Alfie Evans. Cuando la tiranía decide cómo y cuándo se debe morir

Los que amamos la vida humana estamos conmocionados por el caso de Alfie Evans, ocurrido hace pocos días en Inglaterra. Alfie era un niño de Liverpool, tenía casi dos años de edad, y sus padres –Kate James y Tom Evans– habían notado desde los primeros meses que su hijo sufría de unos síntomas preocupantes. Acudieron a los médicos para que se le hiciese una serie de pruebas, las cuales no pudieron ser concluyentes sobre qué le ocurría.

El tiempo iba pasando y Alfie empeoraba hasta el punto de verse sometido a complejos cuidados que incluían un respirador artificial, y soporte para suministrarle alimento e hidratación. Para entonces estaba claro que el niño sufría alguna clase de enfermedad neurodegenerativa que podría acabar con su vida en cualquier momento. Los médicos, del Alder Hey Hospital en Liverpool, afirmaron a los padres que ya no podían hacer nada más por su hijo.

Al parecer el cerebro del niño estaba tan comprometido que jamás podría ver, oír o comunicarse. También que era muy poco probable que éste pudiera conocer algo de su entorno. La descripción arrojaba un resultado medianamente claro: Alfie se encontraba en un estado “semivegetativo”. La enfermedad seguiría su curso, la degeneración cerebral le quitaría la vida, pero él aún no estaba muerto.

Los padres de Alfie, como cualquier padre que ama a sus hijos, no quisieron conformarse con esta sentencia. Era claro que en el Alder Hey Hospital no podrían encontrar una salida, pero ¿por qué no buscarla en otro lado? Fue entonces cuando requirieron llevarse al niño a Roma, al Hospital Pediátrico Bambino Gesù. Para su sorpresa, la solicitud del traslado de su propio hijo fuera del hospital inglés fue denegada.

Los esfuerzos de los padres de Alfie por intentar cualquier cosa –alguna posibilidad que fuera diferente al Alder Hey Hospital de Liverpool– fueron vanos. Entre tales tentativas estuvo el viaje de Tom a Roma para suplicar al Papa que pudiera hacer algo por su hijo. Francisco, después de escucharlo, indicó que se encontraba conmovido por las oraciones y la amplia solidaridad en favor del pequeño Alfie Evans, e hizo un llamamiento para que se escuche el sufrimiento de sus padres y se cumpla su deseo de intentar nuevos tratamientos. Alfie obtuvo la nacionalidad italiana.

Los especialistas del Hospital Pediátrico Bambino Gesù estaban dispuestos a trasladar al niño desde Liverpool hasta Roma sin costo alguno para la seguridad social británica. En todo caso, si el tratamiento en el hospital italiano no tenía éxito, se contaba aun con la posibilidad de un traslado a Múnich.

Pero ni con todo esto se pudo superar e veredicto de muerte de los jueces Anthony Hayden y Eleanor King. Ésta última expuso que el abogado de la familia no había podido demostrar que el traslado pudiese ser razonable. Alegó, además, que habría una serie de dificultades que la familia Evans no había contemplado derivados del hecho de permanecer en tales países sin familiares que les pudieran atender. Por su parte, Hayden indicó que su fallo negativo representaba el capitulo final en la vida Alfie.

Para los jueces la ley justificaba anular cualquier intento de los padres por buscar una alternativa. Sentenciaron, respaldando al sistema nacional de salud, que morir era lo mejor para el niño, sin intentar los tratamientos ofrecidos, libres de costo para la sanidad pública. Lo que siguió fue terrible. Aunque las narraciones de los últimos días de vida de Alfie tienen diversos orígenes, es posible armar una cierta cronología que, además, desvela ciertas irregularidades médicas.

Alfie fue “desconectado” totalmente. Le detectaron una infección pulmonar que los médicos no intentaron curar. Supusieron que moriría en minutos. No fue así. Pasó varias horas de agonía. El padre pidió, visto lo ocurrido, que le fueran devueltos a Alfie todos los suplementos vitales. Se conectó nuevamente la criatura a la alimentación e hidratación, pero después de 36 horas. Los médicos no accedieron a incorporar nuevamente el respirador artificial. Se le administró el oxigeno necesario para su respiración autónoma, varias horas después de todo esto. Por este motivo, el padre intentó, en algún momento, llevar oxigeno a su hijo. El hospital no lo permitió. Doloroso y perturbador final justificado en la sentencia de jueces que, interpretando la ley, estimaron que esto era lo mejor para el niño.

Algunas fuentes inglesas hablan del padre dando respiración boca a boca a Alfie, desesperado por mantenerlo vivo en los peores momentos de esta agonía. Por otro lado, medios italianos indican que a las dos de la mañana del 28 de abril, cuando la saturación de oxigeno de Alfie parecía buena y estable, se le suministraron unos medicamentos. Media hora después el niño moría.

