Verdad y política: La posverdad, un año despúes

Hace poco más de un año Oxford Dictionaries introdujo el término post-truth, al declararlo “Palabra del año 2016”. Su aceptación se debió a su gran uso público durante los procesos democráticos que dieron lugar al Brexit, y las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Al poco tiempo, la Sociedad de la Lengua Alemana declaró postfaktisch como la palabra de ese mismo año.

El significado de post-truth se refiere a algo que denota unas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes, en la formación de la opinión pública, que la apelación a las emociones y creencias personales. Bajo estos términos, quien desee influir en la opinión pública deberá concentrar sus esfuerzos en la elaboración de discursos fáciles de aceptar, insistir en lo que puede satisfacer los sentimientos y creencias de su audiencia, más que en los hechos reales.

En la actualidad, la presencia del término post-vérité en el diccionario francés Le Robert illustré no nos puede extrañar. Tampoco nos debe impresionar que la Real Academia de la Lengua Española haya cedido, finalmente, a hacer lo mismo con la palabra posverdad, después de su gran uso en los medios de comunicación.

Los hechos relacionados con la posverdad han despertado, a lo largo de este año, una mezcla de interés e indignación a través de miles de artículos en la prensa. La época que vivimos ha sido catalogada por muchos analistas como la era de la posverdad, no por los galardones de esta palabra, sino porque parecía que, súbitamente, el mundo había despertado para darse cuenta de la existencia del engaño político.

En algunos artículos –como “El año de la posverdad” en este mismo medio– he apuntado hacia la responsabilidad que tenemos por lo que ocurre. Mientras que en otros –como en las dos partes de “Instruir para la deshumanización y la intolerancia”– he intentado identificar las ideologías que hay detrás de este asunto.

En el plano personal nos quejamos de que nos engañen, pero no pocas veces dejamos de prestar atención a lo que hacemos con las palabras que pronunciamos, los correos que escribimos, o los mensajes de Instagram, Facebook y Twitter que propagamos, etc.

Manipulamos todas estas cosas a nuestro antojo. Sien embargo, no hay fin que justifique una mentira, como tampoco le debemos la verdad al primero que se nos acerque. En esta oportunidad, después de lo escrito, me parece importante recalcar que el uso político del término posverdad: la post-truth politics o “política de la posverdad”.

Los problemas que tenemos en la asociación entre la verdad y la política son viejos como la humanidad misma. Derivan de la idea antes indicada sobre la responsabilidad. Pero, los escenarios políticos que transmite la prensa, en cualquier lugar del mundo, pueden hacernos recordar lo que Nicolás Maquiavelo escribió: “Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad, que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”.

Para el pensador italiano el secreto del gobernante estaba en su capacidad de engaño. Es decir, en faltar a la verdad como fruto de aparentar unas virtudes que no se tienen. El líder maquiavélico ofrece una imagen apta para ser aceptada, pero que puede ser contraria a la realidad.

El “político de la posverdad” está hecho bajo un molde maquiavélico. A éste no le importa la negación de los hechos o de la evidencia. Sin la menor precaución ni decencia defiende contradicciones en conferencias de prensa y comparecencias públicas. Sólo le importa mantener el poder.

Pero la apariencia no es suficiente. Para el maquiavelismo el engaño no es posible sin otros dos componentes. El primero es saber tocar con exactitud las teclas de la necesidad del pueblo. Es decir, conocer sus deseos, adelantarse a ellos y, en base a tal información, poder dirigirlos a su antojo. En nuestro mundo actual, con la información que hemos puesto a disposición en Internet, esto no es tan difícil.

El otro componente maquiavélico es más complicado, y va más al fondo de la cuestión sobre la verdad. Para tener poder no sólo hay que saber tocar las teclas de las necesidades del pueblo. También hay que saber forjarlas. Esta tarea implica volver a la gente incapaz de expresar deseos elaborados, complejos, o de cierta categoría intelectual. El pueblo sujeto a unas cuantas necesidades básicas es fácil de dominar. Pan y circo se diría en otros tiempos.

