Instituto Razón Abierta: Encubrimiento y verdad. Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual

Presentamos a continuación dos videos de los profesores Jorge Martín Montoya Camacho y José Manuel Giménez Amaya, entrevistados desde el Instituto Razón Abierta de la Universidad Francisco de Vitoria, explicando la publicación de su reciente libro.

“Encubrimiento y verdad” es el título del libro que han escrito Jorge Martín Montoya y José Manuel Giménez Amaya, ambos profesores de la Universidad de Navarra, con el subtítulo “Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual”. Qué nos pasa, qué miramos, qué dejamos de ver y qué futuro nos espera son los grandes epígrafes de esta publicación que van en sintonía con la ampliación de los límites de las ciencias del Instituto Razón Abierta.

José Manuel Giménez, el escritor del libro “Encubrimiento y verdad. Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual”, junto con el profesor Jorge Montoya, presenta el narcisismo como una de las principales heridas del siglo XXI. En un contexto en el que el cuerpo se entiende como una suma de partes disgregadas en vez de una unidad vital, y se rechaza el sentido de contingencia propiamente humano.

Video de la presentación del libro: «Encubrimiento y verdad. Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual»

Seminario del Grupo Ciencia, Razón y Fe.
Pamplona, 20 de octubre de 2021

Resumen
El encubrimiento de importantes verdades está desatando hoy consecuencias destructivas para la vida humana a niveles antropológicos y éticos. Este encubrimiento comenzó a fraguarse en los inicios de la modernidad, y la posmodernidad no ha hecho sino opacarlas aún más ahondando en ese olvido o confusión. Detrás de esto parece que se esconde un juego de poder que desde hace ya un tiempo no tiene nada de lúdico o tentativo, y sí mucho de cínico e hipnótico. El libro Encubrimiento y verdad: algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actualbusca ofrecer un marco conceptual para el desvelamiento de esta dinámica hablando de lo que nos pasa y de lo que nos espera, así como de lo que nosotros miramos, o dejamos de ver. No habla solo de ideas, ni solo de diagnósticos de algo ajeno al investigador. Se tratan problemas de los que todos somos, en alguna medida, responsables: y los filósofos no menos que los científicos, ni los creyentes menos que los increyentes.

Fuente: Web del Grupo CRYF

Participantes:

  • Jorge Martín Montoya Camacho, profesor de Historia de la filosofía contemporánea, Ética y Antropología de la Universidad de Navarra.
  • José Manuel Giménez Amaya, profesor ordinario de Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra y fellow de la “International Society for Science and Religion”.
  • Sergio Sánchez-Migallón, decano de la Facultad Eclesiástica de Filosofía.
  • Javier Sánchez Cañizares, director del Grupo Ciencia y Razón (CRYF).

Claves para el pensar y vivir cristiano en el mundo actual

¿Qué se demanda a los cristianos en un mundo como el nuestro? Esta pregunta surge imperiosa ante el contrastado alejamiento de Dios como un fenómeno de masas, tal como ya advirtió Leonardo Rodríguez Duplá, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. Se ha intentado resolver este problema desde muchos puntos de vista, pero acometerlo desde la perspectiva intelectual se ha vuelto una necesidad. En gran medida, la batalla contra el poscristianismo hay que librarla en el campo de las ideas.

Los seres humanos debemos pensar la realidad de un modo responsable y comprometido, como dice el catedrático de la Universidad Pontificia Comillas Miguel García-Baró. Por esto, los cristianos tenemos la obligación de pensar la fe y de debatir con argumentos las cuestiones planteadas en el mundo actual, dando prioridad al diálogo entre la fe y la cultura.

Se puede seguir leyendo el artículo en Alfa & Omega.

También en su versión impresa, a continuación:

Encubrimiento y verdad: algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual

Como dice en la presentación de esta obra el profesor Javier Sánchez Cañizares, director del Grupo Ciencia, Razón y Fe (CRYF) de la Universidad de Navarra, los autoreshan tomado sobre sí, cada uno, la plena responsabilidad respecto de las verdades en las que sostienen a diario sus vidas. Han aceptado el desafío de acoger valientemente el empeño de pensar los problemas actuales, de modo interdisciplinar, para intentar iluminar los retos que presenta la sociedad de nuestros días.