Hay tanto para discutir sobre la muerte de Alfie que no es posible manifestarlo todo ahora. Espero poder decir algo más en otro artículo. Sin embargo, creo que muchos comparten conmigo el dolor por una muerte que desprende olores a injusticia, sobre todo cuando se impone por la fuerza un criterio tiránico que determina el modo como debe morir un ser humano.

Algunos podrán afirmar que hay cientos de niños que mueren todos los días, o que la cantidad de recursos para salvar a éste en particular, en comparación a otros, parece desmedida. Quienes razonan así no han entendido el fondo del asunto. Se ha dictado el destino final de la vida de un niño sin el consentimiento de sus progenitores, y lo ha hecho un Estado, decidiendo dónde y cómo debía morir. Si el deseo de sus padres era intentar que viviese, o que muriese, en otro lugar, con otros tratamientos, en un ambiente que les parecía más propicio, tomando ciertos riesgos –que al parecer también eran asumidos por el hospital italiano– ¿por qué no permitírselo? ¿por qué no dejar que lo intenten? Ha triunfado la tiranía, y nos ha dejado con el amargo sabor de que, cuando menos, la libertad humana ha sido nuevamente derrotada.

Una versión de este artículo fue publicada el 3 de mayo de 2018 en Posición.pe

 

Spaemann: sobre la coacción en Hobbes y Aristóteles

Contribución desde philosophical impressions.

La cuestión de si la seducción y la amenaza, o el suscitar miedo y esperanza pueden identificarse con la coacción, surge en la filosofía en relación con la pregunta sobre si las acciones que tienen lugar bajo semejante influencia son libres o no. Existen dos tipos de respuesta a esta pregunta: una, la de Aristóteles; otra la de Thomas Hobbes.  [Seguir leyendo]

Instruir para la deshumanización y la intolerancia (II)

¿Cómo podemos vivir juntos en la sociedad? ¿Cómo podemos convivir con nuestra pluralidad de deseos y necesidades? Éstas son preguntas que han cruzado la humanidad desde los inicios de la civilización. Basta con pensar que ya en la antigua Grecia el modo de gobierno de una ciudad era un vivo tema de reflexión filosófica, y de discusión política. De tales debates se podían derivar una serie de ideas sobre lo que se podía considerar como “bueno para todos”, esto es, el “bien común”.

La pregunta sobre cómo podemos convivir sigue siendo válida, y en nuestros días hace referencia a la tolerancia como valor en una sociedad pluralista. Una gran parte de nuestra civilización ha pretendido resolver la cuestión desde el punto de vista del funcionamiento político. Desde esta perspectiva, se pretende solucionar un problema social apelando a la forma de gobierno que se ha abrazado: la democracia. Las grandes ventajas de este sistema se encuentran representadas, en su ideal de distribución y control del poder, por la participación ciudadana a través del voto. En nuestro mundo esto se ve como una expresión de libertad; como el ejercicio de una cuota de poder personal –para delegarlo en los gobernantes– que lleva a entender que nadie es objeto del dominio de otro. La propia decisión individual participaría del futuro de la comunidad, en igualdad de condiciones, con los demás miembros del conjunto social.

La apuesta por la democracia como modo de configuración de la vida social es tan fuerte que, en nuestros días, ésta representa el conjunto de valores sobre los que se pretende educar. Es decir, se busca que los principios de este sistema, como son la igualdad y la libertad, sean valores individuales para cada ciudadano. Sólo desde ese punto de partida –indican algunos– es posible construir un buen entendimiento entre vecinos. Permitir que los demás vivan su libertad como les de la gana, haciendo que ningún valor personal sea puesto por encima de otro –en aras de la igualdad– se presentaría como el principio universal de la buena convivencia. Sin embargo, es en este punto donde se perciben los límites de esta interpretación liberal de la vida humana.

En primer lugar, la eficacia de la democracia como sistema de gobierno depende de los elementos que garanticen que el mandato de la voluntad colectiva sea respetado. Es decir, que se preserven la condiciones igualitarias del voto, que lleva a que los gobernantes de turno puedan situarse en el foro adecuado para preguntarse ¿cómo podemos vivir juntos en la sociedad?, y así discutir sobre lo que es “bueno para todos”. De este modo, la democracia no aporta ningún contenido nuevo o relevante a la vieja discusión sobre cuál es el “bien común”. Este modo de gobierno ofrece, a lo mucho, un mecanismo formal para que esta discusión pueda alcanzar relevancia. Un buen mecanismo, si los gobernantes son buenos, moralmente hablando. En este nuevo sentido, los límites de la democracia, como sistema liberal de valores para las personas, son aun mas patentes.

