Comunicación y posverdad: raíces epistemológicas y consecuencias éticas de un fenómeno mediático

La posverdad es un fenómeno referido a la tergiversación de la verdad en los medios de comunicación, especialmente por la proliferación de noticias falsas. Su introducción en el diccionario de Oxford se debió a su gran uso público, a través de las redes sociales, durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. En las líneas del artículo, he definido, en primer lugar, los principales elementos de este fenómeno, a través de hechos y análisis mediáticos relevantes en el momento de su aparición. Explico que la tendencia ha sido equiparar la posverdad con la mentira, esto es, con decir algo que no es cierto con intención de engañar. Por tanto, se ha entendido la posverdad como un fenómeno cuyo único componente es la tergiversación plenamente deliberada de la verdad por parte de determinados sujetos que componen la comunidad. Sin embargo, planteo una ampliación del marco epistemológico para el análisis de este asunto con la introducción del concepto de charlatanería, sin el cual no es posible entender la intrínseca complejidad de la posverdad, y su repercusión en una comunidad de personas. Uso este concepto en la forma que el filósofo Harry Frankfurt lo expone en su obra Sobre la charlatanería (2013). En ella indica que el charlatán no requiere una excesiva deliberación para comunicar falsedades, y que lo hace sin la intención de mentir. La charlatanería sería especialmente perniciosa porque propiciaría la propagación de falsedades con un mínimo de conciencia sobre la responsabilidad de lo que se lleva a cabo con tales actos.

En la segunda parte, me he concentrado en responder a la cuestión sobre si la gravedad de su principal consecuencia ética, como es el caso de una cierta desconfianza vital frente a diferentes clases de discurso, puede ser comprendida sin el concepto de charlatanería. Sugiero que un marco epistemológico excesivamente teórico de la vida práctica lo impide. Esto se debe a una relativización del valor de la verdad, por efecto de a una interpretación individualista y pragmática de la vida. La causa de esto, según mi punto de vista, es el enfrentamiento de posturas posmodernas sobre el conocimiento y la libertad, contra teorías modernas, como la de Thomas Hobbes, sobre la conformación de una comunidad política. Este filósofo estima que la forma de establecer la paz en un conjunto de individuos es por medio de un contrato social que estipule la renuncia a la satisfacción de los deseos de los seres humanos. Tal contrato debe ser garantizado incluso a través del miedo, puesto que el ser humano no es por naturaleza un ser social. Teorías posmodernas como las de Lyotard y Foucault se enfrentarían a esta idea de conformación de la sociedad convirtiéndola en una mera interpretación al servicio de un poder, llevando a la relativización de todo discurso, que estaría al servicio de los fines de unos cuantos sujetos, de los que habría que desconfiar. En contraste, en la segunda ampliación epistemológica para el análisis de la posverdad, la propuesta de Aristóteles afirma que la justicia natural y la amistad son los pilares de una comunidad, y que sin estos no es posible el asentamiento de una sociedad. Tales cimientos sociales no pueden ser forjados, ni garantizados, por un contrato, por normas, o por meras relaciones de conveniencia, sino a través del cultivo de las potencias del ser humano como un ser que es, por naturaleza, social, dotado de palabra para comunicarse.

Finalmente, en la tercera parte, a modo de conclusión, presento un esbozo sobre cómo la idea clásica de verdad práctica, en un marco racional ampliado para el análisis de la posverdad, tiene como consecuencia un uso coherente del término ético de honestidad. La verdad práctica, tal como la explica Aristóteles en la Ética a Nicómaco, requiere de un ajuste entre medios y fines que no es exclusivamente instrumental, sino que puede estar implicado en el contexto de la deliberación de los fines que llevan a la felicidad. Ésta, según el filósofo griego, requiere, entre sus componentes de la amistad cuyo grado más alto es la que se da entre los seres virtuosos, esto es, entre personas honestas. Por tanto, ayudar a una persona a que lleve a cabo una adecuada reflexión sobre los fines que pueden conducirle en cierta forma a la felicidad, en el contexto deliberativo de la amistad, es un medio para superar el individualismo y el relativismo que provoca fenómenos como la posverdad. La finalidad de este último desarrollo conceptual, en este artículo, es establecer un punto de partida conceptual para la superación de este tipo de problemas sociales.

El artículo será publicado en las Actas del III Congreso Razón Abierta, llevado a cabo en la Universidad Francisco de Vitoria entre el 19 y 21 de septiembre de 2019. Puedes leer la ponencia aquí.