En nuestros días, la tarea de mantener a la sociedad bajo los efectos del maquiavelismo está relacionada con los medios de entretenimiento. Un interesante ejemplo de esto se observa en el documental “Les Bleus. Une autre histoire de France”, de Pascal Blanchard, que muestra cómo la selección francesa de fútbol fue utilizada como pantalla política entre 1996 y 2016. La algarabía de los mejores años de esta selección llevaron al olvido de los graves problemas que aquejaba la sociedad francesa, y que han agravado el actual drama del terrorismo. Los modos de evadir la realidad, siempre han llevado a complicar la búsqueda de la verdad, para luego decir que ésta no existe, o que no puede ser conocida.

La expulsión de la verdad del discurso político es parte de todo proyecto maquiavélico de manipulación. Éste sólo puede ser contrarrestado con una educación que instruya en la búsqueda de la verdad, evitando que se enseñe que ésta no puede ser alcanzada.

El escepticismo ha tomado múltiples formas en la historia. Desde estar asociada con el progresismo de tendencia izquierdista, que percibe paranoicamente estructuras de opresión por doquier; hasta relacionarse con las burdas herramientas de propaganda de populistas, y de demagogos de derecha.

La conclusión, ante esta amplitud de posturas en contra de la verdad, es que ésta no se casa con nadie. Quien no la pretenda, la apartará de su programa político, y ya no la tendrá nunca más para sí. Basta que la desprestigie como un instrumento del poder ajeno para que la verdad lo deje en la peor indigencia intelectual.

Este artículo fue publicado el 4 de diciembre de 2017 en Posición.pe

How to survive in a post-truth world

Paradoxically, lying is not necessarily definitive of post-truth discourse. To tell a lie one must intend to deceive. For the liar, truth is valuable – that’s the very reason why he wants to manipulate it. As Groucho Marx said, “The most important thing is honesty. Once you can fake that, you’ve got it made.” Keyes says that the direct consequence of post-truth is, unsurprisingly, “post-truthfulness”. Post-truthfulness is a distrust of public discourse, not because of the content, which could be true and even scientifically demonstrated, but because of a belief that all words serve a hidden agenda. As a result, no one expects politicians or governments to tell the truth.

Full article in Mercatornet

Mentira y desatención en la era de la posverdad

La consideración pragmática de la mentira ha contribuido a popularizar la siguiente idea: no decir la verdad es perjudicial para el que miente. Esto es cierto. Pero, a la vez, esta idea implica que podemos hacer cualquier cosa con la verdad. La verdad sería algo que está al alcance de nuestras manos, y que podríamos usar del modo que mejor nos convenga. No decir mentiras sería una simple cuestión de conveniencia. La forma de utilizar la verdad de un hecho estaría regida bajo la fuerza de nuestros intereses. Bajo este punto de vista, la honestidad no sería más un valor que podríamos admirar, sino simplemente el estatuto que alcanzan quienes son más astutos en nuestra sociedad.

Puedes leer el resto del artículo publicado el 05 de enero de 2017 en Alfa y Omega

La era de la posverdad

Pensar que la verdad puede ser asesinada puede dejarnos perplejos, pero esto ha venido ocurriendo para el caso de su valor en la sociedad. Por este motivo la cuestión de la posverdad no es superflua. Para Keyes el problema radical es que podemos vivir gobernados por ella, y participar activamente en su dinámica sin darnos cuenta. Esto se daría a través de una actitud derivada de la justificación de nuestras propias mentiras, y por acostumbrarnos a vivir en un ambiente en el que se discrimina la verdad en función de los intereses personales. Esto puede ocurrir cuando no reflexionamos sobre las fuentes de las noticias que consumimos o, en una visión más amplia de las circunstancias, cuando apartamos la mirada ante aquellos puntos de vista que nos desagradan. A veces, huimos de todo esto sin detenernos a pensar en cómo se pueden ver las cosas desde otra perspectiva, simplemente porque no queremos ser engañados, como si todo lo que no coincidiera con nuestras ideas pudiese catalogarse de propaganda engañosa.

