En el último número de Scripta Theologica se han publicado dos nuevas recensiones bibliográficas dedicadas a obras que, desde perspectivas diferentes, permiten profundizar en algunas de las cuestiones más interesantes de la filosofía moral contemporánea: la relación entre ética y estética, la educación del deseo y el lugar que ocupa el cuidado en una vida verdaderamente humana. Se trata de Aesthetics of Care: Practice in Everyday Life (Bloomsbury Academic, 2022), de Yuriko Saito, y La civilización del deseo: Una historia filosófica de lo querido (Siglo XXI Editores, 2025), de Manuel C. Ortiz de Landázuri. Aunque sus planteamientos y recorridos intelectuales son distintos, ambas obras invitan a reconsiderar nuestra manera de relacionarnos con el mundo, con los demás y con nosotros mismos.
La primera de ellas, Aesthetics of Care, propone una aproximación especialmente sugerente a las relaciones entre sensibilidad estética y ética del cuidado. Yuriko Saito parte de una convicción que cuestiona algunas de nuestras ideas más habituales sobre la belleza: la experiencia estética no se limita a la contemplación de obras de arte ni al reconocimiento de cualidades agradables en determinados objetos. Está presente también en nuestra manera de mirar, escuchar, acompañar y responder a cuanto nos rodea. La estética, entendida de este modo, constituye una dimensión fundamental de nuestra experiencia cotidiana y puede contribuir decisivamente a configurar nuestras relaciones con los demás.
Uno de los aspectos más interesantes de la propuesta de Saito es la cercanía que descubre entre la experiencia estética y las disposiciones propias del cuidado. Ambas requieren atención, receptividad y una cierta capacidad para dejarse interpelar por la realidad del otro. Cuidar no consiste simplemente en realizar correctamente determinadas acciones, del mismo modo que apreciar la belleza no se reduce a emitir juicios sobre objetos. En ambos casos es necesario desarrollar una sensibilidad capaz de reconocer la singularidad de aquello que tenemos delante. Esta perspectiva permite comprender por qué los gestos, los silencios, las palabras, los espacios y las formas de presencia poseen una relevancia ética que con frecuencia pasa inadvertida.
La reflexión adquiere especial profundidad cuando se aplica a las relaciones interpersonales. Pensemos, por ejemplo, en la atención a una persona enferma, en la educación o en el acompañamiento de alguien que atraviesa una situación de dificultad. No basta con cumplir adecuadamente una función o proporcionar una respuesta técnicamente correcta. La manera de estar presentes, de escuchar y de reconocer la situación concreta del otro forma parte del cuidado mismo. Saito muestra así que existe una dimensión estética de las relaciones humanas que no es ornamental ni secundaria, sino que contribuye a expresar y realizar su significado moral.
Esta intuición resulta particularmente relevante para una antropología de la vulnerabilidad. Nuestra condición corporal, afectiva y relacional hace que necesitemos no solo respuestas eficaces a nuestras necesidades, sino también formas de reconocimiento que respeten nuestra dignidad. El cuidado exige sensibilidad hacia una realidad humana que nunca puede reducirse completamente a procedimientos, protocolos o soluciones instrumentales. Al mismo tiempo, conviene reconocer que la sensibilidad estética, por sí sola, no garantiza una respuesta moral adecuada: necesita integrarse con las exigencias de la justicia, la prudencia y el reconocimiento efectivo del bien del otro.
Puedes acceder a la recensión de Aesthetics of Care, publicada en Scripta Theologica, vol. 58 (2026).
La segunda obra, La civilización del deseo, de Manuel C. Ortiz de Landázuri, aborda una cuestión distinta, aunque estrechamente relacionada con la anterior: qué significa desear y cómo puede integrarse el deseo en una existencia lograda. El punto de partida es una paradoja característica de nuestra cultura. Vivimos rodeados de estímulos, posibilidades de consumo y oportunidades de satisfacción inmediata, pero esta multiplicación de experiencias no parece traducirse necesariamente en una mayor plenitud personal. Al contrario, la búsqueda constante de novedades puede alimentar una insatisfacción permanente que dificulta reconocer aquello que verdaderamente merece ser querido.
Para explorar esta situación, Ortiz de Landázuri propone un recorrido filosófico que atraviesa distintas concepciones del deseo, desde Platón y Aristóteles hasta Nietzsche, Freud, Adler, Viktor Frankl y Michel Foucault. La riqueza de esta reconstrucción reside en mostrar que el deseo no puede comprenderse únicamente como una pulsión que reclama satisfacción. En él se manifiesta también nuestra apertura a bienes que reconocemos como valiosos, nuestra capacidad de proyectarnos hacia el futuro y la necesidad de encontrar una orientación que confiera unidad a nuestra existencia.
