El Debate: Corporalidad, tecnología y deseo de salvación

Vivimos en un mundo trepidante, excesivamente cambiante e inaccesible para muchos; una sociedad sometida a riesgos que no comprendemos ni controlamos.

El mundo complejo en el que vivimos es un indicador sociológico de la vulnerabilidad humana, que, sin embargo, no apreciamos y que confunde a muchas personas. Vivimos en un mundo trepidante, excesivamente cambiante e inaccesible para muchos; una sociedad sometida a riesgos que no comprendemos ni controlamos, y que generan desigualdad social en un mundo exigentemente flexible que anula a la persona y le sume en una competitividad que le impide progresar adecuadamente. Este sentido de vida pretende siempre el éxito sin contemplar las consecuencias que tiene para el hombre la no aceptación de la vulnerabilidad y, por tanto, no entender el hecho del fracaso.

Frente a lo anterior, la herida de la vulnerabilidad tiene una faceta de esperanza y de elevación. Las emociones nos vulneran, cambian nuestro cuerpo y nuestras habilidades cognoscitivas; las heridas se curan y acercan unas personas a otras, porque la propia vulnerabilidad reconocida permite conocerse mejor a uno mismo y conocer mejor a otros para acercarnos mutuamente de modo maravilloso. Es la importancia en definitiva de aprender a recibir y de dejarse ayudar. En un mundo de soledades e individualismo, la vulnerabilidad abre la responsabilidad a dos actitudes: pasiones, corporalidad, relaciones, y la amistad con el diálogo. La vulnerabilidad es personal porque afecta individualmente, pero es social porque en su aceptación, la sociedad se fortalece. Así, por ejemplo, el cuerpo vulnerable al final de la vida es hermoso porque permite al hijo ser verdadero hijo del padre, al cuidarle.

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