Puedes leer el resto del artículo publicado en febrero de 2017 en la revista Palabra.

La muerte del inocente e indefenso (II)

La Declaración Universal de los Derechos Humanos alcanza, aunque suene redundante, a toda la humanidad. Esto se observa de modo significativo en su tercer artículo: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. La peculiaridad de la palabra “universal” subraya el hecho de que la Declaración abarca al conjunto de todas las personas. Todos tenemos derechos que son inalienables por el mero hecho de pertenecer a la raza humana, y las legislaciones que se han adherido a tal Declaración, se ven especialmente obligadas a respetarla. El texto elaborado en 1948 no nos convirtió, de pronto, en gente con derechos, sino que es la expresión del deseo perenne de que jamás nos convirtamos en un elemento útil y desechable de ningún poder económico, social o político.

La universalidad de la Declaración, especialmente de su tercer artículo, implica, además, que el ser humano está amparado por ella en todos los momentos de su vida. Introducir excepciones equivale a defender la idea de que es posible encontrar circunstancias que justifiquen el dominio injusto del más fuerte sobre los demás. El extremo de esta penosa afirmación es que los más poderosos pueden disponer de las vidas de otras personas. Sabemos que esto ocurre en muchos países tiranizados por una violenta dictadura, donde las leyes que defienden las vidas de los ciudadanos no son respetadas por aquellos que gobiernan. Sin embargo, esto también se da de modo velado, silencioso –o, más bien, silenciado por unos cuantos–, en legislaciones que han establecido un marco jurídico para que el aborto sea legal.

En Latinoamérica, en los últimos años, ha habido diversos intentos por introducir determinadas causales para hacer que el aborto sea legal, o para ampliar su legalidad. En las discusiones llevadas a cabo en tales tentativas se ha podido comprobar lo que el filósofo norteamericano Alasdair MacIntyre indicó hace ya algunos años: el debate en torno al aborto se encuentra dialécticamente en un punto muerto. Los argumentos biológicos parecen agotados para debatir desde el momento en que consideramos que es posible determinar la paternidad de una persona sobre sus hijos por medio de su ADN. Esto se debe a que el zigoto contiene toda la información genética necesaria para convertirse en un ser humano. Desde este punto de vista no hay nada que discutir: un ser humano es tal desde el momento de su concepción.

El debate no se encuentra en el plano biológico sino en el legal, especialmente alrededor del concepto de “persona”. Se discute si el estatuto jurídico del ser humano en los periodos iniciales de la vida es el de “persona” y, si debido a ello, es merecedor de la protección legal que debemos poseer todos. Es decir, la pregunta en estas discusiones es: ¿todo “ser humano” debe ser considerado “persona”? Algunos partidarios del aborto asumen que no es así. Por tanto, no bastaría con haber sido concebido humano para quedar amparado por la legislación. Según esta perspectiva, el zigoto deberá poseer algunas características añadidas para que, dependiendo del marco legal, pueda ser considerado digno de mantener su vida. En otras palabras, quienes afirman esto separan artificiosamente la identidad biológica y la jurídica de tal modo que sólo aquellos que sean capaces de alcanzar cierta conciencia, gocen de un grado de salud, puedan vivir en determinadas condiciones de vida, o hayan sido concebidos y gestados bajo ciertas circunstancias, serán los llamados a evitar una muerte legal, pero injusta. Legalizar el aborto es, por tanto, establecer leyes injustas que permiten la eliminación de humanos bajo unos criterios discriminatorios. ¿Cuáles son esos criterios? Las causales para permitir el aborto que se han intentado introducir en todos estos años.

