Posverdad y educación: sin claridad a lo que enfrentamos

El término posverdad tiene muy poco de haber entrado en nuestro lenguaje. Desde que en 2016 la palabra post-truth ingresó en el Oxford English Dictionary, su inclusión dentro de los diccionarios de diversas lenguas se ha ido propagando ininterrumpidamente. La palabra en cuestión hace referencia a aquellos sucesos que denotan experiencias en las que la apelación a los sentimientos y las creencias individuales son más importantes en la formación de la opinión pública, que los hechos reales.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 12 de diciembre de 2018 en La Industria

Tras la posverdad. Bienvenidos a la era de la posveracidad

El fenómeno de la posverdad viene siendo largamente comentado. Una muestra de ello es el reciente suplemento dominical del diario El Comercio. La publicación es buena, y lo que propone es interesante desde el punto de vista ético: hay que despertar y desarrollar el pensamiento crítico, porque estamos dejando de discernir lo verdadero de lo falso. Para quien quiera saber algo sobre mis propios análisis de esta cuestión le animo a que busque mi página personal: ethics.live.

Tras todo lo indicado sobre la posverdad en estos meses, sabemos que la posverdad se encuentra en el extremo opuesto a la honestidad, muy cercana a la mentira. Observando las consecuencias inmediatas de ella, vemos que la época de la posverdad ha dado paso a una fragilidad de la confianza en la sociedad y el discurso público. La posverdad ha generado posveracidad, y este es el nuevo fenómeno al que nos enfrentamos en la actualidad. Keyes lo explica bien en su libro The Post-Truth Era (2004) al afirmar que la desconfianza ante el potencial ocultamiento de la verdad hace que los discursos, personales o públicos, se vuelvan cada vez menos creíbles, no por el contenido transmitido –que puede ser cierto, e incluso científicamente demostrado–, sino porque se espera que sirvan a un fin oculto, que no es el deseado por el receptor del mensaje.

En la nueva era de la posveracidad la atención del oyente estaría más en aquello que no se dice explícitamente, en un intento por desvelar las intenciones de la persona que transmite el mensaje. Podríamos decir que esta nueva era se origina en un fenómeno psicológico que se da en el oyente, derivado de vivir en la era de la posverdad: la actitud de restarle crédito o veracidad al discurso sin prestar suficiente atención al contenido de este.

Para algunos de los que hemos seguido los eventos relacionados con la posverdad en los últimos años, las interpretaciones de Keyes parecen ser muy correctas. No quiero referirme a ningún pretendido engaño en los discursos de los personajes públicos, aunque sí pudieran darse muchos casos. Hablo aquí de la actitud y disposición de quienes recibimos el mensaje, es decir, de lo que nos corresponde como oyentes y posibles practicantes de la posveracidad. Esto es importante porque la determinación de nuestra participación al conjunto social deriva de nuestras interpretaciones de los discursos, políticos, sociales o interpersonales. La posveracidad no es menos perjudicial que la manipulación de la verdad que ha podido producir la “era de la posverdad”, sino que puede potenciarla hasta más allá de límites insospechados.

¿Pero todo lo ocurrido tiene realmente alguna relación con el ámbito personal? ¿No nos excede? ¿Acaso el ámbito político no está demasiado lejos de nuestras propias decisiones personales? Puede parecer que la determinación de la participación personal carece de importancia en un proceso social en el que existen miles de factores. Esta idea puede verse potenciada si pensamos que los votos que establecen el último resultado son lo único valioso. Esto llevaría a concluir que nuestro aporte no es significativo. Pero el problema de la posveracidad no es un asunto sólo de resultados electorales, sino de cómo se ha recorrido el camino hasta llegar a tales resultados. No es cuestión de que gane una u otra postura. Es un tema de la honestidad con la que se hacen las cosas, y eso compete de algún modo a todos los que conformamos la sociedad.

Una versión de este artículo fue publicada el 6 de diciembre de 2018 en Posición.pe

 

Alfie Evans. Cuando la tiranía decide cómo y cuándo se debe morir

Los que amamos la vida humana estamos conmocionados por el caso de Alfie Evans, ocurrido hace pocos días en Inglaterra. Alfie era un niño de Liverpool, tenía casi dos años de edad, y sus padres –Kate James y Tom Evans– habían notado desde los primeros meses que su hijo sufría de unos síntomas preocupantes. Acudieron a los médicos para que se le hiciese una serie de pruebas, las cuales no pudieron ser concluyentes sobre qué le ocurría.

