Del diagnóstico a la responsabilidad
En las entradas anteriores hemos recorrido un camino incómodo. Hemos cuestionado la idea de que el cuidado sea una cuestión meramente privada y hemos mostrado cómo, cuando el mercado entra en escena, la vulnerabilidad corre el riesgo de ser gestionada como un problema a resolver y no como una vida a sostener. Llegados a este punto, la pregunta ya no puede ser solo crítica. Tiene que ser propositiva.
Si el cuidado no es solo un gesto individual ni una actitud moral privada, entonces la cuestión decisiva es cómo organizar socialmente el cuidado sin vaciarlo de su significado moral. No basta con buenas intenciones ni con apelar a la compasión personal. Lo que está en juego es la forma de nuestras instituciones, de nuestras prácticas y de los bienes que decidimos proteger colectivamente.
El cuidado como práctica y no solo como sentimiento
Aquí resulta especialmente fecundo el marco que ofrece Alasdair MacIntyre. Para MacIntyre, una práctica no es cualquier actividad repetida, sino una forma cooperativa de acción humana orientada a bienes internos que solo pueden alcanzarse participando en ella de manera adecuada. Cuidar, entendido en sentido fuerte, cumple plenamente estas condiciones.
Cuidar no es solo hacer algo por otro. Es aprender a atender, a esperar, a interpretar necesidades que no siempre se expresan con palabras, a sostener una vida vulnerable sin reducirla a un problema técnico. Los bienes internos del cuidado no son la eficiencia ni la rapidez, sino la preservación de la dignidad, la fidelidad a la dependencia y la construcción de vínculos de confianza. Son bienes que transforman tanto a quien cuida como a quien es cuidado.
Cuando el cuidado se entiende así, deja de ser un suplemento opcional del sistema y se convierte en una práctica moral central, sin la cual una comunidad no puede llamarse verdaderamente humana.
Instituciones que sostienen o corrompen el cuidado
MacIntyre insiste en que toda práctica necesita instituciones para sostenerse, pero también advierte de algo crucial: las instituciones, necesarias para garantizar recursos y estabilidad, tienden a corromper las prácticas cuando los bienes externos, como el dinero, el prestigio o la eficiencia, desplazan a los bienes internos que les dan sentido.
Este diagnóstico resulta especialmente iluminador para pensar el cuidado al final de la vida. Necesitamos instituciones sanitarias, sociales y asistenciales que hagan posible cuidar bien. Pero cuando esas instituciones se organizan prioritariamente en torno a criterios de coste, rapidez y rendimiento, el cuidado se transforma. Deja de ser una práctica orientada a sostener la vida vulnerable y pasa a ser una gestión de casos, una optimización de procesos, una resolución eficiente de situaciones difíciles.
El problema no es que existan instituciones, sino que se diseñen de tal modo que el cuidado solo pueda sobrevivir en los márgenes, como un añadido vocacional o una virtud heroica de algunos profesionales cansados.
Proteger el cuidado del mercado no es romanticismo
Hablar de poner límites al mercado en el ámbito del cuidado suele despertar sospechas. Se acusa esta postura de ingenua, sentimental o poco realista. Sin embargo, desde una perspectiva macintyreana, lo verdaderamente ingenuo es pensar que el mercado puede organizar cualquier práctica sin transformarla.
El mercado no es simplemente un mecanismo de intercambio. Es una racionalidad que privilegia determinados bienes externos y que, cuando no encuentra límites claros, termina redefiniendo el sentido mismo de las actividades que organiza. En el cuidado, esto se traduce en una presión constante hacia la reducción de tiempos, la estandarización de decisiones y la normalización de salidas rápidas cuando el acompañamiento se vuelve largo, costoso o incierto.
Proteger el cuidado del mercado no significa expulsar toda racionalidad económica, sino subordinarla explícitamente a los bienes internos de la práctica. Significa afirmar que hay ámbitos de la vida humana en los que la pregunta principal no puede ser cuánto cuesta, sino qué tipo de vida estamos dispuestos a sostener.
Vulnerabilidad compartida y bien común
Una ética del cuidado que quiera ser algo más que retórica necesita asumir una tesis exigente: la vulnerabilidad no es una propiedad de algunos individuos desafortunados, sino una condición compartida. Hoy cuidamos; mañana necesitaremos ser cuidados. Esta reciprocidad, aunque asimétrica en el tiempo y en las formas, es la base de cualquier bien común digno de ese nombre.
Desde esta perspectiva, invertir en cuidados robustos, lentos y costosos no es una concesión sentimental, sino una decisión racional sobre el tipo de comunidad que queremos ser. Una comunidad que organiza sus instituciones para acompañar la fragilidad está diciendo que la dependencia no descalifica la vida, que el sufrimiento no expulsa del nosotros y que la dignidad no se mide por la autonomía funcional.
Una palabra final sobre el final de la vida
Cuando el cuidado está sólidamente sostenido por las instituciones, cuando no llega tarde ni se ofrece solo de manera residual, la pregunta por la muerte cambia de tono. No desaparece, pero deja de imponerse como la respuesta más razonable al cansancio de vivir. La llamada “decisión de morir”, en un contexto de cuidados reales y sostenidos, no es empujada ni normalizada por la ausencia de alternativas en las que la continuidad de la vida pueda seguir teniendo un sentido compartido.
Es aquí donde se vuelve visible, con especial nitidez, la diferencia entre una sociedad que cuida y una sociedad que simplemente gestiona. La primera asume el coste moral de acompañar hasta el final, incluso cuando hacerlo resulta lento, exigente o poco eficiente. La segunda, en cambio, tiende a ofrecer salidas rápidas y funcionales cuando cuidar deja de ser rentable o se vuelve demasiado incómodo.
Cierre: cuidar como práctica que define quiénes somos
Desde una perspectiva macintyreana, el cuidado solo puede sostenerse si lo reconocemos como una práctica con bienes internos que merecen ser protegidos incluso cuando resultan incómodos, caros o poco rentables. Cuando permitimos que el mercado dicte los términos del cuidado, no solo corrompemos una práctica moral básica, sino que empobrecemos nuestra comprensión de lo humano.
Una sociedad no se define solo por las decisiones que permite, sino por las prácticas que cultiva y los bienes que protege frente a su erosión. Cuidar en serio implica aceptar que no todo debe resolverse rápido, que no toda vulnerabilidad es un problema y que no toda vida frágil necesita una solución.
Tal vez ahí esté el criterio más exigente y más humano de todos: no preguntar primero hasta cuándo una vida es soportable, sino hasta dónde estamos dispuestos a cuidarla juntos.
Puedes encontrar una fundamentación antropológica para la relación entre vulnerabilidad, virtud y cuidado en:



