Contra el individualismo: educar en la verdad

La persona para alcanzar la verdad no puede simplemente conocerla, debe identificarse con ella, debe comprometerse y dejar que ella informe su existencia. Eso es educar en la verdad, y ser educado por ella. El dialogo racional es el ámbito donde nace y se desarrolla la sabiduría, donde existe un intercambio de pareceres y opiniones en la búsqueda de la verdad.

La verdad, además, impulsa a actuar, porque el diálogo ilumina nuevas metas a las que podemos tender todos juntos en sociedad. Educar en la verdad lleva a convertirse en el testigo de ella, dar testimonio de su importancia, porque ésta provoca el pensamiento de los demás, es un incentivo a preguntarse por las cosas. No temamos cuestionar los mitos contemporáneos del individualismo, y contrarrestemos el nuevo sofismo con el buen humor, y la sana sonrisa, que nos proporciona el deseo de buscar la verdad, y educar en ella.

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La ética como experiencia vivida y ciencia estudiada

¿Por qué debemos estudiar ética?

Robert Spaemann escribió en el inicio de su libro Ética: Cuestiones Fundamentales: “Se dice que lo moral no necesita de explicaciones. Si esto es así, sobra cualquier palabra sobre este asunto. Lo que es evidente no puede explicarse por algo distinto que sea más claro, y tampoco por analogías sacadas del reino animal. A fin de cuentas nosotros comprendemos a los gansos grises solamente porque nos conocemos a nosotros mismos, y no al revés. Lo evidente se puede solamente mostrar, pero, propiamente, no se puede hablar de ello. Por eso dice Ludwig Wittgenstein: “Es claro que la Ética no se puede explicar”. Ya Platón sabía que “con palabras académicas” no se puede decir qué significa la palabra “bueno”. “Solo tras una más frecuente conversación familiar sobre este asunto, o a partir de una cordial convivencia, brota de repente en el alma aquella idea, a la manera como el fuego se enciende a partir de una chispa y luego se extiende más lejos” (Carta 7). Si, no obstante, hay que hablar siempre, una y otra vez, de lo evidente, se debe tan solo a que es objeto de continua discusión. En realidad, lo evidente no aparece en estado puro. Ningún ethos real, con validez en una sociedad, es evidente a secas, ya que acarrea consigo ciertos rasgos de ignorancia, opresión y apremio. Frente a todo ethos dominante cabe la posibilidad de hacerlo pasar por el ethos de los que no dominan, de hacer pasar el mal uso de la palabra “bueno” por el suyo propio, y lo evidente por una falsa evidencia. Fácilmente se puede hacer ver que esto es falso. Pero para demostrarlo no hay más remedio que hablar sobre lo evidente”[1].

Parece, a primera vista, que la razón por la que estudiamos ética es que no somos capaces de ponernos de acuerdo sobre el modo como debemos comportarnos. Sin embargo, quedarnos en esta apreciación simplemente hace que nos fijemos más en aquello que nos divide que en lo que nos puede mantener unidos en la sociedad. Hablar de lo evidente, como dice Spaemann, es importante porque pone de manifiesto lo que puede unir a las personas que conforman una sociedad. De otro modo no es posible fundamentar la convivencia con los demás. ¿Cómo podríamos dialogar sobre cómo vivir en sociedad si no conocemos aquellos principios implícitos que nos permiten entender los diversos modos de vida? Dejar de lado esto llevaría a centrar nuestra atención lejos del diálogo y a enfocarnos en nuestros propios intereses. Estudiar los propios intereses parece que tiene poco sentido, en cambio indagar sobre las concepciones de la vida que pueden permitir una buena convivencia con los demás se presenta como un campo de investigación bastante productivo, y necesario. Como indicará el mismo Spaemann páginas más adelante, en la misma obra citada:

“El relativismo ético parte de la observación de que esas medidas [o criterios para juzgar los deseos] son conflictivas; pero ese argumento demuestra lo contrario de lo que pretende, ya que en toda disputa teórica subyace la idea de la existencia de una verdad común; si cada cual tuviera su propia verdad, no habría disputas. Solo la recíproca seguridad hace que se produzca el conflicto. (…) La disputa sobre el mal y el bien demuestra que la Ética es campo de litigios. Pero eso es también lo que demuestra justamente que no es algo puramente relativo, que el bien puede estar siempre en lo singular y que es difícil decidir en los casos límites. Esa disputa demuestra que determinados comportamientos son mejores que otros, mejores en absoluto, no mejores para alguien o en relación con determinadas normas culturales. Todos lo sabemos. El sentido de la Ética filosófica es arrojar más luz sobre este conocimiento y defenderlo frente a las objeciones de los sofistas”[2].