El tiempo iba pasando y Alfie empeoraba hasta el punto de verse sometido a complejos cuidados que incluían un respirador artificial, y soporte para suministrarle alimento e hidratación. Para entonces estaba claro que el niño sufría alguna clase de enfermedad neurodegenerativa que podría acabar con su vida en cualquier momento. Los médicos, del Alder Hey Hospital en Liverpool, afirmaron a los padres que ya no podían hacer nada más por su hijo.

Al parecer el cerebro del niño estaba tan comprometido que jamás podría ver, oír o comunicarse. También que era muy poco probable que éste pudiera conocer algo de su entorno. La descripción arrojaba un resultado medianamente claro: Alfie se encontraba en un estado “semivegetativo”. La enfermedad seguiría su curso, la degeneración cerebral le quitaría la vida, pero él aún no estaba muerto.

Los padres de Alfie, como cualquier padre que ama a sus hijos, no quisieron conformarse con esta sentencia. Era claro que en el Alder Hey Hospital no podrían encontrar una salida, pero ¿por qué no buscarla en otro lado? Fue entonces cuando requirieron llevarse al niño a Roma, al Hospital Pediátrico Bambino Gesù. Para su sorpresa, la solicitud del traslado de su propio hijo fuera del hospital inglés fue denegada.

Los esfuerzos de los padres de Alfie por intentar cualquier cosa –alguna posibilidad que fuera diferente al Alder Hey Hospital de Liverpool– fueron vanos. Entre tales tentativas estuvo el viaje de Tom a Roma para suplicar al Papa que pudiera hacer algo por su hijo. Francisco, después de escucharlo, indicó que se encontraba conmovido por las oraciones y la amplia solidaridad en favor del pequeño Alfie Evans, e hizo un llamamiento para que se escuche el sufrimiento de sus padres y se cumpla su deseo de intentar nuevos tratamientos. Alfie obtuvo la nacionalidad italiana.

Los especialistas del Hospital Pediátrico Bambino Gesù estaban dispuestos a trasladar al niño desde Liverpool hasta Roma sin costo alguno para la seguridad social británica. En todo caso, si el tratamiento en el hospital italiano no tenía éxito, se contaba aun con la posibilidad de un traslado a Múnich.

Pero ni con todo esto se pudo superar e veredicto de muerte de los jueces Anthony Hayden y Eleanor King. Ésta última expuso que el abogado de la familia no había podido demostrar que el traslado pudiese ser razonable. Alegó, además, que habría una serie de dificultades que la familia Evans no había contemplado derivados del hecho de permanecer en tales países sin familiares que les pudieran atender. Por su parte, Hayden indicó que su fallo negativo representaba el capitulo final en la vida Alfie.

Para los jueces la ley justificaba anular cualquier intento de los padres por buscar una alternativa. Sentenciaron, respaldando al sistema nacional de salud, que morir era lo mejor para el niño, sin intentar los tratamientos ofrecidos, libres de costo para la sanidad pública. Lo que siguió fue terrible. Aunque las narraciones de los últimos días de vida de Alfie tienen diversos orígenes, es posible armar una cierta cronología que, además, desvela ciertas irregularidades médicas.

Alfie fue “desconectado” totalmente. Le detectaron una infección pulmonar que los médicos no intentaron curar. Supusieron que moriría en minutos. No fue así. Pasó varias horas de agonía. El padre pidió, visto lo ocurrido, que le fueran devueltos a Alfie todos los suplementos vitales. Se conectó nuevamente la criatura a la alimentación e hidratación, pero después de 36 horas. Los médicos no accedieron a incorporar nuevamente el respirador artificial. Se le administró el oxigeno necesario para su respiración autónoma, varias horas después de todo esto. Por este motivo, el padre intentó, en algún momento, llevar oxigeno a su hijo. El hospital no lo permitió. Doloroso y perturbador final justificado en la sentencia de jueces que, interpretando la ley, estimaron que esto era lo mejor para el niño.

Algunas fuentes inglesas hablan del padre dando respiración boca a boca a Alfie, desesperado por mantenerlo vivo en los peores momentos de esta agonía. Por otro lado, medios italianos indican que a las dos de la mañana del 28 de abril, cuando la saturación de oxigeno de Alfie parecía buena y estable, se le suministraron unos medicamentos. Media hora después el niño moría.