The era of post-truth, post-veracity, ​and charlatanism

Many Spanish journalists and political analysts categorized 2016 as the posverdad year. This word is a translation of post-truth, word of the year in 2016 according to Oxford Dictionaries. Its meaning refers to something that denotes circumstances in which objective facts are not as influential, in terms of forming public opinion, as an appeal to personal emotions and beliefs. Therefore whoever wishes to influence public opinion should concentrate on the creation of discourse that is easy to accept, and place an emphasis on what will satisfy the emotions and beliefs of the audience, instead of real facts.

You can read the rest of the article published on April 23, 2019, in +1. The magazine of the UIC Barcelona

Robert Spaemann: caballero de la concordia, inconforme de su tiempo, y defensor de la verdad

Hace unos días, el pasado 10 de diciembre, el filósofo Robert Spaemann dejó este mundo. Profesor en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich hasta su jubilación en 1992, fue doctorado honoris causa por la Universidad de Friburgo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Había trabajado también en las universidades de Stuttgart y Heidelberg donde se mostró como un caballero de la concordia y, a la vez, un inconforme de su tiempo por ser siempre un claro defensor de la verdad. Rasgos que, al parecer, fueron determinantes de su personalidad, y que se condensan en aquella frase de Goethe que tanto le gustaba: “quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”.

Si echamos una mirada a su propia autobiografía, publicada en español hace tan solo cuatro años, podemos confirmar las características antes mencionadas de este gran pensador católico. Desde los diecisiete años, habiendo realizado sus propias indagaciones sobre lo que ocurría con el pueblo judío al este de Alemania, se enfrentó más de una vez al deseo de muchos de sus mayores de no querer saber nada sobre aquel holocausto. Tal vez porque aquellos profesores no querían ver comprometidas sus consciencias con la realidad. Incluso, a esa misma edad, aún teniendo que rendir el servicio militar obligatorio al servicio del Tercer Reich, prefirió arriesgar la vida provocándose una enfermedad, antes que rendir juramento a la bandera nazi. Claramente Spaemann había nacido para ser un inconforme con las ideas de su tiempo.

Tal era su inconformidad que, muchos años después, consciente de que el discurso sobre los valores de una sociedad puede convertirse en una tiranía, escribirá: “el Tercer Reich se autoproclamó una comunidad de valores. También los comunistas. Habría que reflexionar igualmente sobre el hecho de que se exija a los ciudadanos el reconocimiento de nuestro orden de valores (…). En qué consiste eso de nuestros valores es algo en sí mismo ambiguo, pese a que cada vez es mayor la presión amenazante de lo políticamente correcto”. Porque para Spaemann, hablar de unos valores establecidos, que debían ser respetados por el simple hecho de estar presentes en la vida social, no era suficiente para dar cuenta de la realidad humana.

El respeto de lo políticamente correcto sin más justificación que el deseo de muchos de no contristar con los demás, en desmedro de la verdad, no estuvo nunca entre los principios vitales de este profesor de filosofía. Sin embargo, y en contra de lo que alguno pudiera pensar hasta este momento, Robert Spaemann era un caballero de la concordia, detalle de su carácter que no podrá entenderse jamás sin su inconformidad y pasión por la verdad. Porque sólo los conformistas piensan que para ser cordial hay que dejar de hablar, fuerte y claro, sobre lo que es verdadero.

El arribo de Spaemann a Stuttgart no pudo estar más cargado de contrariedad. Llegaba para reemplazar en la cátedra a un profesor, Max Bense. Éste enseñaba ideas contrarias a los principios de la Universidad en la que trabajaba y, por tanto, también enfrentadas a las ideas de Spaemann. La solución de la institución no fue despedir al profesor disidente -entre otras cosas porque no le convenía a esta universidad- sino más bien crear una cátedra paralela, de más prestigio, en la que enseñaría Spaemann, el profesor recién llegado. No quiso esperar los desencuentros protocolarios y fue a buscar los suyos propios. Fue al Instituto y esperó a Bense en la puerta. Al llegar éste le preguntó: “¿Qué hace usted aquí?”. Spaemann le respondió: “Señor Bense, me han dicho que no quería hablar conmigo, pero preferiría oírlo de usted mismo”. Ese fue el inicio de un respetuoso trato entre ambos, no exento de dificultades. Pero Spaemann no tardó en pedir a la universidad que se le diera a la cátedra de Bense el mismo prestigio que la suya, devolviéndole el honor que se le había quitado.