Lo que configura la consecución de fines conjuntos con otras personas son nuestras acciones individuales que se rigen, por supuesto, por nuestros fines particulares. A través de las acciones de los individuos es posible alcanzar los objetivos trazados por una empresa, por ejemplo. Las acciones pueden ser evaluadas, desde este punto de vista, por su eficacia para alcanzar unas metas que son de interés de todos. Aquellas acciones individuales que no se encuentren alineadas con los fines establecidas por el consejo de dirección pasan a ser consideradas como “malas” en un sentido particular, definido por esos parámetros. Así, si un vendedor no llega a una cuota establecida, se puede considerar -exclusivamente desde el punto de vista de las ventas- que su trabajo ha sido deficiente.

En el caso de la moralidad el asunto es más complejo. En el conjunto de la sociedad estamos de acuerdo que vivir en paz es un gran valor y por ello lo buscamos como un bien deseado. Pensamos que es a través de ello que podemos alcanzar un fundamento para poder lograr nuestros fines individuales. Sin embargo, nuestros fines particulares pueden enfrentarse a los fines de otras personas, y por ese motivo nos hace falta reflexionar sobre cómo podemos convivir con los demás. No se trata ya de calificar las acciones como “buenas” o “malas” desde un punto de vista técnico, juzgándolas de acuerdo a su eficacia. Más bien, se trata de estimar si nuestras acciones, y las acciones de los demás, son buenas o malas en un sentido moral porque pueden afectar la vida de otras personas en su totalidad, y también nuestra propia vida en la misma medida. Ya no es calificar a alguien de “buen vendedor”, “buen empresario”, etc. Se trata de observar si las acciones de alguna persona pueden ser consideradas como buenas o malas en un sentido moral, ya que sólo estas pueden afectar todos los aspectos de la vida.

Pero este conjunto de reflexiones nos lleva a otra pregunta: ¿por qué realizamos acciones? ¿por qué actuamos? La respuesta es que deseamos alcanzar fines, que buscamos desarrollar proyectos que den sentido a nuestra vida. Por tanto, en el conjunto de nuestra existencia no sólo tratamos de estar en paz con los demás, sino que hacemos todo esto porque deseamos darle un sentido a nuestra propia vida a través de fines que ayudan a desarrollarnos. Así, obtener una carrera universitaria puede ofrecer un sentido a la serie de actividades que llevamos a cabo todos los días en las aulas, y en algunos momentos fuera de ellas. Sin embargo, la vida entera y la felicidad no se reducen a obtener una carrera universitaria, aunque podemos decir es un factor importante dentro de las particulares circunstancias en las que nos encontramos. Es cierto que buscar ese fin que da cierto sentido a actividades como “estudiar”. Pero esto no se equipara a la totalidad de la vida. Sólo la vida moral puede abarcar todo, porque el fin de la misma es la felicidad, y todas nuestras actividades están dirigidas a ese fin.

El proceso indicado implica una serie de elementos que participan en las decisiones que tomamos, y que estudia la ética. Por este motivo,  la ética como ciencia es importante. Hace explícitos determinados principios que estamos acostumbrados a emplear para la realización de nuestras acciones. Esto es “lo evidente” de nuestra vida que una ciencia como la Ética estudia a través de dos objetos. El primero es el objeto material de la Ética: las acciones humanas. Todos los días realizamos cientos de ellas, vivimos actuando. Es tal la cantidad de acciones que realizamos que el conjunto de todas ellas casi configura la totalidad de nuestra existencia, y pocas veces nos detenemos a considerar toda su dimensión y consecuencias.

Para estudiar las acciones se requiere una perspectiva, un punto de vista. El enfoque desde el que se estudian las acciones humanas es lo que se llama el objeto formal de la Ética. Más en concreto, el objeto formal de la Ética es la rectitud moral. A diferencia de los indices de ventas, o los márgenes de ganancias, o las cotas mínimas de inversión que evalúan las acciones de acuerdo a unos parámetros, en la Ética lo importante es saber si las acciones son buenas no bajo un aspecto parcial, sino si son buenas o malas en el sentido que comprende a toda la vida, esto es, el sentido moral.