Hay tanto para discutir sobre la muerte de Alfie que no es posible manifestarlo todo ahora. Espero poder decir algo más en otro artículo. Sin embargo, creo que muchos comparten conmigo el dolor por una muerte que desprende olores a injusticia, sobre todo cuando se impone por la fuerza un criterio tiránico que determina el modo como debe morir un ser humano.

Algunos podrán afirmar que hay cientos de niños que mueren todos los días, o que la cantidad de recursos para salvar a éste en particular, en comparación a otros, parece desmedida. Quienes razonan así no han entendido el fondo del asunto. Se ha dictado el destino final de la vida de un niño sin el consentimiento de sus progenitores, y lo ha hecho un Estado, decidiendo dónde y cómo debía morir. Si el deseo de sus padres era intentar que viviese, o que muriese, en otro lugar, con otros tratamientos, en un ambiente que les parecía más propicio, tomando ciertos riesgos –que al parecer también eran asumidos por el hospital italiano– ¿por qué no permitírselo? ¿por qué no dejar que lo intenten? Ha triunfado la tiranía, y nos ha dejado con el amargo sabor de que, cuando menos, la libertad humana ha sido nuevamente derrotada.

Una versión de este artículo fue publicada el 3 de mayo de 2018 en Posición.pe

 

Verdad y política: La posverdad, un año despúes

Hace poco más de un año Oxford Dictionaries introdujo el término post-truth, al declararlo “Palabra del año 2016”. Su aceptación se debió a su gran uso público durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Al poco tiempo, la Sociedad de la Lengua Alemana declaró postfaktisch como la palabra de ese mismo año.

El significado de post-truth se refiere a algo que denota unas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones y creencias personales. Bajo estos términos, quien desee influir en la opinión pública deberá concentrar sus esfuerzos en la elaboración de discursos fáciles de aceptar, insistir en lo que puede satisfacer los sentimientos y creencias de su audiencia, más que en los hechos reales.

En la actualidad, la presencia del término post-vérité en el diccionario francés Le Robert illustré no nos puede extrañar. Tampoco nos debe impresionar que la Real Academia de la Lengua Española haya cedido, finalmente, a hacer lo mismo con la palabra posverdad, después de su gran uso en los medios de comunicación.

Los hechos relacionados con la posverdad han despertado, a lo largo de este año, una mezcla de interés e indignación a través de miles de artículos en la prensa. La época que vivimos ha sido catalogada por muchos analistas como la era de la posverdad, no por los galardones de esta palabra, sino porque parecía que, súbitamente, el mundo había despertado para darse cuenta de la existencia del engaño político.

En algunos artículos –como “El año de la posverdad” en este mismo medio– he apuntado hacia la responsabilidad que tenemos por lo que ocurre. Mientras que en otros –como en las dos partes de “Instruir para la deshumanización y la intolerancia”– he intentado identificar las ideologías que hay detrás de este asunto.

En el plano personal nos quejamos de que nos engañen, pero no pocas veces dejamos de prestar atención a lo que hacemos con las palabras que pronunciamos, los correos que escribimos, o los mensajes de Instagram, Facebook y Twitter que propagamos, etc.

Manipulamos todas estas cosas a nuestro antojo. Sien embargo, no hay fin que justifique una mentira, como tampoco le debemos la verdad al primero que se nos acerque. En esta oportunidad, después de lo escrito, me parece importante recalcar que el uso político del término posverdad: la post-truth politics o “política de la posverdad”.

Los problemas que tenemos en la asociación entre la verdad y la política son viejos como la humanidad misma. Derivan de la idea antes indicada sobre la responsabilidad. Pero, los escenarios políticos que transmite la prensa, en cualquier lugar del mundo, pueden hacernos recordar lo que Nicolás Maquiavelo escribió: “Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad, que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”.

Para el pensador italiano el secreto del gobernante estaba en su capacidad de engaño. Es decir, en faltar a la verdad como fruto de aparentar unas virtudes que no se tienen. El líder maquiavélico ofrece una imagen apta para ser aceptada, pero que puede ser contraria a la realidad.

El “político de la posverdad” está hecho bajo un molde maquiavélico. A éste no le importa la negación de los hechos o de la evidencia. Sin la menor precaución ni decencia defiende contradicciones en conferencias de prensa y comparecencias públicas. Sólo le importa mantener el poder.

