos que, al parecer, fueron determinantes de su personalidad, y que se condensan en aquella frase de Goethe que tanto le gustaba: “quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”.

Si echamos una mirada a su propia autobiografía, publicada en español hace tan solo cuatro años, podemos confirmar las características antes mencionadas de este gran pensador católico. Desde los diecisiete años, habiendo realizado sus propias indagaciones sobre lo que ocurría con el pueblo judío al este de Alemania, se enfrentó más de una vez al deseo de muchos de sus mayores de no querer saber nada sobre aquel holocausto. Tal vez porque aquellos profesores no querían ver comprometidas sus consciencias con la realidad. Incluso, a esa misma edad, aún teniendo que rendir el servicio militar obligatorio al servicio del Tercer Reich, prefirió arriesgar la vida provocándose una enfermedad, antes que rendir juramento a la bandera nazi. Claramente Spaemann había nacido para ser un inconforme con las ideas de su tiempo.

Tal era su inconformidad que, muchos años después, consciente de que el discurso sobre los valores de una sociedad puede convertirse en una tiranía, escribirá: “el Tercer Reich se autoproclamó una comunidad de valores. También los comunistas. Habría que reflexionar igualmente sobre el hecho de que se exija a los ciudadanos el reconocimiento de nuestro orden de valores (…). En qué consiste eso de nuestros valores es algo en sí mismo ambiguo, pese a que cada vez es mayor la presión amenazante de lo políticamente correcto”. Porque para Spaemann, hablar de unos valores establecidos, que debían ser respetados por el simple hecho de estar presentes en la vida social, no era suficiente para dar cuenta de la realidad humana.

El respeto de lo políticamente correcto sin más justificación que el deseo de muchos de no contristar con los demás, en desmedro de la verdad, no estuvo nunca entre los principios vitales de este profesor de filosofía. Sin embargo, y en contra de lo que alguno pudiera pensar hasta este momento, Robert Spaemann era un caballero de la concordia, detalle de su carácter que no podrá entenderse jamás sin su inconformidad y pasión por la verdad. Porque sólo los conformistas piensan que para ser cordial hay que dejar de hablar, fuerte y claro, sobre lo que es verdadero.

El arribo de Spaemann a Stuttgart no pudo estar más cargado de contrariedad. Llegaba para reemplazar en la cátedra a un profesor, Max Bense. Éste enseñaba ideas contrarias a los principios de la Universidad en la que trabajaba y, por tanto, también enfrentadas a las ideas de Spaemann. La solución de la institución no fue despedir al profesor disidente -entre otras cosas porque no le convenía a esta universidad- sino más bien crear una cátedra paralela, de más prestigio, en la que enseñaría Spaemann, el profesor recién llegado. No quiso esperar los desencuentros protocolarios y fue a buscar los suyos propios. Fue al Instituto y esperó a Bense en la puerta. Al llegar éste le preguntó: “¿Qué hace usted aquí?”. Spaemann le respondió: “Señor Bense, me han dicho que no quería hablar conmigo, pero preferiría oírlo de usted mismo”. Ese fue el inicio de un respetuoso trato entre ambos, no exento de dificultades. Pero Spaemann no tardó en pedir a la universidad que se le diera a la cátedra de Bense el mismo prestigio que la suya, devolviéndole el honor que se le había quitado.

La mirada de Spaemann estuvo siempre fija en la realidad. No permitió nunca que la futilidad vital y la falta de rigor intelectual pudieran ser un obstáculo para respetarla. Esa fue la raíz de su inconformismo, y de su cordialidad. Porque la paz no se puede forjar sobre la mentira, o la media verdad, o sobre una falsa concordia que pacta con lo que puede destruir al ser humano. De ahí, también, sus certeras críticas a las estructuras de la cultura de la muerte: el aborto y la eutanasia.

Robert Spaemann, amante de Dios hasta el punto de empeñar gran parte de su inteligencia y corazón en la composición sus propios comentarios a los Salmos, se nos ha ido. Tras de si deja un legado intelectual y vital que se resume en la defensa de la verdad y la vida, de una lucha contra el relativismo y la indiferencia, de una búsqueda de las mejores explicaciones para dar cuenta de aquello que no puede ser callado por lo políticamente correcto. Descanse en paz maestro de la cordial defensa de la verdad.