La experiencia moral como punto de partida de la ética [3]

La ética, como estudio filosófico de la conducta, presupone la conducta. La vida moral es lo primero; la reflexión filosófica sobre ella viene después. Esto significa que el objeto de la ética, así como la necesidad de estudiarlo, no es puesto por otro saber, con el que la ética debiera enlazarse deductivamente o, en todo caso, especulativamente. El problema moral se plantea originariamente por sí solo o, mejor, surge porque el hombre es un ser moral, y lo es antes de ser un estudioso de ética o de cualquier otra disciplina filosófica. La ética goza por tanto de un punto de partida propio y específico, que se puede llamar experiencia moral

La experiencia moral de los hombres y de los pueblos comprende ideas y juicios morales, costumbres, instituciones, leyes, sanciones, etc. Pero lo que constituye el núcleo de la experiencia moral, que se presenta a cada hombre como un dato de hecho de gran importancia para la posterior reflexión ética, es el ejercicio directo de la razón práctica. Con esta expresión se alude aquí a la actividad espontánea, no reflexiva, por la que cada persona gobierna sus acciones para que sean buenas. Es una actividad de la inteligencia que no consiste sólo en conocer, sino principalmente en ordenar, proyectar y organizar las acciones, la conducta y la vida. Esta actividad espontánea, que todos realizan, es después objeto de reflexión, sea de la reflexión que origina el conocimiento y las ideas éticas del hombre común, sea de la reflexión crítica y sistemática propia del filósofo, que da lugar a la ética filosófica, y que se propone sacar a la luz, explicitar y exponer sistemáticamente la lógica práctica implícita en el gobierno de sí mismo.

Cuando el filósofo fija su atención en la “moral vivida” para explicitar e iluminar su estructura y contenidos mediante la reflexión crítica, ha de poner extremo cuidado para no olvidar, en el paso al nivel reflexivo propio de la filosofía, ninguna de las condiciones específicas del ejercicio directo de la razón práctica, incluso en el caso en que algunas de esas condiciones no fuesen igualmente importantes para el ejercicio filosófico de la razón moral. Así, por ejemplo, Aristóteles señaló que el recto ejercicio directo de la razón práctica requiere la educación y el equilibrio de las tendencias humanas, porque la razón práctica parte siempre del deseo de un fin [Aristóteles, Ética a Nicómaco, VI, 5: 1140 b 11-12; Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 58, aa. 4-5]. Desde un punto de vista abstracto, parece existir un círculo vicioso entre la razón práctica y el equilibrio afectivo, puesto que cada elemento presupone el otro. Pero, en el plano real de la “moral vivida”, ese aparente círculo se supera por el hecho de que la persona crece y se educa intelectual y afectivamente en el seno de grupos sociales (familia, comunidad política, comunidad religiosa, etc.) que tienen su propio ethos.

La reflexión filosófica no podrá olvidar por tanto que la lógica para el gobierno de sí mismo no es elaborada por cada persona a partir de la nada. Tiene unos presupuestos naturales específicos, los primeros principios prácticos y las tendencias que constituyen el dinamismo profundo de la psique. Tiene además unos presupuestos experienciales, en cuanto que la comprensión de las verdades éticas no se alcanza por la sola razón independientemente de las formas de la experiencia y de las relaciones prácticas, como si se tratase de teoremas matemáticos. Y tiene en tercer lugar unos presupuestos histórico-sociales. Desde un punto de vista genético, el ethos del grupo es anterior al ethos de la persona singular. En cada tipo de sociedad (Estado, familia, clan, comunidad religiosa) existen fines y costumbres compartidas, leyes, fiestas que exaltan acontecimientos o personajes del pasado importantes para la identidad del grupo, símbolos significativos a los que se tributa respeto, etc. La personalidad moral del individuo se va constituyendo en un contexto ético determinado, que será siempre un punto de referencia, aunque en la medida en que la persona madura puede distanciarse críticamente, de modo parcial o incluso total, del ethos social en que ha sido educada.

El ethos del grupo social está sometido a una cierta evolución, que normalmente no tiene un carácter de ruptura, ya que responde más bien al hecho de que el cambio de las circunstancias y condiciones de vida muestra que determinados fines compartidos por todos (justicia, igualdad, etc.) admiten o requieren ahora una forma diferente de realización concreta. Por otra parte, diversas sociedades pueden concebir de modo diverso la mejor realización de esos fines, o pueden considerar como dignos de realización fines diferentes e incluso opuestos. En la sociedad actual, vistosamente caracterizada por el pluralismo racial, cultural, religioso, etc., así como por el predominio del sentido de la autonomía personal sobre la fidelidad a las propias raíces sociales, culturales, éticas, etc., es fácil encontrarse ante modos de gobernar la propia vida (“modos de conducirse”) diversos e incluso parcialmente opuestos entre sí, tanto desde el punto de vista estructural como desde el punto de vista de los contenidos.

No cabe duda de que estos fenómenos complican las fases iniciales de la reflexión ética. Sin embargo debe notarse que el pluralismo de formas de vida no significa que éstas renuncien a la pretensión de ser razonables. Cada forma de vida responde a una “lógica”, y por ello cada forma de vida puede ser, en línea de principio, objeto de explicitación, de investigación y de juicio racional. El pluralismo no se opone a la comunicación. Pluralismo no significa aislamiento o solipsismo. La ética puede realizar una comparación dialéctica entre las diversas “lógicas” para el gobierno de la vida: puede analizar sus puntos comunes y sus divergencias; puede advertir la superioridad parcial o total de unas sobre otras, en cuanto que unas pueden dar razón de los puntos comunes y de las divergencias de modo cumplido, mientras que otras no hacen más que encerrarse en el propio punto de vista sin llegar a arrojar luz sobre las razones o sinrazones de las demás y, en definitiva, sobre importantes dimensiones de la vida humana.

Estas consideraciones permiten advertir que las relaciones de la experiencia moral con la reflexión ética son bastante complejas. La reflexión filosófica tiene la misión de comprender y fundamentar contenidos de la experiencia moral, así como la de esclarecer, purificar, precisar y desarrollar los criterios de juicio y las motivaciones presentes en la “moral vivida”. Aunque el conocimiento moral prefilosófico contiene muchas veces indicaciones éticas de alcance y precisión admirables, también es verdad que está sujeto a condicionamientos históricos, sociales, educativos, ideológicos y filosóficos (determinadas concepciones del hombre y del mundo) que pueden deformar sus contenidos y su sentido mismo, y en casos límite hasta su mismo darse, aunque el significado genuino de la experiencia moral nunca desaparece por completo.

Ya en el nivel del conocimiento prefilosófico es posible registrar diversos modos de interpretar la propia existencia moral. Existen personas que ven en la moral el significado pleno y positivo que desean realizar con la propia vida: todos sus días y todas sus tareas tienen valor; ninguna de ellas es un trámite odioso. Otras, en cambio, entienden su vida moral desde un punto de vista de la obligación. Su preocupación es hacer lo mandado y evitar lo prohibido, considerando como “libre” el amplio ámbito de su vida que no es cubierto por las normas preceptivas o prohibitivas. Para los que tienen esta mentalidad, la libertad empieza donde termina la ley, por lo que entienden la moral como un límite de la libertad (todo lo necesario o conveniente que se quiera), y no como su inseparable autogobierno. Existen también quienes ven la moral como un difícil equilibrio entre potentes fuerzas psicológicas y sociales, cuyo funcionamiento ha de ser bien entendido si se aspira a no sucumbir ante ellas. Estos y otros posibles modos de entender la vida moral pueden dar lugar, cuando se pasa al nivel propio de la reflexión filosófica, a diversos planteamientos básicos de la ética.

El enfoque especial de la ética como “vida lograda o vida buena”

El estudio de la ética tal como lo afrontamos en esta materia es el de la “vida lograda o vida buena”. Cuando añadimos esta perspectiva a nuestro estudio, lo que que hacemos es restringir aún más el objeto formal de la ética. No se trata de estudiar las bondad o maldad de las acciones por sus consecuencias, o por el placer que puede reportar la realización de las acciones, o por el altruismo que puede representar alguna de ellas. Todos estos aspectos son importantes, pero si prestamos atención veremos que representan aspectos parciales de lo comprendemos como vida moral

La vida moral que llevamos se observa en nuestras acciones, pero en este proceso ocurren más cosas. Si realizamos acciones moralmente malas, poco a poco nos iremos convirtiendo en personas que no son capaces de realizar acciones moralmente buenas cuando una situación lo requiera. Y, por el contrario, si llevamos a cabo acciones moralmente buenas en algunos momentos seremos capaces de realizar acciones de la misma categoría en otros momentos y circunstancias. Las acciones morales no solo traen consecuencias para la gente que nos rodea. También nos van convirtiendo en personas con tendencia a realizar acciones con una calificación moral buena, o mala. Y por este motivo, la moralidad abarca toda nuestra existencia.

Por ejemplo, si Juan “roba una cartera”, su acción es moralmente mala no sólo por las consecuencias de dejar a otra persona sin sus propiedades, ni sólo porque nos desagrade que se realicen este tipo de acciones, tampoco porque su acción vaya contra el orden social. Todo esto es importante pero queda insertado de un modo comprehensivo en el hecho de que Juan va configurando su ser persona del modo que califican sus acciones, que en este caso es “robar una cartera”. Por tanto, si Juan roba, y sigue robando, es posible que se acostumbre a ello y que en el momento menos pensado se incline a realizar acciones de este tipo. Su vida entera podría verse abocada a esta inclinación.