La mirada de Spaemann estuvo siempre fija en la realidad. No permitió nunca que la futilidad vital y la falta de rigor intelectual pudieran ser un obstáculo para respetarla. Esa fue la raíz de su inconformismo, y de su cordialidad. Porque la paz no se puede forjar sobre la mentira, o la media verdad, o sobre una falsa concordia que pacta con lo que puede destruir al ser humano. De ahí, también, sus certeras críticas a las estructuras de la cultura de la muerte: el aborto y la eutanasia.

Robert Spaemann, amante de Dios hasta el punto de empeñar gran parte de su inteligencia y corazón en la composición sus propios comentarios a los Salmos, se nos ha ido. Tras de si deja un legado intelectual y vital que se resume en la defensa de la verdad y la vida, de una lucha contra el relativismo y la indiferencia, de una búsqueda de las mejores explicaciones para dar cuenta de aquello que no puede ser callado por lo políticamente correcto. Descanse en paz maestro de la cordial defensa de la verdad.

Este artículo fue publicado el 14 de diciembre de 2018 en Posición.pe

Contra el individualismo: educar en la verdad

Educar es una cuestión que requiere mucha seriedad y una gran cuota de sentido del humor. Lo primero es importante porque el destino de los pueblos –de los nuestros– se juega en tal actividad. De la educación de las generaciones presentes depende el futuro de la sociedad. La educación se dirige a individuos que deben ser conscientes de la irrenunciable responsabilidad que implica vivir con los demás. Por esto, el individualismo que propugna una libertad sin compromisos lo único que hace es aniquilar el destino de un pueblo. La cuota de buen humor es necesaria para que semejante compromiso educativo no aplaste a aquellos que persistimos en esta tarea.

Para el individualismo la libertad debe ser absoluta, o cuando menos debe tender a esa absolutización, tratando de borrar los límites que impiden que los deseos individuales alcancen lo que apetecen. Para el individualismo, todos los deseos, cualesquiera y de cualquier persona, tienen el mismo valor. Ninguno es más cierto que el otro. Propone, de este modo, una igualdad de los deseos sobre la que se debe decidir social y políticamente. Con esto, el individualismo nos reduce sólo a deseos, y socaba la humanidad. Nos deja a merced de nuestras apetencias, esperando que las leyes impuestas nos fuercen a vivir en paz. Equilibrio sumamente frágil que en la práctica termina convirtiéndose en violencia que busca que unos deseos prevalezcan sobre otros.

La ingenua utopía individualista pierde de vista que, tal como ha expresado el filósofo Simon Blackburn,  “los mapas pueden trazarse de muchísimas maneras, pero ninguno induce a delegar toda la autoridad sobre lo que significa en la variada subjetividad de sus diferentes usuarios”. Es claro que requerimos de dos cosas: la autoridad de nuestras decisiones y los mapas de nuestra naturaleza. El hombre no es solo un animal que se deja llevar por sus impulsos, trasciende su mundo inmediato, busca la verdad porque puede pensar más allá de ellos.

El pilar de la educación es –o debería ser– la búsqueda de la verdad. No hacerlo es la peor deshumanización. Educar en la verdad es enseñar al ser humano quién es en realidad, a fijarse en su naturaleza, y a buscar en ella quién es. Pero no a todos gusta la verdad, y otros quieren eliminarla pensando que ya la poseen. El sofista no cree en la verdad, pero piensa que ya la posee.  Cree tener la más absurda de las “verdades”: no hay verdad.

Los sofistas griegos tal vez alcanzaron cierto dominio sobre sus semejantes, pero no consiguieron un gran aporte para la humanidad. No educaron en absoluto. Pero fue su actitud la que produjo el arrebato de Sócrates para evidenciar sus errores, derribar sus mitos, y superar los viejos cuentos de brujas que hacen que la gente se sume en el miedo, en la inmovilidad.

Necesitamos más personas como Sócrates, ya que no hemos superado la era de los mitos, de los cuentos que pretendían oscurecer el pasado, debilitando el presente y conduciendo hacia un futuro lleno de promesas, que lamentablemente no tienen sustento. Tenemos nuevas fábulas contemporáneas: el mito de que las ciencias representan el bálsamo de la humanidad, como si se bastaran ellas mismas para dar al hombre la superación de sus limitaciones. ¿Podrán las ciencias, y sólo ellas con sus métodos, enseñarnos lo que es justo, a amar de verdad, a ser honrados y dar la vida por el prójimo? Al convertirlas en el nuevo mito, no hacemos más que volverlas el nuevo opio del pueblo, que somete su pensamiento a una falsa esperanza de alcanzar una mejor sociedad con ellas.