Es por esto que el profesor Sergio Sánchez-Migallón señala en el prólogo de este libro que Jorge Martín Montoya Camacho y José Manuel Giménez Amaya «se comprometen con sus páginas porque hablan de lo que nos pasa y de lo que nos espera, así como de lo que nosotros miramos o dejamos de ver. No se habla aquí solo de ideas, ni solo de diagnósticos de algo ajeno al investigador. Se tratan problemas de los que todos somos en alguna medida responsables: y los filósofos no menos que los científicos, ni los creyentes menos que los increyentes».

Puedes ver el índice y la presentación del libro en este enlace, o comprar el libro a través de EUNSA.

Además, a continuación encontrarás algunas reseñas y resúmenes del libro:

Comunicación y posverdad: raíces epistemológicas y consecuencias éticas de un fenómeno mediático

La posverdad es un fenómeno referido a la tergiversación de la verdad en los medios de comunicación, especialmente por la proliferación de noticias falsas. Su introducción en el diccionario de Oxford se debió a su gran uso público, a través de las redes sociales, durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. En las líneas del artículo, he definido, en primer lugar, los principales elementos de este fenómeno, a través de hechos y análisis mediáticos relevantes en el momento de su aparición. Explico que la tendencia ha sido equiparar la posverdad con la mentira, esto es, con decir algo que no es cierto con intención de engañar. Por tanto, se ha entendido la posverdad como un fenómeno cuyo único componente es la tergiversación plenamente deliberada de la verdad por parte de determinados sujetos que componen la comunidad. Sin embargo, planteo una ampliación del marco epistemológico para el análisis de este asunto con la introducción del concepto de charlatanería, sin el cual no es posible entender la intrínseca complejidad de la posverdad, y su repercusión en una comunidad de personas. Uso este concepto en la forma que el filósofo Harry Frankfurt lo expone en su obra Sobre la charlatanería (2013). En ella indica que el charlatán no requiere una excesiva deliberación para comunicar falsedades, y que lo hace sin la intención de mentir. La charlatanería sería especialmente perniciosa porque propiciaría la propagación de falsedades con un mínimo de conciencia sobre la responsabilidad de lo que se lleva a cabo con tales actos.

En la segunda parte, me he concentrado en responder a la cuestión sobre si la gravedad de su principal consecuencia ética, como es el caso de una cierta desconfianza vital frente a diferentes clases de discurso, puede ser comprendida sin el concepto de charlatanería. Sugiero que un marco epistemológico excesivamente teórico de la vida práctica lo impide. Esto se debe a una relativización del valor de la verdad, por efecto de a una interpretación individualista y pragmática de la vida. La causa de esto, según mi punto de vista, es el enfrentamiento de posturas posmodernas sobre el conocimiento y la libertad, contra teorías modernas, como la de Thomas Hobbes, sobre la conformación de una comunidad política. Este filósofo estima que la forma de establecer la paz en un conjunto de individuos es por medio de un contrato social que estipule la renuncia a la satisfacción de los deseos de los seres humanos. Tal contrato debe ser garantizado incluso a través del miedo, puesto que el ser humano no es por naturaleza un ser social. Teorías posmodernas como las de Lyotard y Foucault se enfrentarían a esta idea de conformación de la sociedad convirtiéndola en una mera interpretación al servicio de un poder, llevando a la relativización de todo discurso, que estaría al servicio de los fines de unos cuantos sujetos, de los que habría que desconfiar. En contraste, en la segunda ampliación epistemológica para el análisis de la posverdad, la propuesta de Aristóteles afirma que la justicia natural y la amistad son los pilares de una comunidad, y que sin estos no es posible el asentamiento de una sociedad. Tales cimientos sociales no pueden ser forjados, ni garantizados, por un contrato, por normas, o por meras relaciones de conveniencia, sino a través del cultivo de las potencias del ser humano como un ser que es, por naturaleza, social, dotado de palabra para comunicarse.

Finalmente, en la tercera parte, a modo de conclusión, presento un esbozo sobre cómo la idea clásica de verdad práctica, en un marco racional ampliado para el análisis de la posverdad, tiene como consecuencia un uso coherente del término ético de honestidad. La verdad práctica, tal como la explica Aristóteles en la Ética a Nicómaco, requiere de un ajuste entre medios y fines que no es exclusivamente instrumental, sino que puede estar implicado en el contexto de la deliberación de los fines que llevan a la felicidad. Ésta, según el filósofo griego, requiere, entre sus componentes de la amistad cuyo grado más alto es la que se da entre los seres virtuosos, esto es, entre personas honestas. Por tanto, ayudar a una persona a que lleve a cabo una adecuada reflexión sobre los fines que pueden conducirle en cierta forma a la felicidad, en el contexto deliberativo de la amistad, es un medio para superar el individualismo y el relativismo que provoca fenómenos como la posverdad. La finalidad de este último desarrollo conceptual, en este artículo, es establecer un punto de partida conceptual para la superación de este tipo de problemas sociales.

El artículo será publicado en las Actas del III Congreso Razón Abierta, llevado a cabo en la Universidad Francisco de Vitoria entre el 19 y 21 de septiembre de 2019. Puedes leer la ponencia aquí.

The era of post-truth, post-veracity, ​and charlatanism

Many Spanish journalists and political analysts categorized 2016 as the posverdad year. This word is a translation of post-truth, word of the year in 2016 according to Oxford Dictionaries. Its meaning refers to something that denotes circumstances in which objective facts are not as influential, in terms of forming public opinion, as an appeal to personal emotions and beliefs. Therefore whoever wishes to influence public opinion should concentrate on the creation of discourse that is easy to accept, and place an emphasis on what will satisfy the emotions and beliefs of the audience, instead of real facts.

You can read the rest of the article published on April 23, 2019, in +1. The magazine of the UIC Barcelona

Robert Spaemann: caballero de la concordia, inconforme de su tiempo, y defensor de la verdad

Hace unos días, el pasado 10 de diciembre, el filósofo Robert Spaemann dejó este mundo. Profesor en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich hasta su jubilación en 1992, fue doctorado honoris causa por la Universidad de Friburgo, la Universidad de Navarra y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Había trabajado también en las universidades de Stuttgart y Heidelberg donde se mostró como un caballero de la concordia y, a la vez, un inconforme de su tiempo por ser siempre un claro defensor de la verdad. Rasgos que, al parecer, fueron determinantes de su personalidad, y que se condensan en aquella frase de Goethe que tanto le gustaba: “quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”.

Si echamos una mirada a su propia autobiografía, publicada en español hace tan solo cuatro años, podemos confirmar las características antes mencionadas de este gran pensador católico. Desde los diecisiete años, habiendo realizado sus propias indagaciones sobre lo que ocurría con el pueblo judío al este de Alemania, se enfrentó más de una vez al deseo de muchos de sus mayores de no querer saber nada sobre aquel holocausto. Tal vez porque aquellos profesores no querían ver comprometidas sus consciencias con la realidad. Incluso, a esa misma edad, aún teniendo que rendir el servicio militar obligatorio al servicio del Tercer Reich, prefirió arriesgar la vida provocándose una enfermedad, antes que rendir juramento a la bandera nazi. Claramente Spaemann había nacido para ser un inconforme con las ideas de su tiempo.

Tal era su inconformidad que, muchos años después, consciente de que el discurso sobre los valores de una sociedad puede convertirse en una tiranía, escribirá: “el Tercer Reich se autoproclamó una comunidad de valores. También los comunistas. Habría que reflexionar igualmente sobre el hecho de que se exija a los ciudadanos el reconocimiento de nuestro orden de valores (…). En qué consiste eso de nuestros valores es algo en sí mismo ambiguo, pese a que cada vez es mayor la presión amenazante de lo políticamente correcto”. Porque para Spaemann, hablar de unos valores establecidos, que debían ser respetados por el simple hecho de estar presentes en la vida social, no era suficiente para dar cuenta de la realidad humana.

El respeto de lo políticamente correcto sin más justificación que el deseo de muchos de no contristar con los demás, en desmedro de la verdad, no estuvo nunca entre los principios vitales de este profesor de filosofía. Sin embargo, y en contra de lo que alguno pudiera pensar hasta este momento, Robert Spaemann era un caballero de la concordia, detalle de su carácter que no podrá entenderse jamás sin su inconformidad y pasión por la verdad. Porque sólo los conformistas piensan que para ser cordial hay que dejar de hablar, fuerte y claro, sobre lo que es verdadero.

El arribo de Spaemann a Stuttgart no pudo estar más cargado de contrariedad. Llegaba para reemplazar en la cátedra a un profesor, Max Bense. Éste enseñaba ideas contrarias a los principios de la Universidad en la que trabajaba y, por tanto, también enfrentadas a las ideas de Spaemann. La solución de la institución no fue despedir al profesor disidente -entre otras cosas porque no le convenía a esta universidad- sino más bien crear una cátedra paralela, de más prestigio, en la que enseñaría Spaemann, el profesor recién llegado. No quiso esperar los desencuentros protocolarios y fue a buscar los suyos propios. Fue al Instituto y esperó a Bense en la puerta. Al llegar éste le preguntó: “¿Qué hace usted aquí?”. Spaemann le respondió: “Señor Bense, me han dicho que no quería hablar conmigo, pero preferiría oírlo de usted mismo”. Ese fue el inicio de un respetuoso trato entre ambos, no exento de dificultades. Pero Spaemann no tardó en pedir a la universidad que se le diera a la cátedra de Bense el mismo prestigio que la suya, devolviéndole el honor que se le había quitado.

La mirada de Spaemann estuvo siempre fija en la realidad. No permitió nunca que la futilidad vital y la falta de rigor intelectual pudieran ser un obstáculo para respetarla. Esa fue la raíz de su inconformismo, y de su cordialidad. Porque la paz no se puede forjar sobre la mentira, o la media verdad, o sobre una falsa concordia que pacta con lo que puede destruir al ser humano. De ahí, también, sus certeras críticas a las estructuras de la cultura de la muerte: el aborto y la eutanasia.

Robert Spaemann, amante de Dios hasta el punto de empeñar gran parte de su inteligencia y corazón en la composición sus propios comentarios a los Salmos, se nos ha ido. Tras de si deja un legado intelectual y vital que se resume en la defensa de la verdad y la vida, de una lucha contra el relativismo y la indiferencia, de una búsqueda de las mejores explicaciones para dar cuenta de aquello que no puede ser callado por lo políticamente correcto. Descanse en paz maestro de la cordial defensa de la verdad.

Este artículo fue publicado el 14 de diciembre de 2018 en Posición.pe

Contra el individualismo: educar en la verdad

Educar es una cuestión que requiere mucha seriedad y una gran cuota de sentido del humor. Lo primero es importante porque el destino de los pueblos –de los nuestros– se juega en tal actividad. De la educación de las generaciones presentes depende el futuro de la sociedad. La educación se dirige a individuos que deben ser conscientes de la irrenunciable responsabilidad que implica vivir con los demás. Por esto, el individualismo que propugna una libertad sin compromisos lo único que hace es aniquilar el destino de un pueblo. La cuota de buen humor es necesaria para que semejante compromiso educativo no aplaste a aquellos que persistimos en esta tarea.

Para el individualismo la libertad debe ser absoluta, o cuando menos debe tender a esa absolutización, tratando de borrar los límites que impiden que los deseos individuales alcancen lo que apetecen. Para el individualismo, todos los deseos, cualesquiera y de cualquier persona, tienen el mismo valor. Ninguno es más cierto que el otro. Propone, de este modo, una igualdad de los deseos sobre la que se debe decidir social y políticamente. Con esto, el individualismo nos reduce sólo a deseos, y socaba la humanidad. Nos deja a merced de nuestras apetencias, esperando que las leyes impuestas nos fuercen a vivir en paz. Equilibrio sumamente frágil que en la práctica termina convirtiéndose en violencia que busca que unos deseos prevalezcan sobre otros.

La ingenua utopía individualista pierde de vista que, tal como ha expresado el filósofo Simon Blackburn,  “los mapas pueden trazarse de muchísimas maneras, pero ninguno induce a delegar toda la autoridad sobre lo que significa en la variada subjetividad de sus diferentes usuarios”. Es claro que requerimos de dos cosas: la autoridad de nuestras decisiones y los mapas de nuestra naturaleza. El hombre no es solo un animal que se deja llevar por sus impulsos, trasciende su mundo inmediato, busca la verdad porque puede pensar más allá de ellos.