Este artículo fue publicado el 14 de diciembre de 2018 en Posición.pe

Posverdad y educación: sin claridad a lo que enfrentamos

El término posverdad tiene muy poco de haber entrado en nuestro lenguaje. Desde que en 2016 la palabra post-truth ingresó en el Oxford English Dictionary, su inclusión dentro de los diccionarios de diversas lenguas se ha ido propagando ininterrumpidamente. La palabra en cuestión hace referencia a aquellos sucesos que denotan experiencias en las que la apelación a los sentimientos y las creencias individuales son más importantes en la formación de la opinión pública, que los hechos reales.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 12 de diciembre de 2018 en La Industria

Tras la posverdad. Bienvenidos a la era de la posveracidad

El fenómeno de la posverdad viene siendo largamente comentado. Una muestra de ello es el reciente suplemento dominical del diario El Comercio. La publicación es buena, y lo que propone es interesante desde el punto de vista ético: hay que despertar y desarrollar el pensamiento crítico, porque estamos dejando de discernir lo verdadero de lo falso. Para quien quiera saber algo sobre mis propios análisis de esta cuestión le animo a que busque mi página personal: ethics.live.

Tras todo lo indicado sobre la posverdad en estos meses, sabemos que la posverdad se encuentra en el extremo opuesto a la honestidad, muy cercana a la mentira. Observando las consecuencias inmediatas de ella, vemos que la época de la posverdad ha dado paso a una fragilidad de la confianza en la sociedad y el discurso público. La posverdad ha generado posveracidad, y este es el nuevo fenómeno al que nos enfrentamos en la actualidad. Keyes lo explica bien en su libro The Post-Truth Era (2004) al afirmar que la desconfianza ante el potencial ocultamiento de la verdad hace que los discursos, personales o públicos, se vuelvan cada vez menos creíbles, no por el contenido transmitido –que puede ser cierto, e incluso científicamente demostrado–, sino porque se espera que sirvan a un fin oculto, que no es el deseado por el receptor del mensaje.

En la nueva era de la posveracidad la atención del oyente estaría más en aquello que no se dice explícitamente, en un intento por desvelar las intenciones de la persona que transmite el mensaje. Podríamos decir que esta nueva era se origina en un fenómeno psicológico que se da en el oyente, derivado de vivir en la era de la posverdad: la actitud de restarle crédito o veracidad al discurso sin prestar suficiente atención al contenido de este.

Para algunos de los que hemos seguido los eventos relacionados con la posverdad en los últimos años, las interpretaciones de Keyes parecen ser muy correctas. No quiero referirme a ningún pretendido engaño en los discursos de los personajes públicos, aunque sí pudieran darse muchos casos. Hablo aquí de la actitud y disposición de quienes recibimos el mensaje, es decir, de lo que nos corresponde como oyentes y posibles practicantes de la posveracidad. Esto es importante porque la determinación de nuestra participación al conjunto social deriva de nuestras interpretaciones de los discursos, políticos, sociales o interpersonales. La posveracidad no es menos perjudicial que la manipulación de la verdad que ha podido producir la “era de la posverdad”, sino que puede potenciarla hasta más allá de límites insospechados.

¿Pero todo lo ocurrido tiene realmente alguna relación con el ámbito personal? ¿No nos excede? ¿Acaso el ámbito político no está demasiado lejos de nuestras propias decisiones personales? Puede parecer que la determinación de la participación personal carece de importancia en un proceso social en el que existen miles de factores. Esta idea puede verse potenciada si pensamos que los votos que establecen el último resultado son lo único valioso. Esto llevaría a concluir que nuestro aporte no es significativo. Pero el problema de la posveracidad no es un asunto sólo de resultados electorales, sino de cómo se ha recorrido el camino hasta llegar a tales resultados. No es cuestión de que gane una u otra postura. Es un tema de la honestidad con la que se hacen las cosas, y eso compete de algún modo a todos los que conformamos la sociedad.

Una versión de este artículo fue publicada el 6 de diciembre de 2018 en Posición.pe