También tenemos el mito de la igualdad absoluta, que intenta eliminar toda diferencia, desfigurando el sentido de identidad que en realidad procede de la naturaleza que nos permite actuar por el bien común. ¿Podrá la idea de igualdad absoluta darnos una esperanza de dejar nuestra propia huella en este mundo? Si lo que cuenta es que somos iguales, y nuestras opiniones tienen el mismo valor ¿por qué molesta tanto que mi opinión sea que somos diferentes y que esa diferencia se asienta en una naturaleza común? Si la igualdad lo es en todos los sentidos sin excepción, entonces no tiene sentido dialogar, porque la verdad ya estaría dicha de antemano, y sería que no es posible conversar sobre nuestras diferencias. Habría sólo que aceptarlas sin pensar en ellas. Sería el imperio de la sinrazón.

Finalmente, está el ya comentado mito sofista de la no existencia de la verdad que te dice ríndete a lo que ves y no lo pienses. Los sofistas surgieron antes y ahora también los encontramos. Los contrarrestarán los nuevos “Sócrates” que precisamente se concentran en meditar sobre el presente, sobre la realidad, sobre sus fundamentos, sobre la naturaleza humana. Nuevos “Sócrates” que, amparados en el sentido del humor que requiere la labor de educadores, se ríen de las contradicciones tan absurdas de los nuevos mitos contemporáneos, nuevas superestructuras del pensamiento que agostan la vida.

La persona para alcanzar la verdad no puede simplemente conocerla, debe identificarse con ella, debe comprometerse y dejar que ella informe su existencia. Eso es educar en la verdad, y ser educado por ella. El dialogo racional es el ámbito donde nace y se desarrolla la sabiduría, donde existe un intercambio de pareceres y opiniones en la búsqueda de la verdad.

La verdad, además, impulsa a actuar, porque el diálogo ilumina nuevas metas a las que podemos tender todos juntos en sociedad. Educar en la verdad lleva a convertirse en el testigo de ella, dar testimonio de su importancia, porque ésta provoca el pensamiento de los demás, es un incentivo a preguntarse por las cosas. No temamos cuestionar los mitos contemporáneos del individualismo, y contrarrestemos el nuevo sofismo con el buen humor, y la sana sonrisa, que nos proporciona el deseo de buscar la verdad, y educar en ella.

Este artículo fue publicado el 3 de enero de 2018 en Posición.pe

Verdad y política: La posverdad, un año despúes

Hace poco más de un año Oxford Dictionaries introdujo el término post-truth, al declararlo “Palabra del año 2016”. Su aceptación se debió a su gran uso público durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Al poco tiempo, la Sociedad de la Lengua Alemana declaró postfaktisch como la palabra de ese mismo año.

El significado de post-truth se refiere a algo que denota unas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones y creencias personales. Bajo estos términos, quien desee influir en la opinión pública deberá concentrar sus esfuerzos en la elaboración de discursos fáciles de aceptar, insistir en lo que puede satisfacer los sentimientos y creencias de su audiencia, más que en los hechos reales.

En la actualidad, la presencia del término post-vérité en el diccionario francés Le Robert illustré no nos puede extrañar. Tampoco nos debe impresionar que la Real Academia de la Lengua Española haya cedido, finalmente, a hacer lo mismo con la palabra posverdad, después de su gran uso en los medios de comunicación.

Los hechos relacionados con la posverdad han despertado, a lo largo de este año, una mezcla de interés e indignación a través de miles de artículos en la prensa. La época que vivimos ha sido catalogada por muchos analistas como la era de la posverdad, no por los galardones de esta palabra, sino porque parecía que, súbitamente, el mundo había despertado para darse cuenta de la existencia del engaño político.

En algunos artículos –como “El año de la posverdad” en este mismo medio– he apuntado hacia la responsabilidad que tenemos por lo que ocurre. Mientras que en otros –como en las dos partes de “Instruir para la deshumanización y la intolerancia”– he intentado identificar las ideologías que hay detrás de este asunto.

En el plano personal nos quejamos de que nos engañen, pero no pocas veces dejamos de prestar atención a lo que hacemos con las palabras que pronunciamos, los correos que escribimos, o los mensajes de Instagram, Facebook y Twitter que propagamos, etc.

