L’era de la postveritat, la postveracitat i el xarlatanisme

L’any 2016 va ser catalogat per molts periodistes i analistes polítics com l’any de la postveritat. Aquest terme és la traducció de post-truth, triada paraula d’aquell any per Oxford Dictionaries. El seu significat es refereix a alguna cosa que denota unes circumstàncies en què els fets objectius són menys influents, en la formació de l’opinió pública, que no pas l’apel·lació a les emocions i creences personals. Amb aquests termes, qui vulgui influir en l’opinió pública haurà de concentrar els esforços a elaborar discursos fàcils d’acceptar, insistir en el que pot satisfer els sentiments i creences de l’audiència, més que no pas en els fets reals.

Pots llegir la resta de l’article publicat el 21 de febrer de 2019 a +1. Revista de la UIC Barcelona

La era de la posverdad, la posveracidad y la charlatanería

El año 2016 fue catalogado por muchos periodistas y analistas políticos como el año de la posverdad. Este término es la traducción de post-truth, elegida palabra de ese año por Oxford Dictionaries. Su significado se refiere a algo que denota unas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones y creencias personales. Bajo estos términos, quien desee influir en la opinión pública deberá concentrar sus esfuerzos en la elaboración de discursos fáciles de aceptar, insistir en lo que puede satisfacer los sentimientos y creencias de su audiencia, más que en los hechos reales.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 21 de febrero de 2019 en +1. La revista de la UIC Barcelona

Robert Spaemann: caballero de la concordia, inconforme de su tiempo, y defensor de la verdad

Hace unos días, el pasado 10 de diciembre, el filósofo Robert Spaemann dejó este mundo. Profesor en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich hasta su jubilación en 1992, fue doctorado honoris causa por la Universidad de Friburgo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Había trabajado también en las universidades de Stuttgart y Heidelberg donde se mostró como un caballero de la concordia y, a la vez, un inconforme de su tiempo por ser siempre un claro defensor de la verdad. Rasgos que, al parecer, fueron determinantes de su personalidad, y que se condensan en aquella frase de Goethe que tanto le gustaba: “quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”.

Si echamos una mirada a su propia autobiografía, publicada en español hace tan solo cuatro años, podemos confirmar las características antes mencionadas de este gran pensador católico. Desde los diecisiete años, habiendo realizado sus propias indagaciones sobre lo que ocurría con el pueblo judío al este de Alemania, se enfrentó más de una vez al deseo de muchos de sus mayores de no querer saber nada sobre aquel holocausto. Tal vez porque aquellos profesores no querían ver comprometidas sus consciencias con la realidad. Incluso, a esa misma edad, aún teniendo que rendir el servicio militar obligatorio al servicio del Tercer Reich, prefirió arriesgar la vida provocándose una enfermedad, antes que rendir juramento a la bandera nazi. Claramente Spaemann había nacido para ser un inconforme con las ideas de su tiempo.

Tal era su inconformidad que, muchos años después, consciente de que el discurso sobre los valores de una sociedad puede convertirse en una tiranía, escribirá: “el Tercer Reich se autoproclamó una comunidad de valores. También los comunistas. Habría que reflexionar igualmente sobre el hecho de que se exija a los ciudadanos el reconocimiento de nuestro orden de valores (…). En qué consiste eso de nuestros valores es algo en sí mismo ambiguo, pese a que cada vez es mayor la presión amenazante de lo políticamente correcto”. Porque para Spaemann, hablar de unos valores establecidos, que debían ser respetados por el simple hecho de estar presentes en la vida social, no era suficiente para dar cuenta de la realidad humana.

El respeto de lo políticamente correcto sin más justificación que el deseo de muchos de no contristar con los demás, en desmedro de la verdad, no estuvo nunca entre los principios vitales de este profesor de filosofía. Sin embargo, y en contra de lo que alguno pudiera pensar hasta este momento, Robert Spaemann era un caballero de la concordia, detalle de su carácter que no podrá entenderse jamás sin su inconformidad y pasión por la verdad. Porque sólo los conformistas piensan que para ser cordial hay que dejar de hablar, fuerte y claro, sobre lo que es verdadero.

