La ética de Aristóteles hoy: Nussbaum, Spaemann y MacIntyre

Leer el artículo que se comenta aquí: La ética de Aristóteles en tres versiones actuales — Giménez Amaya & Villanueva Cruz, 27 sep. 2025

En una época marcada por la fragilidad, la incertidumbre y el relativismo moral, volver a Aristóteles no es un gesto arqueológico: es una apuesta práctica por entender cómo vivir bien. El texto de José Manuel Giménez Amaya y Eloy Villanueva Cruz ofrece una guía ágil para recorrer tres actualizaciones contemporáneas de la ética aristotélica —Martha Nussbaum, Robert Spaemann y Alasdair MacIntyre— y ayuda a ver qué recursos ofrece cada una frente a los desafíos actuales.

Martha Nussbaum aparece como la aristotélica liberal: parte de la experiencia humana concreta —el «método de las apariencias»— y sostiene que la ética debe “salvar” lo que aparece en la vida cotidiana para evitar incoherencias prácticas. Nussbaum conecta la eudaimonía con las capacidades humanas y el diseño social: la justicia, la amistad, la moderación y la generosidad se traducen en políticas y estructuras que permiten a las personas florecer. Su enfoque mantiene la centralidad del cuerpo y la biología en la deliberación ética, y propone un liberalismo sensible a la vulnerabilidad humana.

Robert Spaemann ofrece un aristotelismo personalista. Desde su trayectoria europea y su sensibilidad cristiana, Spaemann conjuga el imperativo moral con la búsqueda de la felicidad: la benevolencia libre y racional hacia el otro es condición para la realización personal. Para él, la ética es práctica, nace de convicciones coherentes y se realiza en actos de respeto y cuidado que colocan la persona —no el mero sujeto aislado— en el centro de la vida moral. Su insistencia en la libertad responsable y en la reciprocidad ayuda a articular deber y plenitud personal.

Alasdair MacIntyre representa, en palabras del artículo, un aristotelismo revolucionario. Su diagnóstico de la modernidad (emotivismo, fragmentación moral) invita a recuperar las virtudes dentro de tradiciones vivas y prácticas sociales. MacIntyre enfatiza la narratividad personal, la teleología humana y la comunidad como espacios donde se comprenden los fines humanos y se cultivan los bienes internos. Su propuesta es a la vez antropológica y metafísica: conocer la naturaleza humana es condición para orientarse hacia una vida virtuosa.

¿Y qué une, entonces, a estas tres lecturas? Todas rescatan la eudaimonía, reconocen la centralidad de la praxis y otorgan un lugar primordial a la amistad y a la comunidad, aunque difieran en el énfasis político y antropológico. Nussbaum traslada a Aristóteles a un liberalismo de capacidades y subraya la importancia de la vulnerabilidad en la vida humana; Spaemann lo articula desde un aristotelismo personalista y trascendente, con claras referencias metafísicas que orientan hacia el amor a la verdad; MacIntyre lo radicaliza en una defensa de las tradiciones comunitarias frente al relativismo moderno —una visión que, según él, solo puede completarse mediante la hospitalidad ante la fragilidad humana para forjar comunidades sólidas. Son, en suma, tres lecturas complementarias de Aristóteles que no deberían quedar relegadas en los estudios actuales sobre el Estagirita.

Si te interesa recuperar recursos clásicos para orientar políticas, prácticas y relaciones —en una época en que el cuidado y la atención a la vulnerabilidad se han vuelto centrales en la vida moral—, el libro traducido por los autores del artículo ofrece una síntesis clara y especialmente útil como primera aproximación al aristotelismo contemporáneo. Es una invitación a leer a estos tres autores con detenimiento: no para nostalgias del pasado, sino para dotar al presente de criterios más firmes que orienten nuestras vidas individuales y colectivas hacia el bien.

La centralidad de la vulnerabilidad atraviesa todo este debate y explica, en buena medida, la vigencia del aristotelismo hoy. Reconocer que los seres humanos somos frágiles —corpóreamente, socialmente y existencialmente— transforma la ética: no se trata solo de normas abstractas, sino de prácticas, redes de cuidado y disposiciones morales (amistad, benevolencia, hospitalidad) que sostienen la vida buena. Desde Nussbaum, que pone el acento en la fragilidad y las capacidades; pasando por Spaemann, que liga la benevolencia y la dignidad personal; hasta MacIntyre, que reclama prácticas comunitarias y hospitalidad frente a la fragilidad, la ética contemporánea encuentra en la vulnerabilidad un eje operativo para pensar políticas públicas, educación moral y formas comunitarias capaces de proteger y promover el florecimiento humano.