El 13 de octubre del 2000, el filósofo moral Alasdair MacIntyre impartió una conferencia en la University of Notre Dame, que llevaba por titulo: «Culture of Choices and Compartmentalization». En ella exponía las siguientes ideas:
Juan Pablo II empleó la fórmula “cultura de la muerte” con gran fuerza retórica, pero ese poder encierra el riesgo de que olvidemos el contexto social del que emerge. Antes de debatir sobre la “cultura” en la que vivimos —y a la que aspiramos a dialogar con nuestros conciudadanos— es esencial analizar cómo comprendemos las creencias morales y metafísicas, pues ha cambiado radicalmente la relación entre “creer” y “elegir”.
Antaño, la elección de cada individuo se inscribía en un marco compartido de bienes humanos y normas que revelaban el carácter de quien decidía: valorar más lo bueno y menos lo malo; corresponder respeto y desdén según merecimientos. Hoy, sin embargo, cada persona se siente obligada a definir tanto lo bueno y lo malo como las propias relaciones. Las creencias —antes sustentadas por un trasfondo cultural común— se consideran ahora fruto de decisiones personales. Disentir ya no es invitar a juzgar con un patrón impersonal, sino cuestionar la identidad misma del otro, lo que convierte el desacuerdo en amenaza y empuja a los grupos a reforzar su solidaridad interna. Así se deteriora el debate público.
Tres influencias han alimentado esta primacía de la elección individual:
- Sobrecarga de criterios inconmensurables. En la vida diaria se mezclan derechos, utilidades, deberes y distintos tipos de bienes como si existieran “balanzas” que los midieran, pero al final pesa la voluntad de quien elige.
- Redefinición de los lazos familiares. Ya no hay roles “dados” (qué debe hacer una tía, un primo lejano, un padre o una madre): cada persona debe reinventar sus propias obligaciones, perdiendo el andamiaje relacional que antes facilitaba las decisiones.
- Mercado y racionalidad económica. Se nos presenta la vida como sucesión de elecciones de consumo, empleo o inversión. El modelo neoclásico —según el cual las preferencias individuales son soberanas— refuerza la idea de un yo cuyo ser se edifica mediante elecciones continuas.
Además, nuestras vidas se han “compartimentalizado”: en casa, en el trabajo, en la iglesia o el club deportivo, adoptamos normas distintas y cambiamos de actitud según el contexto. Esto también ocurre con la muerte. La familia lamenta con dolor infinito una vida truncada, pero en las empresas automovilísticas los fallecimientos se absorben en análisis de costo-beneficio. Admitimos sacrificar vidas de policías o soldados en aras de la seguridad colectiva, y en la investigación clínica tratamos la muerte como un dato experimental que exige cierta “insensibilidad humana”. Cada caso rige normas propias y hace casi imposible pensar la muerte “en abstracto”.
Para reflexionar sobre la “cultura de la muerte” —temas como la pena capital o el aborto— debemos afrontar primero nuestro propio finitud. Sólo quien concibe un momento “justo” para morir —y, por tanto, una vida que puede considerarse completa— podrá ponderar cabalmente el valor de la vida ajena. Hoy, sin embargo, vivimos episodio a episodio, sin una visión unitaria de la existencia, lo que convierte el pensamiento de la muerte en un “fantasma” cultural. Por eso, preguntarse por la “cultura de la muerte” exige romper hábitos de mente profundamente arraigados y recuperar espacios para pensar la propia vida y la de los demás como un todo.
Puedes ver la transcripción de la conferencia completa a través de la siguiente página, la cual incluye preguntas de los asistentes, las respuestas, y el video de dicha ponencia:
Además, puedes encontrar la traducción al castellano de la conferencia del profesor MacIntyre a continuación:
Cuando Juan Pablo II utilizó la expresión «cultura de la muerte», fue un momento de gran fuerza retórica. Y los momentos de gran fuerza retórica son peligrosos. Juan Pablo II nos invitó a atender a preguntas importantes y significativas, pero podemos cometer el error de centrarnos en esas preguntas de tal manera que olvidemos el trasfondo social del que surgen y contra el que surgen. Si queremos reflexionar sobre la cultura en la que esperamos entablar una conversación constructiva con otros acerca de los temas relevantes, debemos tener cuidado al caracterizarla. Y si pensamos en la cultura que compartimos con todos nuestros conciudadanos y otros en Norteamérica hoy en día, debemos reconocer que, al menos inicialmente, la cultura generalizada no se caracteriza bien como una cultura de la muerte.