La legalización del aborto hace que todos los seres humanos en estado embrionario, que caen bajo estos criterios de selección, sean susceptibles de ser condenados al cadalso antes siquiera de haber visto la luz. Podrían ser ejecutados por los más fuertes, apoyados en un marco legal que justifica la destrucción de inocentes e indefensos, muchas veces bajo la pueril consigna de “la elección sobre el propio cuerpo”. Es claro que esta afirmación tiene algo de sentido, pero parece injustificable su aplicación a actos que causan voluntariamente la muerte de alguien que obviamente no es parte la propia corporeidad. Parece claro que lo contrario es indicar que hay personas a las que se puede catalogar de “objeto de desecho”. ¿Es posible que estos sean los nuevos términos bajo los que rige nuestra civilización? Si permitimos leyes que justifiquen etiquetar a seres indefensos e inocentes como “sujetos merecedores de la muerte”, entonces  estamos afirmando esta terrible cultura.

No podemos dejar de considerar a alguien que muchas veces carece de la protección social y jurídica adecuada: la madre, sometida a presiones que la llevan a pensar que abortar es una salida de su situación de desamparo, y que cae indefensa bajo los intereses de otros, o de empresas implicadas en el lucrativo negocio de la “compra y venta de la muerte”. Son tales negocios del aborto los más empeñados en hacer que éste sea legal, esperando recaudar grandes ganancias con la matanza de seres humanos. Aquí el cinismo les sirve escudo. Creen en el derecho del más fuerte, en la imposición de sus intereses: el establecimiento de la cultura de la muerte del inocente e indefenso, para incrementar sus ganancias, utilizando a la sociedad misma para lograrlo. Creo que es importante que abramos los ojos para no pactar con esta comercialización de la muerte. Ésta ha tomado el disfraz de la defensa de determinados derechos, pero no es más que la excusa para intentar anular el derecho universal a la vida, para que sean unos cuantos los que dicten quien puede vivir, y quien no.

Este artículo fue publicado el 11 de julio de 2017 en Posición.pe

La muerte del inocente e indefenso (I)

Cae una bomba en un pequeño poblado de medio oriente. Mueren en ese mismo acto decenas de personas, entre las que podemos encontrar ancianos, mujeres y niños. Vidas truncadas por las acciones de otros seres humanos. Sus historias personales en este mundo no continuarán. Percibimos que no hay razón que pueda justificar su muerte, aún cuando alguien haya tenido motivos para llevar a cabo el ataque a ese pueblo. No hay duda, los afectados son inocentes, y además indefensos, que no es lo mismo. El inocente no tiene culpa en relación a determinados actos que se dan a su alrededor, y que son ajenos a su voluntad. La persona indefensa, por otro lado, es incapaz de defenderse ante las amenazas que se ciernen sobre ella. Su poder no es suficiente para evitarlas. Hay culpables indefensos, así como inocentes que pueden defenderse. En este caso es clara su inocencia. No tienen responsabilidad en las cuestiones relacionadas al conflicto y, además, están indefensos. Frente a las armas sus fuerzas no han podido evitarles la muerte.

Es una pena que nos acostumbremos a este tipo de escenas injustas. Diariamente cientos de personas inocentes e indefensas pierden la vida debido a las decisiones de otros sujetos. ¿Quién es el culpable? ¿Acaso el soldado que bombardea, las tropas, el comandante que da la orden, el jefe de gobierno que declara la guerra, las personas con intereses económicos –señores de la guerra– que impulsan estos conflictos por dinero? Puede ser que todos, en diferentes formas y dosis de responsabilidad. Seguramente tienen más responsabilidad unos cuantos, los que asumen la muerte del inocente e indefenso, les importe esto, o no. En entornos bélicos, por supuesto, la cosa no es sencilla. La situación del soldado en un fuego cruzado es muy diferente del que impulsa la guerra por intereses económicos, y que está en su sofá, esperando que llegue el dinero por la venta de armas. Tal vez el soldado se pregunta: ¿cómo es que terminamos haciendo esto?

