Momo: el extraordinario don de escuchar

Sobre la atención, el cuidado y el tiempo que regalamos a los demás.

Hace unos veinte años leí Momo, la conocida novela de Michael Ende, publicada en 1973.

Con el paso del tiempo he olvidado muchos detalles de aquella historia, pero hay algo que ha permanecido en mi memoria con una claridad sorprendente: la descripción que el autor hace de su protagonista en las primeras páginas: Momo era una niña que sabía escuchar.

Puede parecer una cualidad demasiado sencilla para convertirla en el rasgo más extraordinario de un personaje literario. Sin embargo, Ende consigue mostrar que aquella capacidad tenía algo verdaderamente excepcional. Las personas acudían a buscar a Momo porque, cuando estaban con ella, sucedía algo que difícilmente experimentaban en otros lugares. Quienes no sabían qué hacer comenzaban a descubrir posibilidades; quienes estaban enfrentados encontraban caminos para comprenderse; quienes se sentían insignificantes descubrían que tenían algo valioso que decir. Incluso los niños encontraban en su compañía nuevas posibilidades para imaginar y jugar. Y todo ello sucedía sin que Momo tuviera que ofrecer grandes consejos o pronunciar discursos especialmente inteligentes. Simplemente escuchaba.

Pero había algo todavía más profundo: Momo escuchaba sin prisas. No parecía estar esperando que la conversación terminara para dedicarse a algo más importante. Cuando alguien estaba con ella, el tiempo dejaba de ser una preocupación. No porque los minutos se detuvieran, sino porque aquella relación permitía vivirlos de otra manera.

Esta imagen ha permanecido en mi memoria durante cerca de veinte años. Y ahora, cuando buena parte de mis inquietudes filosóficas giran en torno a la vulnerabilidad humana, el cuidado y las relaciones que sostienen nuestra existencia, comprendo mejor por qué aquella niña me impresionó tanto. Quizá porque Ende había conseguido expresar literariamente una verdad antropológica fundamental: hay formas de cuidar que comienzan mucho antes de hacer algo por los demás. Comienzan cuando somos capaces de prestarles verdadera atención.

Escuchar es hacer sitio al otro

Estamos acostumbrados a pensar que ayudar a alguien significa ofrecerle una solución. Cuando una persona nos cuenta sus dificultades, sentimos con frecuencia la necesidad de responder inmediatamente, proponer alternativas o indicarle qué debería hacer. Sin embargo, no siempre es eso lo que necesita. A veces, quien atraviesa una dificultad necesita encontrar a alguien ante quien pueda expresar lo que le sucede sin temor a ser juzgado, interrumpido o apresuradamente aconsejado.

La escucha auténtica tiene algo de hospitalidad. Consiste en abrir un espacio en nuestra propia vida para que otra persona pueda manifestarse tal como es, con sus inquietudes, sus preguntas y sus contradicciones. Y esto exige algo más que guardar silencio mientras el otro habla. Escuchar significa prestar atención, reconocer que aquella persona tiene algo que decirnos, incluso cuando todavía no sabe cómo expresarlo. Significa aceptar que su experiencia merece nuestro tiempo y que su presencia no constituye una interrupción de nuestras ocupaciones.

En este sentido, la escucha representa una forma elemental, pero profunda, de reconocimiento de la dignidad humana. Momo no hacía importantes a las personas porque les atribuyera cualidades que no poseían. Su manera de escucharlas les permitía descubrir que ya eran importantes.

Hay aquí una intuición especialmente relevante para una antropología de la vulnerabilidad. Nuestra condición humana no se caracteriza únicamente por la capacidad de actuar, decidir o transformar el mundo. También somos seres que necesitamos ser escuchados, reconocidos y acogidos por otros. La dependencia no aparece solamente cuando enfermamos, envejecemos o atravesamos situaciones de especial fragilidad. Está presente, de distintas maneras, a lo largo de toda nuestra existencia.

Necesitamos a los demás para comprendernos, para crecer y, muchas veces, para encontrar las palabras con las que interpretar nuestra propia vida. Por eso, escuchar no es una actividad secundaria en las relaciones humanas. Es una de las formas más fundamentales del cuidado.

Beppo Barrendero y el arte de no vivir apresurados

Entre los personajes de la novela hay otro que merece especial atención: Beppo Barrendero, uno de los grandes amigos de Momo. Beppo es un hombre sencillo, de pocas palabras, que trabaja barriendo las calles. Su manera de entender el trabajo contiene una pequeña lección de sabiduría.

Cuando contempla una calle muy larga que debe barrer, sabe que puede sentirse abrumado si piensa continuamente en todo lo que todavía le queda por hacer. La tarea parece interminable y la preocupación por llegar al final termina convirtiendo el trabajo en una experiencia angustiosa. Por eso, Beppo ha aprendido a proceder de otra manera.

En lugar de obsesionarse con la longitud de la calle, concentra su atención en lo que tiene delante: un paso, una respiración, un movimiento de la escoba. Después viene otro paso, otra respiración y otro movimiento. Y así, poco a poco, la calle termina quedando limpia.