Manipulamos todas estas cosas a nuestro antojo. Sien embargo, no hay fin que justifique una mentira, como tampoco le debemos la verdad al primero que se nos acerque. En esta oportunidad, después de lo escrito, me parece importante recalcar que el uso político del término posverdad: la post-truth politics o “política de la posverdad”.

Los problemas que tenemos en la asociación entre la verdad y la política son viejos como la humanidad misma. Derivan de la idea antes indicada sobre la responsabilidad. Pero, los escenarios políticos que transmite la prensa, en cualquier lugar del mundo, pueden hacernos recordar lo que Nicolás Maquiavelo escribió: “Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad, que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”.

Para el pensador italiano el secreto del gobernante estaba en su capacidad de engaño. Es decir, en faltar a la verdad como fruto de aparentar unas virtudes que no se tienen. El líder maquiavélico ofrece una imagen apta para ser aceptada, pero que puede ser contraria a la realidad.

El “político de la posverdad” está hecho bajo un molde maquiavélico. A éste no le importa la negación de los hechos o de la evidencia. Sin la menor precaución ni decencia defiende contradicciones en conferencias de prensa y comparecencias públicas. Sólo le importa mantener el poder.

Pero la apariencia no es suficiente. Para el maquiavelismo el engaño no es posible sin otros dos componentes. El primero es saber tocar con exactitud las teclas de la necesidad del pueblo. Es decir, conocer sus deseos, adelantarse a ellos y, en base a tal información, poder dirigirlos a su antojo. En nuestro mundo actual, con la información que hemos puesto a disposición en Internet, esto no es tan difícil.

El otro componente maquiavélico es más complicado, y va más al fondo de la cuestión sobre la verdad. Para tener poder no sólo hay que saber tocar las teclas de las necesidades del pueblo. También hay que saber forjarlas. Esta tarea implica volver a la gente incapaz de expresar deseos elaborados, complejos, o de cierta categoría intelectual. El pueblo sujeto a unas cuantas necesidades básicas es fácil de dominar. Pan y circo se diría en otros tiempos.

En nuestros días, la tarea de mantener a la sociedad bajo los efectos del maquiavelismo está relacionada con los medios de entretenimiento. Un interesante ejemplo de esto se observa en el documental “Les Bleus. Une autre histoire de France”, de Pascal Blanchard, que muestra cómo la selección francesa de fútbol fue utilizada como pantalla política entre 1996 y 2016. La algarabía de los mejores años de esta selección llevaron al olvido de los graves problemas que aquejaba la sociedad francesa, y que han agravado el actual drama del terrorismo. Los modos de evadir la realidad, siempre han llevado a complicar la búsqueda de la verdad, para luego decir que ésta no existe, o que no puede ser conocida.

La expulsión de la verdad del discurso político es parte de todo proyecto maquiavélico de manipulación. Éste sólo puede ser contrarrestado con una educación que instruya en la búsqueda de la verdad, evitando que se enseñe que ésta no puede ser alcanzada.

El escepticismo ha tomado múltiples formas en la historia. Desde estar asociada con el progresismo de tendencia izquierdista, que percibe paranoicamente estructuras de opresión por doquier; hasta relacionarse con las burdas herramientas de propaganda de populistas, y de demagogos de derecha.

La conclusión, ante esta amplitud de posturas en contra de la verdad, es que ésta no se casa con nadie. Quien no la pretenda, la apartará de su programa político, y ya no la tendrá nunca más para sí. Basta que la desprestigie como un instrumento del poder ajeno para que la verdad lo deje en la peor indigencia intelectual.

Este artículo fue publicado el 4 de diciembre de 2017 en Posición.pe

¿Es el relativismo una condición de la democracia?

Contribución desde philosophical impressions.

Estos son dos textos de Joseph Ratzinger que se encuentran en su libro Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista. En ellos defiende la importancia de la verdad para la comprensión de la pluradidad en la sociedad:

¿Es el relativismo una condición de la democracia? (I)

¿Es el relativismo una condición de la democracia? (II)

 

Seminario: Cuestiones éticas fundamentales sobre la llamada “era de la posverdad”

El término posverdad, en inglés post-truth, captó la atención de los medios de información entre los años 2016 y 2017, casi de modo exclusivo. La finalidad de nuestro seminario es estudiar este fenómeno a la luz de los conceptos éticos y morales de libros de Harry Frankfurt y Robert Spaemann que anunciamos al final de la introducción a este tema.