El arribo de Spaemann a Stuttgart no pudo estar más cargado de contrariedad. Llegaba para reemplazar en la cátedra a un profesor, Max Bense. Éste enseñaba ideas contrarias a los principios de la Universidad en la que trabajaba y, por tanto, también enfrentadas a las ideas de Spaemann. La solución de la institución no fue despedir al profesor disidente -entre otras cosas porque no le convenía a esta universidad- sino más bien crear una cátedra paralela, de más prestigio, en la que enseñaría Spaemann, el profesor recién llegado. No quiso esperar los desencuentros protocolarios y fue a buscar los suyos propios. Fue al Instituto y esperó a Bense en la puerta. Al llegar éste le preguntó: “¿Qué hace usted aquí?”. Spaemann le respondió: “Señor Bense, me han dicho que no quería hablar conmigo, pero preferiría oírlo de usted mismo”. Ese fue el inicio de un respetuoso trato entre ambos, no exento de dificultades. Pero Spaemann no tardó en pedir a la universidad que se le diera a la cátedra de Bense el mismo prestigio que la suya, devolviéndole el honor que se le había quitado.

La mirada de Spaemann estuvo siempre fija en la realidad. No permitió nunca que la futilidad vital y la falta de rigor intelectual pudieran ser un obstáculo para respetarla. Esa fue la raíz de su inconformismo, y de su cordialidad. Porque la paz no se puede forjar sobre la mentira, o la media verdad, o sobre una falsa concordia que pacta con lo que puede destruir al ser humano. De ahí, también, sus certeras críticas a las estructuras de la cultura de la muerte: el aborto y la eutanasia.

Robert Spaemann, amante de Dios hasta el punto de empeñar gran parte de su inteligencia y corazón en la composición sus propios comentarios a los Salmos, se nos ha ido. Tras de si deja un legado intelectual y vital que se resume en la defensa de la verdad y la vida, de una lucha contra el relativismo y la indiferencia, de una búsqueda de las mejores explicaciones para dar cuenta de aquello que no puede ser callado por lo políticamente correcto. Descanse en paz maestro de la cordial defensa de la verdad.

Este artículo fue publicado el 14 de diciembre de 2018 en Posición.pe

Posverdad y educación: sin claridad a lo que enfrentamos

El término posverdad tiene muy poco de haber entrado en nuestro lenguaje. Desde que en 2016 la palabra post-truth ingresó en el Oxford English Dictionary, su inclusión dentro de los diccionarios de diversas lenguas se ha ido propagando ininterrumpidamente. La palabra en cuestión hace referencia a aquellos sucesos que denotan experiencias en las que la apelación a los sentimientos y las creencias individuales son más importantes en la formación de la opinión pública, que los hechos reales.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 12 de diciembre de 2018 en La Industria

Tras la posverdad. Bienvenidos a la era de la posveracidad

El fenómeno de la posverdad viene siendo largamente comentado. Una muestra de ello es el reciente suplemento dominical del diario El Comercio. La publicación es buena, y lo que propone es interesante desde el punto de vista ético: hay que despertar y desarrollar el pensamiento crítico, porque estamos dejando de discernir lo verdadero de lo falso. Para quien quiera saber algo sobre mis propios análisis de esta cuestión le animo a que busque mi página personal: ethics.live.

Tras todo lo indicado sobre la posverdad en estos meses, sabemos que la posverdad se encuentra en el extremo opuesto a la honestidad, muy cercana a la mentira. Observando las consecuencias inmediatas de ella, vemos que la época de la posverdad ha dado paso a una fragilidad de la confianza en la sociedad y el discurso público. La posverdad ha generado posveracidad, y este es el nuevo fenómeno al que nos enfrentamos en la actualidad. Keyes lo explica bien en su libro The Post-Truth Era (2004) al afirmar que la desconfianza ante el potencial ocultamiento de la verdad hace que los discursos, personales o públicos, se vuelvan cada vez menos creíbles, no por el contenido transmitido –que puede ser cierto, e incluso científicamente demostrado–, sino porque se espera que sirvan a un fin oculto, que no es el deseado por el receptor del mensaje.

En la nueva era de la posveracidad la atención del oyente estaría más en aquello que no se dice explícitamente, en un intento por desvelar las intenciones de la persona que transmite el mensaje. Podríamos decir que esta nueva era se origina en un fenómeno psicológico que se da en el oyente, derivado de vivir en la era de la posverdad: la actitud de restarle crédito o veracidad al discurso sin prestar suficiente atención al contenido de este.