El pilar de la educación es –o debería ser– la búsqueda de la verdad. No hacerlo es la peor deshumanización. Educar en la verdad es enseñar al ser humano quién es en realidad, a fijarse en su naturaleza, y a buscar en ella quién es. Pero no a todos gusta la verdad, y otros quieren eliminarla pensando que ya la poseen. El sofista no cree en la verdad, pero piensa que ya la posee.  Cree tener la más absurda de las “verdades”: no hay verdad.

Los sofistas griegos tal vez alcanzaron cierto dominio sobre sus semejantes, pero no consiguieron un gran aporte para la humanidad. No educaron en absoluto. Pero fue su actitud la que produjo el arrebato de Sócrates para evidenciar sus errores, derribar sus mitos, y superar los viejos cuentos de brujas que hacen que la gente se sume en el miedo, en la inmovilidad.

Necesitamos más personas como Sócrates, ya que no hemos superado la era de los mitos, de los cuentos que pretendían oscurecer el pasado, debilitando el presente y conduciendo hacia un futuro lleno de promesas, que lamentablemente no tienen sustento. Tenemos nuevas fábulas contemporáneas: el mito de que las ciencias representan el bálsamo de la humanidad, como si se bastaran ellas mismas para dar al hombre la superación de sus limitaciones. ¿Podrán las ciencias, y sólo ellas con sus métodos, enseñarnos lo que es justo, a amar de verdad, a ser honrados y dar la vida por el prójimo? Al convertirlas en el nuevo mito, no hacemos más que volverlas el nuevo opio del pueblo, que somete su pensamiento a una falsa esperanza de alcanzar una mejor sociedad con ellas.

También tenemos el mito de la igualdad absoluta, que intenta eliminar toda diferencia, desfigurando el sentido de identidad que en realidad procede de la naturaleza que nos permite actuar por el bien común. ¿Podrá la idea de igualdad absoluta darnos una esperanza de dejar nuestra propia huella en este mundo? Si lo que cuenta es que somos iguales, y nuestras opiniones tienen el mismo valor ¿por qué molesta tanto que mi opinión sea que somos diferentes y que esa diferencia se asienta en una naturaleza común? Si la igualdad lo es en todos los sentidos sin excepción, entonces no tiene sentido dialogar, porque la verdad ya estaría dicha de antemano, y sería que no es posible conversar sobre nuestras diferencias. Habría sólo que aceptarlas sin pensar en ellas. Sería el imperio de la sinrazón.

Finalmente, está el ya comentado mito sofista de la no existencia de la verdad que te dice ríndete a lo que ves y no lo pienses. Los sofistas surgieron antes y ahora también los encontramos. Los contrarrestarán los nuevos “Sócrates” que precisamente se concentran en meditar sobre el presente, sobre la realidad, sobre sus fundamentos, sobre la naturaleza humana. Nuevos “Sócrates” que, amparados en el sentido del humor que requiere la labor de educadores, se ríen de las contradicciones tan absurdas de los nuevos mitos contemporáneos, nuevas superestructuras del pensamiento que agostan la vida.

La persona para alcanzar la verdad no puede simplemente conocerla, debe identificarse con ella, debe comprometerse y dejar que ella informe su existencia. Eso es educar en la verdad, y ser educado por ella. El dialogo racional es el ámbito donde nace y se desarrolla la sabiduría, donde existe un intercambio de pareceres y opiniones en la búsqueda de la verdad.

La verdad, además, impulsa a actuar, porque el diálogo ilumina nuevas metas a las que podemos tender todos juntos en sociedad. Educar en la verdad lleva a convertirse en el testigo de ella, dar testimonio de su importancia, porque ésta provoca el pensamiento de los demás, es un incentivo a preguntarse por las cosas. No temamos cuestionar los mitos contemporáneos del individualismo, y contrarrestemos el nuevo sofismo con el buen humor, y la sana sonrisa, que nos proporciona el deseo de buscar la verdad, y educar en ella.

Este artículo fue publicado el 3 de enero de 2018 en Posición.pe