La enseñanza de Beppo no consiste en despreocuparse del resultado. Él sabe perfectamente cuál es su tarea y desea realizarla bien. Lo que ha descubierto es que la preocupación constante por terminar puede impedirnos vivir adecuadamente aquello que estamos haciendo. Su actitud constituye una invitación a recuperar la atención sobre el presente.

No se trata de renunciar a nuestros proyectos ni de abandonar la responsabilidad de organizar el futuro. Se trata de reconocer que nuestra vida siempre acontece en un presente concreto y que, cuando vivimos permanentemente pendientes de lo que viene después, corremos el riesgo de no habitar verdaderamente aquello que tenemos delante.

La sabiduría de Beppo y la capacidad de escuchar de Momo están profundamente relacionadas. Momo presta atención a la persona que tiene delante. Beppo presta atención a la tarea que está realizando. Ambos nos enseñan que una vida humana no se construye únicamente mediante grandes decisiones o acontecimientos extraordinarios, sino también mediante la manera en que habitamos nuestras actividades cotidianas. Hay una belleza propia de las cosas pequeñas que solo se descubre cuando dejamos de apresurarnos.

Los hombres grises y el tiempo que desaparece

Esta manera de vivir contrasta radicalmente con la propuesta de los hombres grises, los inquietantes personajes que aparecen en la novela para convencer a las personas de que deben ahorrar tiempo. Su mensaje resulta extraordinariamente familiar: hay que trabajar más deprisa, reducir las conversaciones innecesarias, evitar las actividades improductivas y aprovechar cada minuto. El tiempo debe administrarse cuidadosamente para conseguir mayores resultados.

En apariencia, todo parece razonable. El problema surge cuando esa lógica comienza a extenderse a la totalidad de la existencia. Las personas dejan de visitar a sus amigos, de jugar con los niños, de conversar tranquilamente o de acompañar a quienes necesitan su presencia. Todo aquello que no produce un beneficio inmediato comienza a considerarse una pérdida de tiempo. Y entonces sucede algo paradójico: cuanto más tiempo intentan ahorrar, menos tiempo parecen tener.

Ende describe así una forma de empobrecimiento de la vida humana que no consiste simplemente en disponer de menos horas, sino en perder la capacidad de reconocer el valor de aquello que hacemos. Los hombres grises no representan únicamente la prisa. Representan una comprensión de la existencia según la cual toda actividad debe justificar su valor mediante un resultado exterior a ella.

Pero no todas las actividades humanas poseen esa estructura. Una conversación con un amigo no necesita producir nada distinto de la propia amistad. Contemplar algo bello no exige una utilidad posterior. Acompañar a una persona que sufre no adquiere su valor exclusivamente cuando conseguimos resolver su dificultad. Hay experiencias cuyo sentido se encuentra en su propia realización.

Esta distinción, que encontramos ya en la tradición aristotélica, permite comprender por qué una vida lograda no puede identificarse simplemente con una vida productiva. La eficiencia es importante. Nos ayuda a organizar nuestras responsabilidades y a disponer mejor de nuestros recursos. Pero deja de servirnos cuando se convierte en el criterio último con el que juzgamos todas nuestras actividades. En ese momento, incluso las relaciones humanas pueden comenzar a medirse según su rendimiento. Y quizá entonces los hombres grises hayan empezado a conseguir su propósito.

El tiempo del cuidado

La historia de Momo permite comprender una dimensión fundamental del cuidado: su relación con el tiempo. Cuidar requiere disponibilidad. Escuchar una preocupación, acompañar una enfermedad, educar a un niño o permanecer junto a una persona que atraviesa una dificultad son experiencias que poseen un ritmo propio.

Por supuesto, muchas tareas relacionadas con el cuidado pueden organizarse mejor. La tecnología puede contribuir a reducir esfuerzos innecesarios, mejorar la atención y facilitar la vida de quienes cuidan y de quienes necesitan ser cuidados. Pero existe una dimensión de las relaciones humanas que no puede acelerarse indefinidamente sin perder algo esencial.

No podemos exigir que una persona deje de sufrir al ritmo que hemos previsto. No podemos apresurar la confianza ni programar el momento exacto en que alguien encontrará las palabras necesarias para expresar su tristeza. Tampoco podemos convertir toda conversación en un procedimiento destinado a obtener un resultado.

La atención auténtica exige reconocer que el otro posee una realidad propia, que no siempre coincide con nuestros planes o expectativas. Aquí aparece una de las dimensiones más profundas de la vulnerabilidad humana: necesitamos personas que estén dispuestas a compartir nuestro tiempo, incluso cuando no podemos ofrecerles nada a cambio.

Esta experiencia resulta especialmente visible en situaciones de enfermedad, dependencia o fragilidad, pero no se limita a ellas. Todos necesitamos, en algún momento, encontrar a alguien que nos escuche sin mirar continuamente el reloj. Y todos estamos llamados, de distintas maneras, a ofrecer esa misma disponibilidad a los demás.

