El año de la posverdad

El 2016 ha sido calificado como el año de la posverdad. La palabra proviene de post-truth, incluida en noviembre en el diccionario de Oxford. Su significado denota una situación en la que la referencia a los hechos objetivos cuenta menos que la apelación a las emociones y creencias personales. La admisión de esta palabra hizo que se publiquen cientos de artículos en la prensa.

La mayoría de analistas identifican la posverdad con la mentira. Se ha concluido entonces que este fenómeno no es nuevo, más allá de la moda del término: las mentiras han existido siempre. Me parece, sin embargo, que esta apreciación puede ser apresurada, y que la inclusión de este término en el diccionario más prestigioso de habla inglesa merece un análisis más fino. Un estudio que desborda sin duda estas líneas, en las que solo puedo limitarme a hacer algunas observaciones.

La notoriedad de la posverdad se debe al uso de esta palabra durante los últimos procesos democráticos en EEUU y Gran Bretaña, tan cargados de demagogia y manipulación de los sentimientos. Su popularidad es infame. Se debe a la indiscriminada proliferación de noticias falsas, de comentarios difamatorios sin fundamento a personajes públicos, y por el descrédito de las instituciones. Las redes sociales han sido un caldo de cultivo particularmente propicio al respecto. El problema se encuentra en primer lugar en la mentira, es decir, en la intención de tergiversar la verdad. Pero también está en un fenómeno que en nuestra sociedad se ha potenciado por el uso de este tipo de redes y que hace que tales mentiras se propaguen: la falta de atención, y de respeto por la verdad.

En la actualidad, se percibe una apreciación generalizada de que el valor público de la verdad está por los suelos. La misma promoción de la verdad por los beneficios que acarrea comporta ya una cierta devaluación de la misma. En efecto, la mentira puede ser perniciosa por razones pragmáticas, como sabía Maquiavelo. Para mentir hay que tener claro la verdad de lo que se quiere tergiversar. El mentiroso, si es descubierto, es rechazado. En vista de los posibles resultados, mentir puede ser estratégicamente inconveniente.

Con todo, la consideración pragmática de la mentira parece supeditar la verdad a la utilidad, lo cual, en el fondo, supone que podemos hacer cualquier cosa con la verdad. La verdad sería algo que está al alcance de nuestras manos, y que podríamos usar del modo que mejor nos convenga. No decir mentiras sería una simple cuestión de estrategia. En última instancia, lo que se halla en juego son nuestros intereses personales. Bajo este punto de vista, la honestidad no sería ya un valor admirable, sino simplemente el ropaje social de los más astutos en nuestra sociedad, como argüían los sofistas frente a Sócrates.

Como indicó la directora de The Guardian, Katharine Viner, en “How technology disrupted the truth”, la implicación de las redes sociales ha sido importante. Basta tener una cuenta en ellas para contribuir de un modo u otro a la popularización de una noticia u opinión, que muchas veces nos llega a través de canales fabricados para satisfacer nuestros propios gustos. Pero, cuando la mentira se ha hecho presente de un modo tan patente, llama la atención que nos importe poco la verdad o falsedad de las noticias que propagamos.

Esto conecta con un excelente ensayo del filósofo de Princeton University, Harry Frankfurt: Sobre la charlatanería. El charlatán es alguien al que el valor de la verdad le tiene sin cuidado. Puede mantener clara la distinción entre lo verdadero y lo falso pero, como anda despreocupado por el valor de la verdad, no le importan las consecuencias reales de lo que dice. Su atención está puesta en la imagen que transmite a los demás. El charlatán puede caernos bien, siempre que su charlatanería no llegue a asuntos que consideramos importantes.

El valor público de la verdad está bajo mínimos. Algo debemos hacer por devolverle su importancia. Huyamos de la mentira y la charlatanería. Luchemos contra la desatención como el gran mal que hay que combatir. La mentira es ciertamente perniciosa, pero también lo es la falta de atención hacia la verdad por una triste banalización de su valor.

Este artículo fue publicado el 02 de enero de 2017 en Posición.pe