Pero la apariencia no es suficiente. Para el maquiavelismo el engaño no es posible sin otros dos componentes. El primero es saber tocar con exactitud las teclas de la necesidad del pueblo. Es decir, conocer sus deseos, adelantarse a ellos y, en base a tal información, poder dirigirlos a su antojo. En nuestro mundo actual, con la información que hemos puesto a disposición en Internet, esto no es tan difícil.

El otro componente maquiavélico es más complicado, y va más al fondo de la cuestión sobre la verdad. Para tener poder no sólo hay que saber tocar las teclas de las necesidades del pueblo. También hay que saber forjarlas. Esta tarea implica volver a la gente incapaz de expresar deseos elaborados, complejos, o de cierta categoría intelectual. El pueblo sujeto a unas cuantas necesidades básicas es fácil de dominar. Pan y circo se diría en otros tiempos.

En nuestros días, la tarea de mantener a la sociedad bajo los efectos del maquiavelismo está relacionada con los medios de entretenimiento. Un interesante ejemplo de esto se observa en el documental “Les Bleus. Une autre histoire de France”, de Pascal Blanchard, que muestra cómo la selección francesa de fútbol fue utilizada como pantalla política entre 1996 y 2016. La algarabía de los mejores años de esta selección llevaron al olvido de los graves problemas que aquejaba la sociedad francesa, y que han agravado el actual drama del terrorismo. Los modos de evadir la realidad, siempre han llevado a complicar la búsqueda de la verdad, para luego decir que ésta no existe, o que no puede ser conocida.

La expulsión de la verdad del discurso político es parte de todo proyecto maquiavélico de manipulación. Éste sólo puede ser contrarrestado con una educación que instruya en la búsqueda de la verdad, evitando que se enseñe que ésta no puede ser alcanzada.

El escepticismo ha tomado múltiples formas en la historia. Desde estar asociada con el progresismo de tendencia izquierdista, que percibe paranoicamente estructuras de opresión por doquier; hasta relacionarse con las burdas herramientas de propaganda de populistas, y de demagogos de derecha.

La conclusión, ante esta amplitud de posturas en contra de la verdad, es que ésta no se casa con nadie. Quien no la pretenda, la apartará de su programa político, y ya no la tendrá nunca más para sí. Basta que la desprestigie como un instrumento del poder ajeno para que la verdad lo deje en la peor indigencia intelectual.

Este artículo fue publicado el 4 de diciembre de 2017 en Posición.pe

¿Es el relativismo una condición de la democracia?

Contribución desde philosophical impressions.

Estos son dos textos de Joseph Ratzinger que se encuentran en su libro Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista. En ellos defiende la importancia de la verdad para la comprensión de la pluradidad en la sociedad:

¿Es el relativismo una condición de la democracia? (I)

¿Es el relativismo una condición de la democracia? (II)

 

Reflexión filosófica del itinerario de la fe en Abraham

Contribución desde philosophical impressions.

Abraham no desea el sacrificio de su hijo, porque lo más natural es que lo ame, más aún habiendo sido esperado durante tanto tiempo. También confía en Dios, tiene fe en Él, lo ama, le está profundamente agradecido por el niño. Porque tuvo fe en Dios ahora puede amar a su hijo. No es una cuestión de contraposiciones: la obediencia a Dios contra el amor al hijo. Pero sí percibimos una subordinación: el amor al hijo se subordina al amor a Dios, que en el caso de Abraham se comprobará en una prueba irrepetible. Como Thomas Mann hace ver en su relato, la prueba del patriarca es del todo singular, única, no podrá haber otra similar para quien conozca la historia.  [Seguir leyendo]

Crítica al Intuicionismo y uso de la intuición en John Rawls

Contribución desde philosophical impressions.

John Rawls, en la Teoría de la justicia, lleva a cabo una clara exposición, y una aguda crítica, a la teoría del Intuicionismo. Nuestro autor identifica como uno de sus principales problemas, la falta de un criterio de priorización entre los principios que se establecen, para juzgar una determinada situación. El Intuicionismo, ante la falta de un criterio eficiente, apela a la intuición. Este uso de la intuición, a juicio de Rawls es erróneo, porque no resuelve el problema de una concepción común de la justicia entre todos los actores del sistema social. El problema no sería tanto el uso de la intuición, como no ponerle límites. Sin embargo, identificamos en la exposición del filósofo americano, una transposición del momento en que se utiliza la intuición, más que una limitación de la misma. A nuestro parecer, Rawls realiza una aplicación de la intuición, que él mismo justifica con las condiciones que establece para la posición original contractualista. [Seguir leyendo]