Para algunos de los que hemos seguido los eventos relacionados con la posverdad en los últimos años, las interpretaciones de Keyes parecen ser muy correctas. No quiero referirme a ningún pretendido engaño en los discursos de los personajes públicos, aunque sí pudieran darse muchos casos. Hablo aquí de la actitud y disposición de quienes recibimos el mensaje, es decir, de lo que nos corresponde como oyentes y posibles practicantes de la posveracidad. Esto es importante porque la determinación de nuestra participación al conjunto social deriva de nuestras interpretaciones de los discursos, políticos, sociales o interpersonales. La posveracidad no es menos perjudicial que la manipulación de la verdad que ha podido producir la “era de la posverdad”, sino que puede potenciarla hasta más allá de límites insospechados.

¿Pero todo lo ocurrido tiene realmente alguna relación con el ámbito personal? ¿No nos excede? ¿Acaso el ámbito político no está demasiado lejos de nuestras propias decisiones personales? Puede parecer que la determinación de la participación personal carece de importancia en un proceso social en el que existen miles de factores. Esta idea puede verse potenciada si pensamos que los votos que establecen el último resultado son lo único valioso. Esto llevaría a concluir que nuestro aporte no es significativo. Pero el problema de la posveracidad no es un asunto sólo de resultados electorales, sino de cómo se ha recorrido el camino hasta llegar a tales resultados. No es cuestión de que gane una u otra postura. Es un tema de la honestidad con la que se hacen las cosas, y eso compete de algún modo a todos los que conformamos la sociedad.

Una versión de este artículo fue publicada el 6 de diciembre de 2018 en Posición.pe

 

Alfie Evans. Cuando la tiranía decide cómo y cuándo se debe morir

Los que amamos la vida humana estamos conmocionados por el caso de Alfie Evans, ocurrido hace pocos días en Inglaterra. Alfie era un niño de Liverpool, tenía casi dos años de edad, y sus padres –Kate James y Tom Evans– habían notado desde los primeros meses que su hijo sufría de unos síntomas preocupantes. Acudieron a los médicos para que se le hiciese una serie de pruebas, las cuales no pudieron ser concluyentes sobre qué le ocurría.

El tiempo iba pasando y Alfie empeoraba hasta el punto de verse sometido a complejos cuidados que incluían un respirador artificial, y soporte para suministrarle alimento e hidratación. Para entonces estaba claro que el niño sufría alguna clase de enfermedad neurodegenerativa que podría acabar con su vida en cualquier momento. Los médicos, del Alder Hey Hospital en Liverpool, afirmaron a los padres que ya no podían hacer nada más por su hijo.

Al parecer el cerebro del niño estaba tan comprometido que jamás podría ver, oír o comunicarse. También que era muy poco probable que éste pudiera conocer algo de su entorno. La descripción arrojaba un resultado medianamente claro: Alfie se encontraba en un estado “semivegetativo”. La enfermedad seguiría su curso, la degeneración cerebral le quitaría la vida, pero él aún no estaba muerto.

Los padres de Alfie, como cualquier padre que ama a sus hijos, no quisieron conformarse con esta sentencia. Era claro que en el Alder Hey Hospital no podrían encontrar una salida, pero ¿por qué no buscarla en otro lado? Fue entonces cuando requirieron llevarse al niño a Roma, al Hospital Pediátrico Bambino Gesù. Para su sorpresa, la solicitud del traslado de su propio hijo fuera del hospital inglés fue denegada.

Los esfuerzos de los padres de Alfie por intentar cualquier cosa –alguna posibilidad que fuera diferente al Alder Hey Hospital de Liverpool– fueron vanos. Entre tales tentativas estuvo el viaje de Tom a Roma para suplicar al Papa que pudiera hacer algo por su hijo. Francisco, después de escucharlo, indicó que se encontraba conmovido por las oraciones y la amplia solidaridad en favor del pequeño Alfie Evans, e hizo un llamamiento para que se escuche el sufrimiento de sus padres y se cumpla su deseo de intentar nuevos tratamientos. Alfie obtuvo la nacionalidad italiana.

Los especialistas del Hospital Pediátrico Bambino Gesù estaban dispuestos a trasladar al niño desde Liverpool hasta Roma sin costo alguno para la seguridad social británica. En todo caso, si el tratamiento en el hospital italiano no tenía éxito, se contaba aun con la posibilidad de un traslado a Múnich.

Pero ni con todo esto se pudo superar e veredicto de muerte de los jueces Anthony Hayden y Eleanor King. Ésta última expuso que el abogado de la familia no había podido demostrar que el traslado pudiese ser razonable. Alegó, además, que habría una serie de dificultades que la familia Evans no había contemplado derivados del hecho de permanecer en tales países sin familiares que les pudieran atender. Por su parte, Hayden indicó que su fallo negativo representaba el capitulo final en la vida Alfie.