La distinción entre deseos profundos y deseos epidérmicos permite comprender buena parte de los problemas que plantea la cultura contemporánea. No todos nuestros deseos poseen la misma relevancia ni contribuyen del mismo modo a nuestra realización personal. Algunos se agotan en la satisfacción inmediata y nos conducen a buscar continuamente nuevos objetos. Otros, en cambio, están vinculados a bienes que requieren tiempo, fidelidad, aprendizaje y compromiso. La amistad, el amor, el conocimiento o la búsqueda de sentido no pueden reducirse a experiencias de consumo, porque implican una transformación progresiva de la persona que desea.
Desde esta perspectiva, la educación del deseo se convierte en una cuestión central para la ética. No se trata de reprimir nuestra vida afectiva ni de considerar sospechoso todo impulso, sino de aprender a reconocer qué bienes merecen orientar nuestras elecciones. La tradición aristotélica ofrece aquí una intuición fundamental: la vida buena no consiste simplemente en satisfacer preferencias, sino en formar disposiciones que nos permitan querer y realizar aquello que verdaderamente contribuye al florecimiento humano. El deseo necesita ser educado porque forma parte de nuestra racionalidad práctica y de nuestra manera de relacionarnos con el bien.
Uno de los momentos más sugerentes del libro aparece cuando Ortiz de Landázuri examina la relación entre deseo, amor y cuidado. El deseo puede quedar encerrado en la búsqueda de la propia satisfacción, pero también puede abrirse al reconocimiento del otro y transformarse en una disposición de entrega. En este segundo caso, amar no significa simplemente experimentar una inclinación intensa, sino aprender a querer el bien de alguien y asumir las responsabilidades que esa relación comporta. La vida afectiva encuentra así una orientación que supera la lógica de la apropiación y permite comprender el cuidado como una expresión madura del amor.
Puedes acceder a la recensión de La civilización del deseo, publicada en Scripta Theologica, vol. 58 (2026).
Al considerar conjuntamente ambas obras, aparece una convergencia filosófica que merece destacarse. Saito nos invita a educar nuestra sensibilidad para percibir mejor la realidad y responder adecuadamente a ella. Ortiz de Landázuri, por su parte, propone educar el deseo para reconocer los bienes capaces de orientar una vida lograda. En ambos casos, la cuestión decisiva es la formación de la persona: aprender a mirar y aprender a desear son dimensiones complementarias de una misma tarea moral.
Esta relación entre sensibilidad, deseo y cuidado permite también comprender mejor algunas de las limitaciones de una cultura que tiende a valorar las relaciones humanas desde criterios de utilidad, eficacia o satisfacción inmediata. Cuidar requiere tiempo, atención y disponibilidad; desear bien exige discernimiento, paciencia y capacidad de compromiso. Ninguna de estas disposiciones se desarrolla automáticamente. Todas necesitan ser cultivadas mediante experiencias, hábitos y relaciones que nos permitan descubrir el valor de aquello que no puede reducirse a nuestras preferencias individuales.
Desde una antropología de la vulnerabilidad, esta reflexión adquiere una relevancia particular. La fragilidad humana no se manifiesta únicamente en nuestras necesidades corporales o en nuestra dependencia de los demás. También aparece en la posibilidad de equivocarnos acerca de lo que deseamos, de perder sensibilidad ante el sufrimiento ajeno o de acostumbrarnos a relaciones superficiales que empobrecen nuestra existencia. Precisamente por ello, necesitamos de otros para aprender a reconocer los bienes que nos perfeccionan y para desarrollar las virtudes que hacen posible una convivencia verdaderamente humana.
En último término, las dos obras nos recuerdan que la vida buena no puede comprenderse exclusivamente como un proyecto individual de satisfacción o autorrealización. Nuestra capacidad de florecer depende también de cómo aprendemos a percibir el mundo, de los bienes hacia los que orientamos nuestros deseos y de las relaciones de cuidado que somos capaces de construir y sostener. La belleza puede educar nuestra atención; el deseo, cuando encuentra una orientación adecuada, puede conducirnos hacia bienes más profundos; y el cuidado permite que ambas dimensiones se traduzcan en una respuesta concreta a la realidad de los demás.
Quizá una de las tareas más importantes de la ética contemporánea consista precisamente en recuperar esta unidad entre sensibilidad, deseo y acción. No basta con saber qué debemos hacer: necesitamos aprender a reconocer lo valioso, a quererlo adecuadamente y a responder a ello mediante nuestras prácticas cotidianas. En esa articulación entre belleza, amor y cuidado se encuentran algunas de las claves más prometedoras para comprender nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, las posibilidades de una vida humana verdaderamente lograda.