Regalar tiempo no es perderlo

Quizá una de las enseñanzas más importantes de Momo sea que nos obliga a reconsiderar qué significa aprovechar el tiempo. Estamos acostumbrados a identificar el buen uso del tiempo con la cantidad de actividades que conseguimos realizar. Una jornada parece satisfactoria cuando hemos completado nuestras tareas, respondido nuestros mensajes y avanzado en nuestros proyectos.

Todo ello tiene su importancia. Pero ¿qué sucede cuando la preocupación por aprovechar el tiempo nos impide reconocer aquello que merece verdaderamente nuestra atención? Podemos cumplir perfectamente nuestra agenda y, sin embargo, haber estado ausentes de las personas con quienes hemos convivido. Podemos compartir muchas horas con alguien sin haberlo escuchado realmente. Y podemos realizar innumerables actividades sin detenernos a considerar si contribuyen a una vida que merezca la pena ser vivida.

Momo representa una alternativa a esta manera de entender la existencia. No porque rechace el trabajo o las responsabilidades, sino porque nos recuerda que el tiempo no es solamente un recurso que debemos administrar. Es también el ámbito en el que acontecen nuestros encuentros, se desarrollan nuestras relaciones y aprendemos a reconocer el valor de las personas.

Por eso, regalar tiempo no significa necesariamente perderlo. En ocasiones, constituye precisamente la manera más profunda de aprovecharlo. Estar presente, permanecer junto a alguien, compartir un lugar sin la necesidad de hacer algo extraordinario, puede resultar profundamente fecundo, aunque no lleguemos a advertirlo. Hay una fecundidad de la presencia que escapa a nuestros cálculos, porque permanece en silencio: la de quien acompaña sin pretender resolverlo todo, escucha sin apresurarse a responder y permanece sin exigir que cada instante produzca un resultado. A veces, lo más valioso que podemos ofrecer a otra persona no es lo que hacemos por ella, sino el tiempo que estamos dispuestos a compartir.

La gratuidad ocupa aquí un lugar decisivo. Cuando ofrecemos nuestro tiempo a alguien sin esperar una compensación, reconocemos que su presencia tiene valor por sí misma. Y esta experiencia resulta esencial para comprender el cuidado.

Cuidar no es simplemente producir bienestar en otra persona. Es también establecer una relación en la que su bien importa y en la que estamos dispuestos a comprometernos con él. A veces ese compromiso exige grandes esfuerzos. Otras veces se expresa en gestos aparentemente insignificantes: una visita, una conversación, una llamada inesperada o unos minutos de atención verdadera. La importancia de esos gestos no puede medirse únicamente por su duración.

Volver a escuchar como Momo

Veinte años después de haber leído la novela de Michael Ende, sigo pensando en aquella niña que vivía en un antiguo anfiteatro y a la que las personas acudían porque sabía escuchar. Tal vez lo más extraordinario de Momo fuera precisamente que no necesitaba hacer nada extraordinario. No poseía grandes conocimientos, no disponía de recursos especiales y no pretendía transformar la vida de quienes se acercaban a ella. Simplemente les ofrecía su atención: Momo sabía escuchar. Y esa atención bastaba para que muchas personas comenzaran a mirar su propia existencia de otra manera.

En una sociedad caracterizada por la aceleración tecnológica, la multiplicación de estímulos y la preocupación constante por la productividad, esta imagen conserva una fuerza singular. Quizá necesitamos aprender nuevamente a escuchar. Escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta. Escuchar sin convertir cada conversación en una oportunidad para demostrar nuestros conocimientos. Escuchar sin pensar continuamente en la siguiente tarea. Escuchar porque la persona que tenemos delante merece nuestra atención.

También necesitamos recuperar algo de la sabiduría de Beppo Barrendero: aprender a realizar nuestras tareas sin permitir que la preocupación por terminarlas nos impida descubrir su valor. Ambos personajes nos recuerdan que la vida humana se desarrolla en la atención a lo concreto: la persona que tenemos delante, la tarea que estamos realizando, el pequeño bien que podemos hacer aquí y ahora. Quizá esta sea una de las intuiciones más profundas de la novela: los hombres grises enseñaban a ahorrar tiempo. Momo enseñaba a regalarlo.

Y mientras aquellos terminaban vaciando la existencia de sentido, la pequeña Momo conseguía que las personas recuperaran algo que habían comenzado a perder: la capacidad de estar verdaderamente presentes.

Tal vez, después de todo, una de las formas más hermosas de cuidar consista precisamente en eso: ofrecer a alguien un tiempo en el que no tenga que apresurarse, justificarse ni demostrar nada. Un tiempo en el que pueda, sencillamente, ser escuchado. Porque hay momentos en los que el mejor regalo que podemos hacer a otra persona es nuestra presencia. Y quizá sea entonces cuando descubrimos que el tiempo que regalamos por amor nunca es, verdaderamente, tiempo perdido.