Para los jueces la ley justificaba anular cualquier intento de los padres por buscar una alternativa. Sentenciaron, respaldando al sistema nacional de salud, que morir era lo mejor para el niño, sin intentar los tratamientos ofrecidos, libres de costo para la sanidad pública. Lo que siguió fue terrible. Aunque las narraciones de los últimos días de vida de Alfie tienen diversos orígenes, es posible armar una cierta cronología que, además, desvela ciertas irregularidades médicas.

Alfie fue “desconectado” totalmente. Le detectaron una infección pulmonar que los médicos no intentaron curar. Supusieron que moriría en minutos. No fue así. Pasó varias horas de agonía. El padre pidió, visto lo ocurrido, que le fueran devueltos a Alfie todos los suplementos vitales. Se conectó nuevamente la criatura a la alimentación e hidratación, pero después de 36 horas. Los médicos no accedieron a incorporar nuevamente el respirador artificial. Se le administró el oxigeno necesario para su respiración autónoma, varias horas después de todo esto. Por este motivo, el padre intentó, en algún momento, llevar oxigeno a su hijo. El hospital no lo permitió. Doloroso y perturbador final justificado en la sentencia de jueces que, interpretando la ley, estimaron que esto era lo mejor para el niño.

Algunas fuentes inglesas hablan del padre dando respiración boca a boca a Alfie, desesperado por mantenerlo vivo en los peores momentos de esta agonía. Por otro lado, medios italianos indican que a las dos de la mañana del 28 de abril, cuando la saturación de oxigeno de Alfie parecía buena y estable, se le suministraron unos medicamentos. Media hora después el niño moría.

Hay tanto para discutir sobre la muerte de Alfie que no es posible manifestarlo todo ahora. Espero poder decir algo más en otro artículo. Sin embargo, creo que muchos comparten conmigo el dolor por una muerte que desprende olores a injusticia, sobre todo cuando se impone por la fuerza un criterio tiránico que determina el modo como debe morir un ser humano.

Algunos podrán afirmar que hay cientos de niños que mueren todos los días, o que la cantidad de recursos para salvar a éste en particular, en comparación a otros, parece desmedida. Quienes razonan así no han entendido el fondo del asunto. Se ha dictado el destino final de la vida de un niño sin el consentimiento de sus progenitores, y lo ha hecho un Estado, decidiendo dónde y cómo debía morir. Si el deseo de sus padres era intentar que viviese, o que muriese, en otro lugar, con otros tratamientos, en un ambiente que les parecía más propicio, tomando ciertos riesgos –que al parecer también eran asumidos por el hospital italiano– ¿por qué no permitírselo? ¿por qué no dejar que lo intenten? Ha triunfado la tiranía, y nos ha dejado con el amargo sabor de que, cuando menos, la libertad humana ha sido nuevamente derrotada.

Una versión de este artículo fue publicada el 3 de mayo de 2018 en Posición.pe

 

Contra el individualismo: educar en la verdad

Educar es una cuestión que requiere mucha seriedad y una gran cuota de sentido del humor. Lo primero es importante porque el destino de los pueblos –de los nuestros– se juega en tal actividad. De la educación de las generaciones presentes depende el futuro de la sociedad. La educación se dirige a individuos que deben ser conscientes de la irrenunciable responsabilidad que implica vivir con los demás. Por esto, el individualismo que propugna una libertad sin compromisos lo único que hace es aniquilar el destino de un pueblo. La cuota de buen humor es necesaria para que semejante compromiso educativo no aplaste a aquellos que persistimos en esta tarea.

Para el individualismo la libertad debe ser absoluta, o cuando menos debe tender a esa absolutización, tratando de borrar los límites que impiden que los deseos individuales alcancen lo que apetecen. Para el individualismo, todos los deseos, cualesquiera y de cualquier persona, tienen el mismo valor. Ninguno es más cierto que el otro. Propone, de este modo, una igualdad de los deseos sobre la que se debe decidir social y políticamente. Con esto, el individualismo nos reduce sólo a deseos, y socaba la humanidad. Nos deja a merced de nuestras apetencias, esperando que las leyes impuestas nos fuercen a vivir en paz. Equilibrio sumamente frágil que en la práctica termina convirtiéndose en violencia que busca que unos deseos prevalezcan sobre otros.