Parámetros personales
Es muy importante, al pensar en cualquier cultura y querer entender sus creencias morales y metafísicas compartidas —no solo aquello que define lo justo o lo bueno, sino también las creencias que responden a preguntas como «¿Quién soy yo?», «¿Qué puedo esperar?», «¿Cuál es la naturaleza del universo del que formo parte?»—, no solo examinar las respuestas que se dan, sino también cómo se entiende y encarna la propia noción de creencia en la vida cotidiana. Por eso empiezo planteando ciertas preguntas sobre cómo se construye la creencia —moral y metafísica— en nuestra cultura. Y sugiero que un rasgo esencial de la creencia contemporánea es la conexión entre creencias y decisiones, lo cual marca un giro radical en la historia de nuestra cultura.
Hablo de tendencias y desarrollos, no de casos universales; seguramente podréis encontrar contraejemplos. Soy consciente de que mis generalizaciones no se cumplen en todos los casos. Sin embargo, al considerar la elección y otros conceptos íntimamente vinculados a ella, ha habido un cambio.
¿De dónde parte este cambio?
¿Cuál era esa concepción antigua de la elección que ahora tantas veces abandonamos? Era la visión de la elección como un acto individual en el seno de un contexto de concepciones compartidas sobre las relaciones humanas, un orden común de bienes humanos y normas compartidas para juzgar las acciones. En sus decisiones, los individuos revelaban a los demás —y a sí mismos— si lo que valoraban más era de hecho mejor, si lo que deseaban menos era de hecho peor, si quienes tenían en alta estima merecían tal estima y si quienes desestimaban merecían desestimación. En suma, las elecciones revelaban el carácter.
¿En qué hemos derivado?
Hoy, cada vez más, los individuos sienten no solo que se les invita a elegir, sino que no tienen alternativa: deben definir por sí mismos lo que es bueno o malo, mejor o peor. Elegir se convierte en una carga: elegimos cómo definir nuestras relaciones con los demás y qué normas seguiremos para guiar y juzgar nuestras acciones. La elección pasa a respaldar la propia creencia. Lo que antes proporcionaba un cauce de creencias compartidas, ahora debe venir de las elecciones explícitas o implícitas de cada individuo, de modo que, a menudo —incluso sin un acto consciente de elección— nuestras creencias morales y metafísicas, especialmente las relativas a bienes y relaciones, son consideradas como un acto voluntario. Así, lo que mis elecciones muestran ya no es mi carácter, sino mi identidad. Soy, en el mundo social, lo que mis elecciones me han convertido. Criticar esas decisiones deja de ser un apelación a normas impaciales y se convierte en un ataque personal: disentir pasa a ser una amenaza, y quien ve peligrar sus elecciones se refugia con quienes piensan igual. Esto, como luego veremos, distorsiona muy seriamente el debate público.
Tres influencias clave
- Demasiadas consideraciones inconmensurables
En nuestra vida diaria —en casa, en el trabajo, en las decisiones más cotidianas— se nos pide sopesar derechos, utilidades, deberes y bienes distintos. Usamos la metáfora de la balanza, como si existiera un dispositivo para medirlo todo, pero al entrar en el debate moral descubrimos que no hay balanzas: al dar «más peso» a unas consideraciones que a otras, estamos eligiendo. De nuevo, la elección se convierte en el eje de la vida moral. - Transformación de las relaciones familiares
La antropóloga Marilyn Strathern, en After Nature, muestra cómo, en Inglaterra (y de modo similar en Europa y Norteamérica), ya no existen roles familiares predefinidos. Piénsese en los deberes de una tía: hoy nadie puede responder con claridad. Anteriormente, los roles familiares estaban dados y ofrecían un marco común que facilitaba la toma de decisiones. Ahora, debemos reinventar cada vínculo —ser madre o padre, hermano, etc.— y elegir constantemente el contenido de la relación. - Elección en la economía de mercado
Las instituciones de mercado nos presentan la vida como una sucesión de elecciones: como consumidores, trabajadores o inversores. Se da por sentado que la preferencia del individuo es la única soberana, y esto refuerza la idea de un yo constituido por decisiones constantes.
Compartimentalización
Erving Goffman estudió un café-restaurante en las islas Shetland y observó tres «mundos» en la vida de los camareros:
- En la cocina, normas de rapidez y confianza mutua.
- En el comedor, reglas de deferencia y solemnidad.
- En su casa, otro conjunto distinto de comportamientos.