La muerte de inocentes nos lleva a buscar responsables. Llegamos a la conclusión de que esto debe evitarse. Este anhelo de todas las personas que aman la paz se plasmó en 1948 de un modo singular en el tercer artículo de la declaración universal de los derechos humanos: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Esta es la expresión que nace del deseo humano de que las personas no se conviertan jamás en el instrumento de intereses ajenos y que Kant –gran intelectual de la modernidad– buscó materializar a través de una máxima, hace más de dos siglos: “obra del tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca solamente como medio”. Para él la dignidad implicaba no usar la vida de otro ser humano para alcanzar fines particulares.

El Papa Francisco realizó una visita de dos días a Egipto el pasado 28 de abril. Su viaje fue una peregrinación por la paz. En su primera intervención el Santo Padre fijó su atención en dos ideas. La primera fue la de no instrumentalizar la religión y las profundas creencias de las personas. Expresó su rechazo a cualquier tipo de  violencia o venganza en nombre de la fe. La segunda fue que hay que terminar con la proliferación de las armas, y lo dijo condenando el “cáncer de la guerra”. El Papa ya ha pronunciado estas palabras en el pasado refiriéndose a quienes tienen el poder de evitar la guerra, pero que a través de la venta indiscriminada de armamento solo consiguen fomentarla. Usan su poder económico sin dolerse de las injusticias que pueden provocar.

Suelo explicar a mis alumnos en clase que la justicia debe ser la virtud del más fuerte. La idea la tomo de Robert Spaemann que indica que, a veces, los más fuertes se comportan cínicamente alegando razones que no pretenden ser justas, para defender sus intereses. Creen en el derecho del más fuerte. Spaemann ilustra esta idea con el ejemplo de unos generales de Atenas, en la antigua Grecia, que querían extorsionar a los habitantes de la pequeña isla de Melos para que fuesen sus aliados frente a Esparta. Para lograr su objetivo amenazaron con matar a todos los hombres y reducir a esclavitud a las mujeres y los niños. Los de Melos les hicieron ver su injusticia, teniendo en cuenta además que ellos eran ajenos a tal conflicto. Pero los atenienses dieron una respuesta cínica sin paliativos: “¿qué significa aquí justicia? Justicia solo existe entre los que tienen fuerzas semejantes. Vosotros sois débiles y nosotros fuertes; de ahí se sigue todo lo demás”. Es claro que quienes tienen más poder deben ser los más justos. Pero cuando alguien destruye la vida del inocente e indefenso por medio de su poder, sin importarle esta injusticia, está actuando, además, con cinismo. Lamentablemente, tal individuo hace de los otros un instrumento de sus intereses, y del tercer artículo de la declaración de los derechos humanos un simple enunciado sin valor.

Las situaciones de violencia se llevan la vida de muchos inocentes e indefensos. Definitivamente debe haber alguien actuando de modo cínico. Creo que es importante darnos cuenta de lo que puede estar ocurriendo para que no pactemos con una cultura de la “compra y venta de la muerte”, aun cuando parezca que no podemos cambiarla. Aquí juega un papel fundamental la coherencia para defender el valor completo del tercer artículo de la declaración de los derechos humanos. Para ser libres, y tener una vida digna y segura, lo primero es respetar el derecho a la vida de todos los inocentes e indefensos. Esto implica decirle no al comercio de la muerte, y sí a una cultura de la vida sin condicionamientos.

Este artículo fue publicado el 02 de mayo de 2017 en Posición.pe

El año de la posverdad

El 2016 ha sido calificado como el año de la posverdad. La palabra proviene de post-truth, incluida en noviembre en el diccionario de Oxford. Su significado denota una situación en la que la referencia a los hechos objetivos cuenta menos que la apelación a las emociones y creencias personales. La admisión de esta palabra hizo que se publiquen cientos de artículos en la prensa.