Al final del seminario deberás entregar un ensayo de características similares al del primer seminario, o un video de presentación. Para el caso del ensayo, las pautas de calificación pueden encontrarse aquí. Por otro lado, para la realización del video de presentación, se enuncian unos cuantos  criterios más adelante.

Es importante indicar que en ambos modos de trabajar (ensayo o video) no se trata de repetir lo explicado en clase. Sin embargo, los libros propuestos -de Spaemann y Frankfurt- deben tener un papel importante en la exposición. Tu opinión y capacidad de diálogo es fundamental, tanto como el uso de los conceptos que se explicarán en las sesiones del seminario.

Los criterios para la elaboración del video son:

  • Estructura básica del video: una presentación del alumno(a), lo más profesional posible, siguiendo el siguiente esquema básico:
    1. Nociones de la posverdad: ¿Qué es? ¿Cómo ocurrió? ¿Por qué ha sido tan importante? ¿Debemos tomarnos en serio esta idea?
    2. Noticia(s) de prensa escrita en la(s) que la exposición se apoya para hablar sobre la posverdad.
    3. Concepto(s) básico(s) con los que se desea analizar tales noticias. Se trata de elegir algunos pocos conceptos de los explicados en clase, no todos. Incluye el analisis que es la parte fundamental del trabajo.
    4. Apreciaciones personales y conclusiones.
  • Contenido del video: el (la) alumno(a) debe filmarse a sí mismo(a) en el video realizando la exposición. Puede apoyarse en otros elementos: pizarra, rotuladores, presentaciones en PowerPoint o Prezi, etc. Si hace uso de otros videos de apoyo, la duración de los mismos no contará como tiempo de exposición.
  • Tiempo y participante(s): la exposición debe durar entre 5 y 10 minutos. La presentación del video es individual. El trabajo puede ser hecho por dos personas sólo si la originalidad del proyecto, o el tiempo del mismo (aprox. 15 minutos) lo amerita. En todo caso, si es hecho de este modo, ambos(as) participantes deben presentarse exponiendo.
  • Entrega del video: El video de la presentación debe ser almacenado en alguna plataforma online (Dropbox, GoogleDrive, OneDrive, etc.) y guardarse en modo compartido. Se enviará sólo el enlace (link) del video almacenado en la plataforma al jefe de cada grupo, que reenviará los links de los miembros de su grupo en un único mail al profesor en el siguiente formato.

Recursos sobre la posverdad

La introducción del término post-truth (posverdad), en el diccionario de Oxford, se anunció junto con la aceptación de otras palabras a través de este video:

 

El término no es nuevo. Ya en 1992 el periodista Steve Tesich lo utilizó en un artículo para la revista The Nation. Tesich, escribiendo sobre los escándalos de Watergate y la Guerra de Irak, indicó que de algún modo hemos aceptado vivir en una era en la posverdad.

captura-de-pantalla-2016-12-20-a-las-11-06-05Posteriormente Ralph Keyes escribió en 2004 el libro titulado The Post-Trut Era. En él, Keyes explica que nos encontramos en esta época de defección de la verdad porque hemos pactado con la deshonestidad. En la era de la posverdad, se han difuminado las fronteras entre la verdad y la mentira, la honestidad y la deshonestidad, la ficción y la no ficción. Engañar a otros se ha convertido en un desafío, un juego y, en última instancia, un hábito.

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Después de su introducción en el diccionario de Oxford, la palabra post-truth encontró rápida acogida en Wikipedia. En inglés el término hace referencia directa al contexto en el surgió esta palabra. Por este motivo se mantiene su equivalencia con la post-factual politics.

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En la versión en español de Wikipedia se indica que la posverdad difiere de la tradicional disputa y falsificación de la verdad. Se resume como la idea en la que algo aparente sea verdad es más importante que la propia verdad. Para algunos autores la posverdad es sencillamente mentira, estafa o falsedad encubiertas con el término políticamente correcto de posverdad que ocultaría la tradicional propaganda política.

Algunos expertos como Francis Fukuyama han empleado el término posverdad para referirse a la pérdida de autoridad de las instituciones:

 

A continuación presentamos algunos artículos de opinión sobre la era de la posverdad enlazados a algunos tweets. Puedes elegir entre éstos u otros para realizar el análisis que expondrás en tu video.Si no te es posible verlos, haz click en el link para ir a la cuenta de Twitter donde encontarás las noticias.

El anuncio de la era de la posverdad empezó con esta noticia: