Una antropología del amor a través de la literatura

Hay cuestiones humanas que comprendemos mejor cuando las vemos encarnadas en una historia que cuando intentamos encerrarlas inmediatamente en una definición. El amor es probablemente una de ellas. Podemos afirmar que amar es querer el bien de otro, hablar de entrega, fidelidad o benevolencia; pero sólo empezamos a comprender lo que esas palabras significan cuando observamos a alguien que debe elegir entre su propio deseo y el bien de la persona amada, cuando descubrimos lo difícil que resulta ver al otro tal como es o cuando comprobamos que permanecer junto a alguien puede ser una forma extraordinariamente exigente de amar.

Ésta es una de las razones por las que la gran literatura posee una singular capacidad para educar afectivamente. Una novela no demuestra una tesis antropológica como lo hace un tratado, sino que nos permite acompañar vidas posibles. Nos introduce en deseos y decisiones, equivocaciones y rectificaciones, fidelidades y traiciones. Nos enseña desde dentro que el amor no es solamente algo que sentimos, sino también una manera de mirar, comprender y actuar.

Al recorrer algunas grandes obras —Anna Karénina, Orgullo y prejuicio, El velo pintado, Mucho ruido y pocas nueces y El Señor de los Anillos— aparece progresivamente una cierta antropología del amor. No porque sus autores pretendan defender exactamente la misma teoría, sino porque sus historias permiten descubrir algunas dimensiones fundamentales de la experiencia amorosa: el deseo necesita ser educado; amar exige aprender a ver; el amor descentra al sujeto; vuelve vulnerable a quien ama; y, finalmente, se verifica en la capacidad de convertir el bien del otro en una razón para actuar. Es el itinerario que sugieren estas notas de lectura.

1. Anna Karénina: no todo amor que se siente enseña a amar

Tolstói constituye un magnífico punto de partida porque Anna Karénina obliga a desconfiar de una identificación demasiado rápida entre amor e intensidad afectiva. Anna y Vronski viven una pasión poderosa. Precisamente por eso su historia plantea una pregunta incómoda: ¿basta la intensidad de un sentimiento para convertirlo en criterio de una vida?

La respuesta que va emergiendo de la novela es compleja. No se trata de negar la verdad del deseo ni de sospechar de los sentimientos simplemente porque sean intensos. El problema aparece cuando el sentimiento comienza a reclamar para sí la última palabra. Entonces el amor corre el riesgo de cerrarse sobre la necesidad del propio sujeto: necesito ser amado, necesito poseer la seguridad del afecto del otro, necesito que esa relación confirme continuamente aquello que espero de ella. Paradójicamente, un amor que parecía sacar a la persona de sí misma puede terminar encerrándola cada vez más dentro de sí.

Por eso resulta tan importante que Tolstói coloque junto a Anna y Vronski otras historias. Kitty y Levin tampoco llegan al amor por un camino rectilíneo. Hay errores, expectativas frustradas, aprendizaje y maduración. Pero precisamente esa imperfección permite descubrir otra posibilidad: el amor puede aprender a incorporar la realidad. La persona amada deja de ser solamente fuente de una experiencia afectiva y pasa a formar parte de una existencia compartida, con su cotidianeidad, sus responsabilidades y sus límites.

La primera afirmación de nuestra antropología podría formularse así: el deseo amoroso necesita educación. Sentir amor por alguien no significa todavía saber amarlo. Entre una cosa y otra existe un aprendizaje moral. Anna Karénina resulta especialmente poderosa porque no nos entrega esta conclusión como una máxima. Nos obliga a contemplar lo que ocurre cuando la fuerza del sentimiento y la verdad de una vida dejan de caminar juntas.

2. Orgullo y prejuicio: amar es aprender a ver

Jane Austen nos permite avanzar un paso. Si Tolstói plantea la necesidad de educar el deseo, Orgullo y prejuicio muestra que esa educación pasa necesariamente por la mirada.

Elizabeth Bennet y Darcy se equivocan el uno respecto del otro. Pero lo más interesante es que no se equivocan simplemente porque carezcan de información. Sus errores nacen de disposiciones interiores: orgullo, prejuicio, primeras impresiones, expectativas sociales y una determinada imagen de sí mismos. Ven al otro, pero lo ven a través de sí.

Aquí aparece una intuición antropológica muy importante. Amar presupone conocer, pero conocer a una persona no equivale a acumular información sobre ella. Significa aprender a recibir una realidad que no hemos construido nosotros. Y eso resulta difícil porque tendemos a introducir al otro dentro de nuestros esquemas previos.

Por eso el itinerario de Elizabeth y Darcy requiere algo más que descubrir nuevos datos. Ambos tienen que cambiar. La rectificación de la mirada sobre el otro exige una rectificación de la mirada sobre uno mismo. Hay una humildad específicamente amorosa que se da al aceptar que quizá no conozco tan bien como pensaba a la persona que tengo delante, y que mi propia manera de mirar necesita ser educada.

El amor auténtico contiene, por tanto, una dimensión de reconocimiento. El otro no es simplemente alguien que satisface mis expectativas, sino una realidad que puede corregirlas. Amar significa permitir que el otro sea real, incluso cuando esa realidad obliga a modificar la imagen que habíamos construido de él.

Austen permite así dar un segundo paso: no podemos aprender a amar sin aprender a mirar. Y quizá ésta sea una de las razones más profundas para leer literatura. Una buena novela ejercita precisamente esa capacidad: nos obliga a mirar durante mucho tiempo a personas que inicialmente creíamos haber comprendido.

3. El velo pintado: el amor como descentramiento

El velo pintado, de Somerset Maugham, introduce una dimensión todavía más exigente. La historia de Kitty y Walter Fane permite contemplar qué ocurre cuando una persona comienza a descubrir que la realidad no está organizada alrededor de sus propios deseos.

Kitty vive inicialmente dentro de un horizonte relativamente estrecho. Su matrimonio, su infidelidad y su comprensión del amor están marcados por una mirada muy centrada en sí misma. El problema no es sólo que elija mal; es que todavía ve poco. Hay realidades humanas que permanecen prácticamente invisibles para ella porque no afectan directamente a sus expectativas.

La crisis cambia ese horizonte. El contacto con el sufrimiento la introduce en una realidad que ya no puede ser interpretada únicamente desde la propia satisfacción. Poco a poco aparecen otras personas con necesidades, heridas y bienes propios. Kitty comienza a salir de sí.

Aquí El velo pintado enlaza de manera muy sugerente con Austen. Para amar hay que ver, pero para ver verdaderamente al otro hay que dejar de ocupar siempre el centro de la escena. El amor implica un descentramiento del yo.

Esto no significa anulación de la propia persona. Amar no consiste en desaparecer para que exista el otro. Se trata más bien de una ampliación del horizonte práctico, porque aquello que le sucede al otro comienza a importarme no sólo porque repercute sobre mí, sino porque le sucede a él.

La relación entre Kitty y Walter permite además descubrir otra característica fundamental: amar nos vuelve vulnerables. Walter no puede obligar a Kitty a corresponder a su amor. Nadie puede hacerlo. Querer verdaderamente a otra persona significa aceptar que una parte importante de nuestra propia felicidad queda expuesta a una libertad que no controlamos.

Esta vulnerabilidad no es un accidente del amor. Procede de su propia naturaleza. Si el otro es verdaderamente otro —y no una prolongación de mis necesidades—, puede responder o no responder, permanecer o marcharse, comprenderme o herirme. Sólo podemos eliminar completamente ese riesgo eliminando también la alteridad que hace posible el amor.

La tercera afirmación puede formularse entonces así: amar es salir del centro y aceptar la vulnerabilidad que introduce en nuestra vida el bien de otra persona.

4. Mucho ruido y pocas nueces: cuando el amor se convierte en una razón para actuar

Beatriz y Benedicto nos conducen desde la percepción hasta la acción. En Mucho ruido y pocas nueces, Shakespeare presenta a dos personajes brillantes, irónicos, verbalmente rápidos y aparentemente protegidos frente al amor. Su ingenio funciona también como defensa.

Enamorarse significa para ellos abandonar progresivamente esa posición de seguridad. Pero lo verdaderamente importante no sucede simplemente cuando descubren que se aman. El punto decisivo llega cuando la relación reclama una acción.

Beatriz necesita que Benedicto crea, confíe y tome partido. De repente, las palabras no bastan. El amor debe demostrar que posee peso dentro de la deliberación práctica. Si realmente amo a alguien, su bien no puede serme indiferente cuando decido qué hacer.

Ésta es quizá una de las intuiciones más fecundas de todo el recorrido. La persona amada se convierte en fuente de razones para actuar. No porque desaparezcan todas las demás razones ni porque amar justifique cualquier acción, sino porque el bien del otro adquiere una relevancia que antes no poseía. Su sufrimiento me concierne. Su necesidad reclama algo de mí. Su felicidad entra de alguna manera dentro del horizonte de mis decisiones.

Hay además algo especialmente hermoso en Beatriz y Benedicto: ninguno deja de ser quien es. El amor no homogeneiza sus personalidades. Continúan discutiendo, bromeando y provocándose. Esto permite evitar una falsa alternativa: o autonomía absoluta o disolución en el otro. El amor ofrece una tercera posibilidad. Puedo seguir siendo yo y, precisamente por amar, hacer espacio dentro de mi vida para un tú.

El amor aparece entonces como integración. La existencia del otro entra en mi deliberación sin destruir mi libertad. Más aún, puede hacerla más rica, porque abre ante mí bienes y acciones que quizá nunca habría descubierto permaneciendo encerrado en mí mismo.

5. El Señor de los Anillos: amar es también permanecer

Tolkien permite culminar el recorrido desplazando la mirada del amor romántico hacia la amistad. Frodo y Sam muestran algo que las historias anteriores ya habían insinuado: hay momentos en los que amar no significa resolver la vida del otro, sino simplemente no abandonarlo.

Sam no puede realizar la misión de Frodo en su lugar. No puede eliminar el peso que éste lleva ni ahorrarle todo sufrimiento. Puede, sin embargo, caminar con él. Puede sostenerlo cuando sus fuerzas disminuyen. Puede permanecer cuando marcharse sería más fácil.

La imagen es antropológicamente extraordinaria porque corrige otra tentación frecuente: pensar que sólo amamos eficazmente cuando somos capaces de solucionar los problemas de quien queremos. Hay sufrimientos que no podemos eliminar, decisiones que no podemos tomar por otro y cargas que, en último término, sólo él puede llevar.

Pero todavía podemos acompañar.

La amistad de Sam muestra así una modalidad esencial del amor: la fidelidad como presencia. El bien del otro se ha incorporado tan profundamente a su horizonte que permanecer junto a él se convierte en una razón suficiente para continuar el camino.

Una antropología del amor

El recorrido permite ahora reunir las piezas. Tolstói nos enseñó que sentir amor no significa todavía saber amar. Austen añadió que amar requiere aprender a mirar al otro en su realidad. Maugham mostró que esa mirada exige salir del centro y aceptar nuestra vulnerabilidad. Shakespeare permitió comprender que el amor alcanza madurez cuando el bien del otro se convierte en una razón para actuar. Tolkien, finalmente, mostró que esa acción adopta algunas veces la forma aparentemente humilde de permanecer y acompañar.

Deseo, mirada, descentramiento, vulnerabilidad, acción y fidelidad.

Quizá podamos formular desde ahí una antropología elemental del amor: amar es permitir que la realidad y el bien de otra persona entren de tal manera en nuestra propia existencia que aprendamos a mirar, sentir, deliberar y actuar también desde aquello que es bueno para ella.

No significa dejar de ser uno mismo. Ésa es precisamente una de las enseñanzas comunes más hermosas de estas historias. Elizabeth continúa siendo Elizabeth; Darcy, Darcy; Beatriz no deja de ser Beatriz ni Benedicto pierde su personalidad; Sam no se convierte en Frodo. El amor no suprime la diferencia entre las personas. La necesita.

Por eso el amor constituye una paradoja profundamente humana: cuanto más reconocemos al otro como otro, más puede importarnos su bien como si, de algún modo, fuera también nuestro. Y ahí aparece una pregunta que atraviesa no sólo estas novelas, sino buena parte de la antropología moral: ¿cómo puede el bien de otra persona convertirse en una razón para mi propia acción?

Tal vez la literatura no responda conceptualmente a esa pregunta. Pero hace algo previo y quizá indispensable: nos permite verla. Nos presta durante unas horas los ojos de Anna, Levin, Elizabeth, Darcy, Kitty, Walter, Beatriz, Benedicto, Frodo y Sam. Nos deja experimentar imaginativamente las diferentes maneras en que una vida puede abrirse o cerrarse ante la presencia de otro.

Ésa es su extraordinaria capacidad educativa. Las grandes historias no nos dicen simplemente que debemos amar. Nos enseñan cuánto tenemos todavía que aprender para hacerlo.