La compartimentalización significa que nos movemos entre ámbitos con normas autónomas, de modo que cada segundo debemos desprendernos de unas actitudes y adoptar otras. Surge así una nueva virtud —la adaptabilidad— y un nuevo vicio —la inflexibilidad—.
Ejemplo: la muerte
- Muerte familiar
Para la familia de un joven fallecido en accidente de coche, es una «pérdida incalculable». - Muerte como estadística
Para la industria automotriz, cada víctima se incorpora a un análisis de coste-beneficio donde miles de muertes al año resultan un peaje aceptable. - Muerte en servicio público
Policías, bomberos o militares que arriesgan su vida lo hacemos «invisible» a diario: cobramos pensiones insuficientes y celebramos ceremonias, pero rara vez invertimos atención en el valor real de su sacrificio. - Muerte en investigación médica
En ensayos clínicos, la muerte de pacientes se convierte en un dato experimental. Los investigadores desarrollan una «insensibilidad compasiva» necesaria para su labor.
En cada contexto, la muerte se piensa de manera distinta. Esto nos impide pensar en la muerte como tal. Y solo podemos abordar la muerte de otros cuando hayamos reflexionado sobre nuestra propia muerte: hasta entonces, no estaremos en posición de comprender la pérdida ajena.
Implicaciones para el debate público
Plantear cuestiones como la pena de muerte o el aborto exige romper hábitos de pensamiento profundamente arraigados. Sin embargo, el modelo de debate público actual —en juicios, tribunales, manifestaciones o en las redes— refuerza la compartimentalización y la defensa de identidades, creando solidaridades frente a toda crítica.
Recordamos los debates Lincoln–Douglas o el encuentro ante el rey de España entre Las Casas y Sepúlveda: tuvieron sentido en sociedades que compartían normas y bases morales comunes. Hoy ya no contamos con ese terreno compartido.
Preguntas y respuestas (selección)
David Denz. ¿Cómo encaja lo que dice con la vía legal y política para combatir la cultura de la muerte?
Respuesta. A menudo se recurre a la ley cuando no quedan otros medios —es el rasgo de litigiosidad de EE. UU.—. Mi consejo: cautela. En política, conviene preguntarse qué se ha logrado hasta ahora.
David Burrell. ¿No lleva el individualismo que describe a una verdadera cultura de la muerte, al relativismo extremo?
Respuesta. La inmensa mayoría de los estadounidenses no abrazan la muerte arbitraria ni el aborto sin complejidad. El problema es que las encuestas y debates públicos simplifican en exceso; la gente suele tener posturas más matizadas.
Sobre la enseñanza socrática en el aula.
El aula es de los pocos lugares donde, a lo largo del tiempo, podemos acompañar a otros en el cuestionamiento. Instituciones como la Workers’ Educational Association en el Reino Unido demostraron que es posible enseñar a pensar a adultos sin formación previa.
Paul Sigmund. ¿No hay, al mismo tiempo, un proceso de universalización de valores —igualdad, tolerancia— que convive con masacres y genocidios?
Respuesta. Efectivamente vivimos un momento de gran aceptación de valores liberales, pero también de atrocidades sistemáticas. Los defensores de la tolerancia y el derecho suelen concluir que, si no hacen apelaciones morales, enviarán tropas para imponer esos valores: falta un fundamento más profundo.
Profesor MacIntyre, petición para abolir las evaluaciones estudiantiles.
Las evaluaciones por popularidad empujan al docente a no desafiar al alumno. Una pequeña reforma, pero de gran impacto: eliminar las encuestas de satisfacción estudiantil.
Sobre la evangelización de la cultura por el Papa.
Juan Pablo II proporcionó un lenguaje para quienes ya estaban de acuerdo en Polonia; en la ONU, los resultados no han sido muy satisfactorios porque el foro reproduce las mismas trabas que describo.
Necesidad de metanarrativa.
Más que respuestas, hace falta acompañar a la gente a formular bien las preguntas. La tarea es ayudar a articular inquietudes profundas, sin imponer respuestas teológicas de entrada.
Identidad y carácter en la escuela.
No creo que la gente sea superficial, sino que asume verse así como escudo. Irlanda se americanizó en diez años; EE. UU. necesitó siglos. Ese vuelco cultural ilustra la rapidez con que se abandona un marco compartido.
Compartimentalización en la medicina.
Se distingue de la simple diferenciación de ámbitos. Una oncóloga pediátrica que rinde cuentas a estándares generales no incurre en compartimentalización; el problema surge cuando cada esfera se convierte en un mundo autónomo sin responsabilidad externa.
La traducción ha sido hecha a través de ChatGPT