La mayoría de analistas identifican la posverdad con la mentira. Se ha concluido entonces que este fenómeno no es nuevo, más allá de la moda del término: las mentiras han existido siempre. Me parece, sin embargo, que esta apreciación puede ser apresurada, y que la inclusión de este término en el diccionario más prestigioso de habla inglesa merece un análisis más fino. Un estudio que desborda sin duda estas líneas, en las que solo puedo limitarme a hacer algunas observaciones.

La notoriedad de la posverdad se debe al uso de esta palabra durante los últimos procesos democráticos en EEUU y Gran Bretaña, tan cargados de demagogia y manipulación de los sentimientos. Su popularidad es infame. Se debe a la indiscriminada proliferación de noticias falsas, de comentarios difamatorios sin fundamento a personajes públicos, y por el descrédito de las instituciones. Las redes sociales han sido un caldo de cultivo particularmente propicio al respecto. El problema se encuentra en primer lugar en la mentira, es decir, en la intención de tergiversar la verdad. Pero también está en un fenómeno que en nuestra sociedad se ha potenciado por el uso de este tipo de redes y que hace que tales mentiras se propaguen: la falta de atención, y de respeto por la verdad.

En la actualidad, se percibe una apreciación generalizada de que el valor público de la verdad está por los suelos. La misma promoción de la verdad por los beneficios que acarrea comporta ya una cierta devaluación de la misma. En efecto, la mentira puede ser perniciosa por razones pragmáticas, como sabía Maquiavelo. Para mentir hay que tener claro la verdad de lo que se quiere tergiversar. El mentiroso, si es descubierto, es rechazado. En vista de los posibles resultados, mentir puede ser estratégicamente inconveniente.

Con todo, la consideración pragmática de la mentira parece supeditar la verdad a la utilidad, lo cual, en el fondo, supone que podemos hacer cualquier cosa con la verdad. La verdad sería algo que está al alcance de nuestras manos, y que podríamos usar del modo que mejor nos convenga. No decir mentiras sería una simple cuestión de estrategia. En última instancia, lo que se halla en juego son nuestros intereses personales. Bajo este punto de vista, la honestidad no sería ya un valor admirable, sino simplemente el ropaje social de los más astutos en nuestra sociedad, como argüían los sofistas frente a Sócrates.

Como indicó la directora de The Guardian, Katharine Viner, en “How technology disrupted the truth”, la implicación de las redes sociales ha sido importante. Basta tener una cuenta en ellas para contribuir de un modo u otro a la popularización de una noticia u opinión, que muchas veces nos llega a través de canales fabricados para satisfacer nuestros propios gustos. Pero, cuando la mentira se ha hecho presente de un modo tan patente, llama la atención que nos importe poco la verdad o falsedad de las noticias que propagamos.

Esto conecta con un excelente ensayo del filósofo de Princeton University, Harry Frankfurt: Sobre la charlatanería. El charlatán es alguien al que el valor de la verdad le tiene sin cuidado. Puede mantener clara la distinción entre lo verdadero y lo falso pero, como anda despreocupado por el valor de la verdad, no le importan las consecuencias reales de lo que dice. Su atención está puesta en la imagen que transmite a los demás. El charlatán puede caernos bien, siempre que su charlatanería no llegue a asuntos que consideramos importantes.

El valor público de la verdad está bajo mínimos. Algo debemos hacer por devolverle su importancia. Huyamos de la mentira y la charlatanería. Luchemos contra la desatención como el gran mal que hay que combatir. La mentira es ciertamente perniciosa, pero también lo es la falta de atención hacia la verdad por una triste banalización de su valor.

Este artículo fue publicado el 02 de enero de 2017 en Posición.pe