La ética de la pequeñez: ¿cómo el transhumanismo integral redefine la técnica, la vulnerabilidad y el deseo de vivir para siempre?

El debate sobre el transhumanismo se ha consolidado como uno de los grandes lugares de cruce entre la filosofía, la ciencia y la teología. Mientras que las promesas de mejora indefinida mediante la biotecnología o la inteligencia artificial generan entusiasmo, también conviven con serias advertencias sobre el riesgo de reducir lo humano a un mero objeto de manipulación técnica. En este complejo contexto, la propuesta del «transhumanismo integral» de Ricardo Mejía Fernández, presentada en su obra Transhumanismo integral. En torno al deseo de vivir para siempre (Ediciones Encuentro, 2025), ofrece una aportación original y urgentemente necesaria.

Mejía Fernández no se limita a condenar el movimiento, sino que despliega una crítica lúcida a sus derivas nihilistas y propone un humanismo renovado que integra la técnica, la ética y la trascendencia.

«El transhumanismo parcial es una corriente nihilista y biológica, pero sobre todo es reductiva a dos niveles. Primero antropológico, pues tiende a ver al ser humano como un objeto de manipulación técnica; y, segundo, ético, porque habla de mejora sin un sentido de lo que es el bien»

Además, puedes leer la recensión de este libro (desde la que se lleva a cabo este comentario) a continuación: Transhumanismo integral. En torno al deseo de vivir para siempre (Ediciones Encuentro, 2025)

La crítica al transhumanismo parcial y nihilista

La primera parte de la obra se enfoca en lo que el autor denomina «transhumanismo parcial», el cual es calificado como un fenómeno «nihilista e ideologizado». La crítica central es que esta corriente incurre en un peligroso reduccionismo antropológico y ético.

Esta visión parcial y mediatizada del transhumanismo es considerada una «forma subrepticia de nihilismo» y una «escapatoria insatisfactoria ante el abismo hacia la nada». El reduccionismo se manifiesta al buscar la eliminación del fracaso y de la vulnerabilidad, ignorando que dimensiones esenciales de la persona como la social, la espiritual, la ecológica o la capacidad de amar son cruciales.

Étnicamente, esta postura es insostenible porque incurre en la imposibilidad de hablar de «mejora» sin una concepción antropológica clara y sin referencia al bien. La palabra «mejor» implica siempre una jerarquía de valores, que es omitida en el enfoque parcial. Además, el transhumanismo parcial reduce la libertad a la mera capacidad de modificar el cuerpo, ignorando que la libertad auténtica consiste en aceptarse a sí mismo, empatizar con los demás y apreciar la sencillez. Esta aspiración a la perfección técnica, si no reflexiona sobre la vulnerabilidad, puede «derivar en deshumanización».

Los tres pilares del transhumanismo integral

Frente a este reduccionismo, la propuesta positiva de Mejía articula la técnica, la ética y la trascendencia dentro de una antropología compleja.

1. Técnica y esencia humana: El transhumanismo integral no rechaza la técnica, sino que la integra en la esencia misma del ser. Mejía sostiene que «el hombre es un ser natural y espiritualmente técnico», denominando a nuestra especie «Homo sapiens technicus». El ser humano es visto como un «naturfacto,» capaz de transformar su propia naturaleza porque la técnica es intrínseca a su ser. La técnica se resignifica como una «forma humana de amar,» un cauce para la creatividad y el cuidado. La ciencia, por tanto, debe ser un «ministerio al servicio de la naturaleza humana» y no fines en sí mismos.

2. Ética: el eje rector de la vulnerabilidad: La ética es el marco normativo indispensable para que la mejora no derive en manipulación. Se advierte que el progreso técnico debe estar acompañado de un progreso ético. El criterio ético central es el reconocimiento de la vulnerabilidad corporal y ontológica como una condición constitutiva de la existencia humana. Esta vulnerabilidad no es un límite negativo, sino la «condición que hace posible la ética del cuidado» y la orientación humanizadora de la ciencia. El progreso tecnológico debe ser aquel que «potencie nuestra capacidad de amar mejor», integrando las dimensiones biológica (bios), comunitaria (polis), y el cuidado del entorno (oikos).

3. Apertura a la trascendencia: El integralismo se desarrolla como un «transhumanismo trascendental», que coloca a la persona abierta a la trascendencia. Aunque reconoce el «anhelo constitutivo de la humanidad de vivir para siempre», la «salvación que anhelamos» no puede reducirse solo a la dimensión física, sino que debe abarcar cuerpo, espíritu, comunidad y trascendencia. Frente al «dogmatismo inmanentista desde una ‘fe ultrasecularista'», la vulnerabilidad humana abre nuestro horizonte existencial a una planificación que «no viniendo de la radical inmanencia, solo se puede colmar al abrevarse en la fuente inagotable de toda vida».

La pequeñez como motor del progreso

El enfoque integral es pionero al mostrar cómo la vulnerabilidad y la aceptación de la «poquedad humana» informan y redefinen el progreso tecnológico.

El fracaso es visto como «parte constitutiva de la condición humana», y es precisamente esta pequeñez la que «nos abre a las grandezas de la ciencia y de la técnica». El transhumanismo integral invita a hablar «desde nuestra pobreza y pequeñez para intentar trascenderla», un enfoque modesto y realista. Lo verdaderamente progresista no es someter la naturaleza a cualquier precio, sino «empujarla a que sea en su expresión más espléndida, a que desborde su dinámica de manera que, respetándola a ella, nos respetemos a nosotros».

En un tiempo de avances tecnocientíficos vertiginosos, el transhumanismo integral nos recuerda que la reflexión sobre la vulnerabilidad es un eje rector para cualquier proyecto de mejora que aspire a ser verdaderamente humano. Al conjugar crítica y propuesta, tradición y novedad, técnica y amor, Mejía Fernández invita a repensar la mejora humana, reconociendo la vulnerabilidad y la esperanza como claves de una auténtica superación.