Instruir para la deshumanización y la intolerancia (II)

¿Cómo podemos vivir juntos en la sociedad? ¿Cómo podemos convivir con nuestra pluralidad de deseos y necesidades? Éstas son preguntas que han cruzado la humanidad desde los inicios de la civilización. Basta con pensar que ya en la antigua Grecia el modo de gobierno de una ciudad era un vivo tema de reflexión filosófica, y de discusión política. De tales debates se podían derivar una serie de ideas sobre lo que se podía considerar como “bueno para todos”, esto es, el “bien común”.

La pregunta sobre cómo podemos convivir sigue siendo válida, y en nuestros días hace referencia a la tolerancia como valor en una sociedad pluralista. Una gran parte de nuestra civilización ha pretendido resolver la cuestión desde el punto de vista del funcionamiento político. Desde esta perspectiva, se pretende solucionar un problema social apelando a la forma de gobierno que se ha abrazado: la democracia. Las grandes ventajas de este sistema se encuentran representadas, en su ideal de distribución y control del poder, por la participación ciudadana a través del voto. En nuestro mundo esto se ve como una expresión de libertad; como el ejercicio de una cuota de poder personal –para delegarlo en los gobernantes– que lleva a entender que nadie es objeto del dominio de otro. La propia decisión individual participaría del futuro de la comunidad, en igualdad de condiciones, con los demás miembros del conjunto social.

La apuesta por la democracia como modo de configuración de la vida social es tan fuerte que, en nuestros días, ésta representa el conjunto de valores sobre los que se pretende educar. Es decir, se busca que los principios de este sistema, como son la igualdad y la libertad, sean valores individuales para cada ciudadano. Sólo desde ese punto de partida –indican algunos– es posible construir un buen entendimiento entre vecinos. Permitir que los demás vivan su libertad como les de la gana, haciendo que ningún valor personal sea puesto por encima de otro –en aras de la igualdad– se presentaría como el principio universal de la buena convivencia. Sin embargo, es en este punto donde se perciben los límites de esta interpretación liberal de la vida humana.

En primer lugar, la eficacia de la democracia como sistema de gobierno depende de los elementos que garanticen que el mandato de la voluntad colectiva sea respetado. Es decir, que se preserven la condiciones igualitarias del voto, que lleva a que los gobernantes de turno puedan situarse en el foro adecuado para preguntarse ¿cómo podemos vivir juntos en la sociedad?, y así discutir sobre lo que es “bueno para todos”. De este modo, la democracia no aporta ningún contenido nuevo o relevante a la vieja discusión sobre cuál es el “bien común”. Este modo de gobierno ofrece, a lo mucho, un mecanismo formal para que esta discusión pueda alcanzar relevancia. Un buen mecanismo, si los gobernantes son buenos, moralmente hablando. En este nuevo sentido, los límites de la democracia, como sistema liberal de valores para las personas, son aun mas patentes.

El liberalismo intenta –y ha tenido mucho éxito en esta tarea– que los valores de la democracia (igualdad y la libertad) sean algo más que elementos fundamentales de una teoría. No se trata simplemente de aceptarlos como valores políticos respetables dentro del complejo entramado de las vidas humanas, sino que pretenden que toda decisión moral individual sea tomada, exclusivamente, sobre la base de tales valores. Desde el punto de vista personal, se trataría de no decidir nunca en contra de la libertad de los demás pero, paradójicamente, esperando que el Estado brinde las condiciones igualitarias de una libertad individual inalienable para todos los ciudadanos.

Joseph Ratzinger describió esta situación al decir que, para esta idea de sociedad, “el fin auténtico de la comunidad consiste en otorgar al individuo la capacidad de disponer de sí mismo. La comunidad no tiene ningún valor intrínseco. Existe únicamente para permitir al individuo que sea él mismo. Pero la libertad individual sin contenido, que aparece como el más alto fin, se anula a sí misma, pues sólo puede subsistir en un orden de libertades. Necesita una medida, sin la que se convierte en violencia contra los demás”.

Siguiendo a Ratzinger, el presupuesto de una libertad individual, sin un contenido valorativo personal para conectar con los demás, determina un vacío que debilita la comunicación de nuestras libertades. La discusión social de nuestras diferencias ayuda en la comprensión de lo que es “bueno para todos”. Tal entendimiento será honrado, y libre de ideologías, si se busca el bien del ser humano en lo que es propio a su esencia, sin pretender que la igualdad llegue a ámbitos donde claramente la naturaleza ha expresado otra cosa. Desde el punto de vista liberal, afirmar esto como algo verdadero es, en sí, intolerable. Una “intolerancia intolerable”, paradoja propia de las ideologías que abogan por una libertad a toda costa para, posteriormente, censurar todo intento de discusión racional con la violencia, física o verbal.

El camino del liberalismo moral nunca será el mejor. El intento de asegurar sistemáticamente una libertad sin medida solo puede convertirse en violencia para los mismos miembros de una sociedad. Un gobierno que propicia la afirmación social de todos los valores morales, derivados de cualquier necesidad sin importar su incidencia en el “bien común”, sólo puede propiciar un espíritu de permanente insatisfacción. A esa sensación de constante incumplimiento le sigue la crispación deshumanizante que lleva al individuo al enfrentamiento. Un ciudadano en tales condiciones encontrará fácilmente “intolerancias intolerables” que no se ajusten a sus deseos.

El liberalismo moral falla al pensar que la libertad y la igualdad pueden ser los valores exclusivos de la vida social. Es momento de poder afirmar que éstos no pueden ser los fundamentos de la construcción de una sociedad pluralista, y que hacer de ellos la piedra miliar de la educación solo puede llevarnos a una auténtica deshumanización, y a estar bajo el imperio de la verdadera intolerancia.

Este artículo fue publicado el 8 de noviembre de 2017 en Posición.pe