El liberalismo intenta –y ha tenido mucho éxito en esta tarea– que los valores de la democracia (igualdad y la libertad) sean algo más que elementos fundamentales de una teoría. No se trata simplemente de aceptarlos como valores políticos respetables dentro del complejo entramado de las vidas humanas, sino que pretenden que toda decisión moral individual sea tomada, exclusivamente, sobre la base de tales valores. Desde el punto de vista personal, se trataría de no decidir nunca en contra de la libertad de los demás pero, paradójicamente, esperando que el Estado brinde las condiciones igualitarias de una libertad individual inalienable para todos los ciudadanos.

Joseph Ratzinger describió esta situación al decir que, para esta idea de sociedad, “el fin auténtico de la comunidad consiste en otorgar al individuo la capacidad de disponer de sí mismo. La comunidad no tiene ningún valor intrínseco. Existe únicamente para permitir al individuo que sea él mismo. Pero la libertad individual sin contenido, que aparece como el más alto fin, se anula a sí misma, pues sólo puede subsistir en un orden de libertades. Necesita una medida, sin la que se convierte en violencia contra los demás”.

Siguiendo a Ratzinger, el presupuesto de una libertad individual, sin un contenido valorativo personal para conectar con los demás, determina un vacío que debilita la comunicación de nuestras libertades. La discusión social de nuestras diferencias ayuda en la comprensión de lo que es “bueno para todos”. Tal entendimiento será honrado, y libre de ideologías, si se busca el bien del ser humano en lo que es propio a su esencia, sin pretender que la igualdad llegue a ámbitos donde claramente la naturaleza ha expresado otra cosa. Desde el punto de vista liberal, afirmar esto como algo verdadero es, en sí, intolerable. Una “intolerancia intolerable”, paradoja propia de las ideologías que abogan por una libertad a toda costa para, posteriormente, censurar todo intento de discusión racional con la violencia, física o verbal.

El camino del liberalismo moral nunca será el mejor. El intento de asegurar sistemáticamente una libertad sin medida solo puede convertirse en violencia para los mismos miembros de una sociedad. Un gobierno que propicia la afirmación social de todos los valores morales, derivados de cualquier necesidad sin importar su incidencia en el “bien común”, sólo puede propiciar un espíritu de permanente insatisfacción. A esa sensación de constante incumplimiento le sigue la crispación deshumanizante que lleva al individuo al enfrentamiento. Un ciudadano en tales condiciones encontrará fácilmente “intolerancias intolerables” que no se ajusten a sus deseos.

El liberalismo moral falla al pensar que la libertad y la igualdad pueden ser los valores exclusivos de la vida social. Es momento de poder afirmar que éstos no pueden ser los fundamentos de la construcción de una sociedad pluralista, y que hacer de ellos la piedra miliar de la educación solo puede llevarnos a una auténtica deshumanización, y a estar bajo el imperio de la verdadera intolerancia.

Este artículo fue publicado el 8 de noviembre de 2017 en Posición.pe

Aristóteles: sobre los artesanos y su ciudadanía en la polis

Contribución desde philosophical impressions.

La problemática de la exclusión de los artesanos de la ciudadanía de la polis en la Política de Aristóteles

Los libros I, III, VII y VIII de la Política de Aristóteles, nos presentan una serie de explicaciones, que justifican la exclusión de los artesanos de la ciudadanía de la polis. Sin embargo estos razonamientos, a pesar de sostenerse en varios puntos de la Ética a Nicómaco y los libros de la Física y la Metafísica, originan serias perplejidades, tanto en la coherencia de la argumentación, como en relación a nuestra moderna concepción de percibir lo que parece justo en una sociedad. Desarrollaremos los principales argumentos del Filósofo, alrededor de esta problemática, considerando la concepción de la polis desde su origen, la relación de la casa y la ciudad con el artesano a través de la crematística, su comparación con los esclavos, y el ideal de vida feliz que plantea Aristóteles en su filosofía. Además, buscaremos identificar la ambigüedad que se presenta, en el momento de plantear la definición de ciudadano y de establecer las virtudes propias de éste. El análisis del argumento del origen de la polis como sociedad perfecta, y la separación de casa y ciudad, que presentamos a continuación, nos ayudará a lo largo de todo el presente escrito. [Seguir leyendo]

Instruir para la deshumanización y la intolerancia (I)

Gilbert Keith Chesterton, afamado ensayista e intelectual de inicios del siglo pasado, escribió una vez en un artículo que la manera en la que los estados han conseguido su mayor poder, en detrimento de los padres, es cuando se apoderaron de la educación.

Para el escritor británico los estados no habían tenido nunca tanto poder en la historia como cuando empezaron a obligar a todos los niños a ir al colegio. Desde su punto de vista, el objetivo de la educación obligatoria ha sido “privar a la gente normal de su sentido común”.