El enfoque de nuestro estudio de la ética es la perspectiva de la vida lograda, de alcanzar una vida de la que se pueda afirmar que la persona que actúa es buena en sentido moral. Como indica Martin Rhonheimer:

“En el actuar humano no se trata sencillamente de hacer “buenas obras”, sino de ser bueno uno mismo. Nos hacemos “buenos” o “malos” a través de nuestros actos de voluntad, y esto quiere decir en último término: a través de lo que elegimos y hacemos voluntariamente. Esta es la diferencia entre el actuar moral y la producción, entre la virtud moral y la técnica o el arte: en el actuar productivo, técnico o artístico —en sí mismos considerados— lo que está en juego es exclusivamente hacer bien una obra externa al agente. En ese campo se “perfeccionan” bloques de mármol o tablas de madera; se devuelve su capacidad funcional a los organismos y se levantan casas, etc. En la vida de una persona —para que sea una vida lograda— lo que cuenta en último término no son esas cosas. De lo que se trata es de que la persona misma sea buena. Y la persona es buena cuando su voluntad es buena. Pues es propio de la voluntad, y de toda tendencia ligada a la voluntad, hacernos semejantes a aquello a lo que ella se dirige, por tanto a aquello a lo que intendemos y elegimos.

Precisamente a esto es a lo que nos referimos cuando hablamos de “moralidad”, la cual, por eso mismo, como Kant vio de modo insuperable, no sirve para ninguna otra cosa que para producirse a sí misma como buena voluntad. Sin embargo, la moralidad posee como su principio estructural interno un telos [un fin]: y este último —dicho ahora contra Kant— no es la libertad como independencia de la voluntad respecto de la inclinación empírica, o la espontaneidad y la autolegislación de la razón destinadas a asegurar esa libertad, sino la libertad como orientación al bien patente sólo a la razón, puesto que mediante la razón nos abrimos a la verdad, vivimos de conformidad con la realidad y nos encontramos a nosotros mismos. Aquello a lo que se tiende racionalmente sacia a la voluntad, aun cuando todo salga mal, y ese quedar saciado se llama felicidad. Llegar a ser feliz es lo que en realidad todos queremos en último término. Pero la felicidad es el verdadero privilegio de la buena voluntad”[4].

La ética como filosofía

La Ética es una ciencia que corresponde al campo de la filosofía. Tiene un fundamento especulativo y otro práctico. Esto lo hemos observado en primer lugar en el objeto material de la Ética como ciencia. Las acciones son el aspecto práctico sobre el que se aplica formalmente el punto de vista del la “vida lograda. Esto no significa que, de modo personal e individual, realicemos el mismo proceso de reflexión sobre nuestras acciones. El aspecto de la Ética como ciencia es teórico-práctico, mientras que el proceso del razonamiento práctico por el que definimos qué acciones vamos a llevar a cabo es práctico-práctico, o doblemente práctico. La racionalidad práctica, desde los principios de su operación, es netamente práctica y no requiere de la intromisión de la racionalidad teórica de las ciencias para su funcionamiento. Esto no quiere decir que se vea privada de conocimiento, al contrario, el principio de la acción es poder conocer.

El modo de reflexión propio de la ética es, por tanto, el de la filosofía práctica. Ésta busca indagar teóricamente en los diversos fundamentos prácticos de las concepciones de la vida buena, para poder determinar cuál es la mejor. Esta es una investigación importante porque, como ha indicado W. D. Ross: “sería erróneo suponer que todas esas convicciones son verdaderas o incluso que todas ellas son coherentes y, más aún, claras. Nuestro objetivo debe consistir en compararlas entre sí y estudiarlas, con miras a determinar cuáles sobreviven mejor a semejante examen y cuáles deben ser rechazadas, sea porque en sí mismas están mal fundadas, sea porque contradicen otras convicciones que están mejor fundadas, y aclarar, en la medida de lo posible, las ambigüedades que se esconden en ellas”[5]

[1] Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 15-16.

[2] Robert Spaemann. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 30-31.

[3] Toda esta sección ha sido tomada de: Rodríguez Luño, Ángel, Ética, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2009/voces/etica/Etica.html

[4] Martin Rhomheimer, La persectiva de la moral.

[5] W. D. Ross, Fundamentos de Ética, Charcas, p.1