Discurso ontológico y ético de la vulnerabilidad psicobiológica

Nos complace enormemente anunciar una nueva y fascinante entrega en nuestro formato de audio, donde nuestros comentaristas generados por IA exploran las profundidades de la ética contemporánea. En esta ocasión, nos sumergimos en la reciente ponencia del profesor Jorge Martín Montoya Camacho, investigador de la Universidad de Navarra y autor de obras como Corporalidad, tecnología y deseo de salvación: apuntes para una antropología de la vulnerabilidad.

«La vulnerabilidad psicobiológica es una clave ontológica y ética que despierta el deseo de salvación»

Su ponencia, titulada «Discurso ontológico y ético de la vulnerabilidad psicobiológica en la recuperación natural del deseo de salvación», fue presentada en el XII Congreso Latinoamericano de Ciencia y Religión «Los lenguajes de la Creación: la hermenéutica científica, filosófica y teológica del «Libro de la naturaleza» como camino de esperanza», celebrado en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, Italia, el pasado 11 de septiembre de 2025. Se trató de una reflexión que busca redefinir la comprensión contemporánea de la condición humana, la ética y el anhelo inherente de salvación.

La vulnerabilidad: un don, no un déficit

Montoya Camacho nos invita a ver la vulnerabilidad no como un defecto o una debilidad a superar, sino como una condición constitutiva y fundamental del ser humano. Esta vulnerabilidad psicobiológica es la clave para entender nuestra existencia, manifestada en la enfermedad, el dolor, la dependencia y el envejecimiento. Es el modo de ser propio del ser humano: un ser inherentemente dependiente, expuesto y necesitado de reconocimiento. Lejos de ser un déficit, la fragilidad corporal es un don, una apertura ontológica que nos conecta con un sentido que nos trasciende y con un profundo anhelo de salvación. El cuerpo, en esta visión, no es una mera máquina funcional, sino un «cuerpo vivido» (Leib), la sede de nuestra experiencia, nuestro sentido y nuestra apertura al mundo y a los demás. Esta perspectiva es la base de una antropología encarnada y teleológica.

La ética del cuidado: forjando una racionalidad ampliada

Esta nueva comprensión de la vulnerabilidad tiene profundas implicaciones éticas. Cuestiona las éticas de la autonomía radical y nos impulsa hacia una ética del cuidado, un enfoque donde virtudes como la misericordia, la hospitalidad y la gratitud no son accidentales, sino condiciones estructurales para el ejercicio pleno de la racionalidad práctica. La fragilidad, en esta línea de pensamiento (inspirada en autores como MacIntyre, Fuchs y Bernácer), no debilita al agente moral, sino que lo constituye.

El cuidado se convierte en una praxis ético-estética que integra razón, afectividad y corporeidad. Va más allá de lo meramente técnico, respondiendo a la verdad ontológica del ser humano como frágil y trascendiendo la lógica utilitarista que a menudo reduce a las personas a meros datos funcionales. Es a partir de esta experiencia de los límites —el cuerpo que duele, envejece, necesita cuidado— que se despierta en el ser humano una racionalidad ampliada, capaz de desear no solo bienes finitos, sino la plenitud misma del ser.

El deseo de salvación: la expresión más honda de nuestra racionalidad

El deseo de salvación, lejos de ser un fenómeno marginal o meramente religioso, se revela como una de las expresiones más hondas de la racionalidad encarnada del ser humano. Surge precisamente de la experiencia de la vulnerabilidad psicobiológica, de la conciencia de nuestra finitud, y actúa como una mediación originaria hacia la plenitud. No es una fuga de la realidad o una construcción cultural, sino una expresión natural de la condición humana, un dinamismo racional que impulsa hacia un bien más alto que no puede ser satisfecho por medios puramente técnicos. Es la forma suprema de la racionalidad encarnada, que se despliega desde la «carne herida» hacia la trascendencia. Como eje de una antropología filosófica realista, encarnada y teleológica, este deseo nos invita a comprender la vida no como dominio, sino como don, y como una unión con otros seres y, en última instancia, con el Creador.

Cuidado y comunidad: los pilares de la esperanza

¿Cómo cultivamos esta racionalidad ampliada y este profundo anhelo de salvación? La respuesta reside en el cuidado y la comunidad. El cuidado ético reactiva nuestro dinamismo espiritual, integrando nuestra fragilidad en lugar de ocultarla. Y la comunidad, a su vez, es el contexto para el florecimiento de virtudes como la misericordia, la hospitalidad y la gratitud, esenciales para el pleno ejercicio de la racionalidad práctica. Históricamente, el cuidado de los miembros vulnerables fue crucial para el desarrollo de capacidades humanas fundamentales como el lenguaje y la empatía.

En una comunidad esperanzada, los seres humanos se cuidan, se tocan y se sostienen en la búsqueda de un bien común. El deseo de salvación se convierte así en una práctica comunitaria: el anhelo de una vida buena con y para otros, en justicia y esperanza. Es en esta comunión con otros donde la plenitud humana se revela, trascendiendo la autonomía individual y abriéndose a una esperanza que nos trasciende.

La ponencia del profesor Montoya Camacho, ahora accesible a través de nuestros comentaristas de IA, nos ofrece una visión esperanzadora. Nos recuerda que nuestra vulnerabilidad es, paradójicamente, nuestra mayor fuerza: el origen de nuestra capacidad de cuidar, de amar, de aspirar a la plenitud y de construir comunidades basadas en la justicia y la esperanza.