Las ideas de Chesterton nos pueden sonar un tanto exageradas. Los progresos de la enseñanza, desde finales del siglo XIX hasta el presente, han permitido que se logren cuotas de alfabetización en el mundo que antes parecían difíciles de alcanzar. Éstas han ido de la mano del incremento del nivel de escolarización.

Alguien podría indicar que “escolarización” no es lo mismo que “alfabetización”. Eso es cierto. En el pasado las primeras letras podían ser aprendidas en casa. Pero esto implicaba haber nacido en una familia con una cierta cultura, que en muchos casos coincidía con tener los suficientes medios para contratar tutores. Con el tiempo, cuando esto no ocurría, las familias –con medios económicos– podían enviar a sus hijos a las escuelas, pero esto siempre estuvo supeditado a la posibilidad de pagar a los maestros. Sólo una parte de la población podía lograrlo. De ahí la importancia de que la escuela pudiera ser accesible a más gente: sin ella no era posible progresar en esta vida.

Chesterton, por supuesto, era consciente de algo tan obvio como lo que acabamos de observar. Pero su preocupación era otra y, aunque circunscrita a unos problemas concretos de su época, iba más allá de su tiempo. No se interesaba sólo por la técnica –saber leer, escribir, sumar, restar, o aprender a resolver problemas de física y química–, sino en lo que significa propiamente “educar”. Es decir, sabiendo de la importancia de lo técnico le intranquilizaba que se relegara lo propiamente humano.

Por este motivo, en otro artículo, Chesterton se quejó de que el inconveniente no era tanto que se enseñasen unas ideas no adecuadas como que no se enseñara ninguna. Decía que mientras el estado estuviera a cargo de la educación, no se enseñaría nada, y el mismo tipo de nada, a todos. El problema que Chesterton encontró era uno de los ideales liberales que ha llegado en gran medida hasta nuestros días. Lo podemos llamar la “educación aséptica”, llena de técnicas pero limpia –en realidad vacía– de ideas.

El ímpetu de los estados, que apostando fuertemente por la técnica para alcanzar un cierto progreso social, se ha encargado de desterrar progresivamente de las aulas la enseñanza de los valores perennes que siempre ofrecieron las humanidades. A fuerza de llenar el espacio y tiempo escolares de “herramientas eficientes” (en nuestra época incluso en las universidades), se ha relegado –y se sigue relegando– el estudio de las humanidades que iluminan el espíritu humano, tildándolas de inútiles. La gente, conforme con adquirir algunos elementos útiles para la vida, se queda sin aquello que la tradición ha prestado siempre para reflexionar.

Parece que a Chesterton le preocupaba lo mismo que a muchos de nosotros: ya no es tan importante el contenido verdadero, bueno y bello de lo que se lee, como que se lea cada vez con mayor velocidad. Ser más eficaz en un mundo menos humano, con menos ideas, con menos reflexión. Un mundo que se deshumaniza al educar a la gente en función de lo que pide el mercado, y que no tiene tiempo para detenerse y pensar, que carece de espacio vital para ensanchar el espíritu con las letras y pensamientos que ofrecía la tradición clásica.

Actualmente ser tradicional se tacha de retrógrado. Se muestra de este modo una fuerte intolerancia hacia los valores que han sido parte de nuestra cultura durante muchos años, y que provienen del mundo clásico. Sin embargo, no encuentro mayor retroceso que desechar el pasado porque es pasado; ni veo mayor necedad que pensar que todo lo novedoso y actual deba ser adoptado. Esta es una idea no muy tolerada en ciertos ámbitos liberales, en los que se abraza con fruición obsesiva el progreso sin pensar en nada más. Al final, parece que transformar la educación en una mera instrucción técnica, para triunfar en el mercado laboral, lleva no sólo a deshumanizarnos, sino también a ser intolerantes frente a otras ideas menos liberales.

En nuestros días, hay muchos estados que han reemplazado ese vacío de ideas, contraviniendo su propia concepción liberal de la educación, por ideologías que pretenden imponer a todos. Muchos ámbitos del liberalismo se han traicionado a tal punto que existe una gran cantidad de estados que vetan cualquier tipo de educación que no sea la que ellos buscan propagar. La libertad del liberalismo ha quedado tan de lado que incluso se pretende desautorizar a los padres en lo referente a la educación moral de sus propios hijos.

Parece que Chesterton también ejerció de profeta al insistir, en un tercer artículo, que algunos estados podrían terminar por borrar la antigua autoridad de los padres. Su lugar podría no ocuparlo ni la libertad ni la licencia, sino la autoridad del estado mucho más supresora y destructiva. Y, podríamos decir, con ideologías que deshumanizan más que en otros tiempos, pero esto es algo en lo que me gustará profundizar en la segunda parte de este artículo.

Este artículo fue publicado el 17 de julio de 2017 en Posición.pe