La ingenua utopía individualista pierde de vista que, tal como ha expresado el filósofo Simon Blackburn,  “los mapas pueden trazarse de muchísimas maneras, pero ninguno induce a delegar toda la autoridad sobre lo que significa en la variada subjetividad de sus diferentes usuarios”. Es claro que requerimos de dos cosas: la autoridad de nuestras decisiones y los mapas de nuestra naturaleza. El hombre no es solo un animal que se deja llevar por sus impulsos, trasciende su mundo inmediato, busca la verdad porque puede pensar más allá de ellos.

El pilar de la educación es –o debería ser– la búsqueda de la verdad. No hacerlo es la peor deshumanización. Educar en la verdad es enseñar al ser humano quién es en realidad, a fijarse en su naturaleza, y a buscar en ella quién es. Pero no a todos gusta la verdad, y otros quieren eliminarla pensando que ya la poseen. El sofista no cree en la verdad, pero piensa que ya la posee.  Cree tener la más absurda de las “verdades”: no hay verdad.

Los sofistas griegos tal vez alcanzaron cierto dominio sobre sus semejantes, pero no consiguieron un gran aporte para la humanidad. No educaron en absoluto. Pero fue su actitud la que produjo el arrebato de Sócrates para evidenciar sus errores, derribar sus mitos, y superar los viejos cuentos de brujas que hacen que la gente se sume en el miedo, en la inmovilidad.

Necesitamos más personas como Sócrates, ya que no hemos superado la era de los mitos, de los cuentos que pretendían oscurecer el pasado, debilitando el presente y conduciendo hacia un futuro lleno de promesas, que lamentablemente no tienen sustento. Tenemos nuevas fábulas contemporáneas: el mito de que las ciencias representan el bálsamo de la humanidad, como si se bastaran ellas mismas para dar al hombre la superación de sus limitaciones. ¿Podrán las ciencias, y sólo ellas con sus métodos, enseñarnos lo que es justo, a amar de verdad, a ser honrados y dar la vida por el prójimo? Al convertirlas en el nuevo mito, no hacemos más que volverlas el nuevo opio del pueblo, que somete su pensamiento a una falsa esperanza de alcanzar una mejor sociedad con ellas.

También tenemos el mito de la igualdad absoluta, que intenta eliminar toda diferencia, desfigurando el sentido de identidad que en realidad procede de la naturaleza que nos permite actuar por el bien común. ¿Podrá la idea de igualdad absoluta darnos una esperanza de dejar nuestra propia huella en este mundo? Si lo que cuenta es que somos iguales, y nuestras opiniones tienen el mismo valor ¿por qué molesta tanto que mi opinión sea que somos diferentes y que esa diferencia se asienta en una naturaleza común? Si la igualdad lo es en todos los sentidos sin excepción, entonces no tiene sentido dialogar, porque la verdad ya estaría dicha de antemano, y sería que no es posible conversar sobre nuestras diferencias. Habría sólo que aceptarlas sin pensar en ellas. Sería el imperio de la sinrazón.

Finalmente, está el ya comentado mito sofista de la no existencia de la verdad que te dice ríndete a lo que ves y no lo pienses. Los sofistas surgieron antes y ahora también los encontramos. Los contrarrestarán los nuevos “Sócrates” que precisamente se concentran en meditar sobre el presente, sobre la realidad, sobre sus fundamentos, sobre la naturaleza humana. Nuevos “Sócrates” que, amparados en el sentido del humor que requiere la labor de educadores, se ríen de las contradicciones tan absurdas de los nuevos mitos contemporáneos, nuevas superestructuras del pensamiento que agostan la vida.

La persona para alcanzar la verdad no puede simplemente conocerla, debe identificarse con ella, debe comprometerse y dejar que ella informe su existencia. Eso es educar en la verdad, y ser educado por ella. El dialogo racional es el ámbito donde nace y se desarrolla la sabiduría, donde existe un intercambio de pareceres y opiniones en la búsqueda de la verdad.

La verdad, además, impulsa a actuar, porque el diálogo ilumina nuevas metas a las que podemos tender todos juntos en sociedad. Educar en la verdad lleva a convertirse en el testigo de ella, dar testimonio de su importancia, porque ésta provoca el pensamiento de los demás, es un incentivo a preguntarse por las cosas. No temamos cuestionar los mitos contemporáneos del individualismo, y contrarrestemos el nuevo sofismo con el buen humor, y la sana sonrisa, que nos proporciona el deseo de buscar la verdad, y educar en ella.

Este artículo fue publicado el 3 de enero de 2018 en Posición.pe